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Por una decisión tomada la misma tarde, poco antes de la función, ayer fui a la zarzuela a ver El Caserío. Hacer El Caserío en Donostia es apelar al afecto de esta tierra por esa música y por un montaje marcadamente empeñado en subrayar su significado cultural. Cuando además, se hace con notoria ilusión (pese a los eventuales defectos), la conexión escena-audiencia comienza a funcionar prácticamente desde el primer momento y el éxito se vuelve inevitable. Eso fue exactamente lo que ocurrió.
Juanjo Ocón se desvivió en el podio marcando todo lo marcable a un conjunto quizá corto de efectivos. Con todo, se superó con holgura la dura prueba que constituye el preludio al acto II.
Andeka Gorrotxategi y Andrés del Pino eran nombres repetidos de mi anterior experiencia con esta misma compañia, Luisa Fernanda. Como entonces, Andrés del Pino derrocha, principalmente, oficio y tablas; la vocalidad es homogénea hasta lo monótono, aunque por lo general, "suena" (salvo, curiosamente, en los agudos, que se van atrás y a veces salen más por voluntad que por verdadera resolución técnica). Siendo aplaudido (y saliendo a saludar el último, y trayendo la queridísima romanza Sasibill, que da nombre a la compañía), no triunfó, sin embargo, como con Luisa Fernanda. Como entonces, Andeka Gorrotxategi exhibe un material valiosísimo, pero que sigue entubado hasta lo preocupante. No tanto porque no guste (porque parece ser que el chaval entusiasma, y además, ahí tienen a Kaufmann cantando por todo el mundo con la voz en el cogote) sino por la perdurabilidad del instrumento a largo plazo, algo que me empieza a dar algo de miedo si no la enmascara más y la coloca bastante más arriba. En todo caso, la dicción de ambos fue igual de pastosa y obtusa, lo que lastró notoriamente los cantables.
Entre las mujeres, resuelta la Eustasia de Ana Miranda (una colocación algo más canora para sus frecuentes alaridos no le habría ido mal), muy divertida Limbania Soto en su dúo del tercer acto, y una verdadera sorpresa la Ana Mari de la debutante Miren Urbieta, de centro bello y muy buen gusto para sostener la línea de canto. Llegó justa a su romanza del tercer acto, escamoteando algún alarde, pero en general la suya fue una prestación bonita y conmovedora, donde sólo la eventual aparición de algo de vibrato (un tanto impropio para su edad) merecería la alerta de sus preparadores.
Sin embargo, las dos perlas de la función fueron el excelente Manu de Josu López Soraluze, buen cantante y mejor actor, sensacional en su papel de "arlote" rudo y de buen corazón, y sobre todo, el impresionante Txomin de Iker Casares. Si bien la prestación no fue perfecta (el trébole y el toronjil estuvo mal), la gracia, el dominio del papel, el buen decir, la límpida línea de tenor ligero, la atinada colocación llena de sonidos liberados y hermosos, la prometedora juventud, redondearon un estupendo (y muy ovacionado) trabajo. Hay un buen puñado de muy buenos cantantes españoles de esta tipología vocal en este momento, y es posible que estemos muy cerca de tener uno más.
Los excesos de entusiasmo del público también se hicieron notar, aunque no tanto como en Luisa Fernanda. No tuvimos sobretarareadores de la música, pero sí comentaristas de la acción escénica, marcadores del ritmo con el tacón, dos tertulianas que NO CALLARON en todo el preludio II (casi salto de palco y las abofeteo), y hasta un señor que se quitó un sonotone encendido de la oreja (situación en la que, por lo que descubrí, el sonotone se pone a hacer unos pitidos fortísimos y muy extraños, como de videoconsola. Marcianitis total).
Una tarde de zarzuela, en suma, modesta y en parte previsible, pero entrañable, con algunas bonitas sorpresas y muy agradable.
_________________ Die Wahrheit ist bei mir, Mandryka.
Última edición por Peter Quint el 08 Dic 2009 14:39, editado 2 veces en total
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