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Excelente función de estreno la de ayer en el Real. Si una palabra puede resumir lo que ayer se vivió en el teatro, esta es emoción. Sobre todo, por la calidad y la fuerza dramática de la obra de Janácek, un drama rural lleno de personajes fuertes entre los que se establecen relaciones primarias de enorme intensidad: la envidia y los celos entre los dos hermanastros; el amor y el deseo entre Steva, Laca y Jenufa; el amor materno-filial entre la abuela y los hermanastros, entre la sacristana y Jenufa, entre Jenufa y su hijo, relaciones que se desarrollan en el entorno de una naturaleza cruel en la que los elementos se personalizan y adquieren una voluntad de intervenir (el hielo que conserva el cadáver del niño y precipita el drama; la tormenta que viene a agitar los remordimientos de la sacristana) y de una sociedad pequeña, controladora, que impone rígidos patrones de conducta y sanciona con la muerte inmediata (intento de linchamiento de Jenufa) o con la postergación y el ostracismo interior (la madre soltera convertida en paria; con Steva, pese a su galanura, una vez hecha pública su conducta, "no se va a querer casar ninguna chica”). El drama permite muchas lecturas, una muy interesante es la del papel de la violencia. Hay dos hechos fundamentales dentro de la trama que pueden suscitar la controversia: el asesinato del niño por la sacristana y el corte de la navaja de Laca en la mejilla de Jenufa. El motor de ambas acciones es el amor por Jenufa. Pero ese amor adquiere una naturaleza perversa, y si el asunto fuese hacer un juicio moral o de valor sobre esas acciones, yo lo tengo claro, son absolutamente inadmisibles y las personas que las cometen se envilecen por más puro y noble que fuese el sentimiento que les llevó a cometer tales acciones. No hace falta señalar que esta dimensión violenta del amor ocupa, por desgracia, las páginas de los periódicos y las noticias de los telediarios un día sí y otro también.
Pero aquí no se trata de juzgar a los personajes, sino de opinar sobre el resultado artístico de la función de ayer. Y este fue superlativo. Sobre todo, como ya señalabáis antes, por la calidad de conjunto y el equilibrio en el reparto. Amanda Roocroft no es Angela Denoke ni Karita Mattila, ni falta que le hace, su recreación del personaje es dignísima, está estupenda de voz y de expresividad y recrea todos los ángulos de un personaje nada fácil: el encandilamiento enamorado del principio, con su planta de romero en la que deposita tan tiernas esperanzas; la mujer atormentada por el secreto de su pecado; el amor y la ternura hacia el bebé; la desesperación y el duelo ante su muerte; y en todo momento, la dura resignación ante las acciones de los demás: la tiranía que la somete, el navajazo que la desfigura, el amor que la redime.
Deborah Polaski es un lujo. Ha declarado en una entrevista que considera un error que el papel de sacristana lo aborden cantantes de edad ya lejos de su mejor momento vocal (“Realmente es un papel gratificante como cantante y como actriz. Hay una infinidad de colores vocales y emocionales en los que uno puede trabajar. No quiero ofender a nadie pero a veces este papel es abordado por personas que se encuentran al final de su carrera y no están en su mejor momento vocal. A mí me parecía importante dominarlo antes de llegar a ese punto”), y lo cierto es que su sacristana es imponente, enorme de voz y con una presencia en escena que se ve favorecida por su físico.
Miroslav Dvorsky y Nikolai Shukoff no desentonan de la calidad general como Laca y Steva, en una obra en la que los personajes masculinos tienen mucha menos fuerza y están menos matizados que los femeninos, quizá me decepcionó un poco Shukoff, con una cierta hiperactividad en escena, algo exagerado en el gesto, pero tiene una voz espléndida y seguro que va a crecer mucho como tenor.
La dirección musical del Ivor Bolton me pareció bastante acertada, acentuó muy bien la manera en la que la música de Janácek traduce y subraya las emociones y los estados de ánimo de los personajes, y el clima general de lo que ocurre en escena, con una música rica en color y muy descriptiva. Y acertó también al acentuar los escalofriantes silencios que enriquecen las situaciones más dramáticas en el desarrollo de la trama. El peso y la densidad de esos silencios, durante los cuales no se oía casi ni una respiración da buena cuenta de la atención con la que el público seguía (seguíamos) la representación.
Sobre la puesta en escena, diré que se me venía a la mente aquello del achique de espacios. Para favorecer la sensación opresiva que a buen seguro experimentan los personajes en una sociedad tan vigilante y cerrada, el espacio en el escenario se ve reducido y se oscurece de manera notable por medio de unos paneles marrones. Como contraste, y a probablemente encerrando un simbolismo que no he sabido interpretar, se utiliza un rombo de luz que se proyecta en ocasiones sobre Jenufa o sobre la cuna en la que duerme su hijo. El elemento escénico más destacado son las aspas rojas de un molino que brotan del suelo. Y poco más, esquematismo y simplicidad, y protagonismo total de los cantantes/actores y de la música.
Hace tiempo pronosticábamos sobre cuál iba a ser el montaje más exitoso de la temporada. Esta Jenufa ha presentado sus credenciales, habrá que contar con ella.
_________________ -Wer naht?
-Der König!
-Welcher König?
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