Cristoph Loy y Lulú
DR. SCHÖN
Con los antecedentes de Mignon,
es imposible esperar una conducta
adecuada para la sociedad burguesa. (I Acto)
ALWA
(poético)
¿Quién no se detiene ante esos labios, con su
promesa de placer? ¿Ante esos ojos inocentes,
como los ojos de los niños? ¿Ante ese cuerpo,
blanco y rosado, de fruta madura? Quien no dude
de su fe burguesa, ¡que tire la primera piedra! (III Acto)
Lulú no es un drama burgués. La Lulú de Wedekind rompe con los esquemas y el espíritu del drama decimonónico, y Berg recoge y amplifica esa herencia (sobre este tema Hans Meyer dedica unas apasionantes páginas en su Historia maldita de la literatura). Esa fuerza primordial, natural, in-civilizada que hace temblar la moral burguesa. Por extensión, las reacciones, los sentimientos el desarrollo de la trama en la obra no puede seguir una lógica Romántica. Lulú fascina porque sus acciones no encajan con lo que esperaríamos de una heroína literaria, cuyos rasgos se han dibujado a fuego en nuestras conciencas gracias a la novela, el teatro y, no lo olvidemos, la ópera decimonónica. Por todo ello, un director al enfrentarse a la obra de Wedekind o a la de Berg no puede (es un decir; podría, con una intención, claro) hacerlo con el lenguaje del teatro decimonónico. Estamos ante otra cosa y hace falta otro lenguaje. Una historia que sólo tiene sentido en el teatro, que no tiene vocación realista.
A partir de aquí, Loy, como Berg, sí deja un resquicio al Romanticismo. Sólo la Condesa escapa al código moral del resto de personajes. Ella se sacrifica, ella ama. Berg le concede (creo que con sinceridad, no a modo de sátira) la música más cromática, más (con todas las precauciones) wagneriana. Tanto que es casi imposible no pensar en la muerte de amor en el Lulu mein angel, por mucho que la causa real de la muerte de la Condesa sea el cuchillo de Jack. Loy recoge perfectamente el espíritu de la música final, y omite el segundo asesinato de Jack, convirtiendo el “Te queda poco” en predicción fatal, y su fusión final con el foco-retrato de Lulú en una preciosa muerte en el amor. O no muerte, si hacemos caso a las palabras del propio Loy, pero sí amalgama final con el recuerdo de Lulú (imposible no recordar el duo de amor de Tristán e Isolda y el “yo ya no soy yo, ni tú eres tú...”).
Concebida como un drama puramente escénico, que sólo tiene sentido sobre unas tablas, el lenguaje escenográfico elegido, en el que Loy se siente tan cómodo últimamente, es el minimalismo. La escena descarnada, el menor número posible de agarraderos visuales. Y dentro de ello (y aquí hablo tanto de escenografía como de dirección) se me ocurren tres aspectos interesantísimos de la piesta.
En primer lugar, despojada la escena de casi todo, con unos figurines neutros, la acción sube a los rostros. La dirección de Loy se concentra intensísimamente en las máscaras de los cantantes (único contexto en el que tendría sentido hablar de maschera en Paul Groves

). Los ejemplos son numerosos. El más interesante es el juego con el maquillaje de Lulú en la escena del teatro (I Acto, III Escena). Ella es la fiera mostrada, el espectáculo, pero en el cénit de su poder sobre los hombres, da la vuelta a lo largo del dúo a la situación, se desmaquilla y pinta con lascivia el rostro de Schön. Esta vez él es el espectáculo, el leon afeitado, con boca de payaso. Máscara que mantiene en la escena siguiente, verdadero espectro irrisorio, que pasea sin ser visto por su casa llena de hombres. Otros dos ejemplos de cómo la tensión sube a los rostros es el hecho de que la sangre del pintor también esté en la cara de Schön y no sólo en las manos, o la demacración del rostro de Lulú tras la cárcel.
El segundo gran elemento es la luz. Monótona en cuanto a colores, agresiva a veces, poco descriptiva, le sirve a Loy para crear espacios, principalmente el cuarto donde el pintor se suicida y luego reaparece en la última escena. Pero sobre todo el gran logro de la luz es el foco retrato, de una luz blanca intensa, que deslumbra a los cantantes cuando la ven, que crea perfiles sobre la mampara del fondo, y que regala el precioso momento final ya señalado.
Finalmente, la escenografía se limita a unos pocos objetos, que funcionan como elementos de memoria, huellas en el escenario desnudo. El dinero...la sangre...el bolso del estudiante...el hacha... Del mismo modo que todo en Lulú se va entrelazando (luego los personajes reaparecen en otros avatares en la última escena...), los objetos van quedando como recordatorios de la acción. Todo desaparece pero todo sigue, va dejando huella, como va dejando huella en la propia Lulú.
Bueno, y ya para terminar, porque vaya ladrillo estoy metiendo

, hay otra cosa que Loy recoge a la perfección. Lulú reflexiona sobre sí misma como obra (“alguien podría componer una ópera sobre ella”), recuerda al espectador que está viendo una ópera, rompe la ilusión del teatro. Muchos directores han jugado con esa idea, con implicar al espectador, con utilizar el teatro como parte del espacio escénico. Loy en la última escena (supongo que también con la intención de dar un aire más descarnado y sórdido) enseña los hombros desnudos del teatro. Lulú es una ópera total, redonda, que se comprende a sí misma (el juego metatetral de la escena del teatro...), que sabe que es una obra de teatro con sus propias claves, que se explica por sí misma (como un móvil de Calder

). Del mismo modo Loy acaba en la última escena con la ficción, nos recuerda que es un teatro, que es teatro.
Me recuerda en cierto modo a la puesta que hay en dvd de Agrippina de Händel. El director decide presentar a los personajes casi como marionetas, guiñolescos, que actúan según códigos puramente de ficción. Subraya los estereotipos de los personajes de ópera barroca para distanciarlos del espectador, para presentar sus emociones como no-humanas. Como si fueran seres teatrales, con sentimientos sencillos, de madera. En un sentido similar pero con intención muy diferente, Loy intenta descarnar a los personajes, que sepamos que son cantantes actuando, que evitemos la tentación de ver Lulú románticamente y que no la compadezcamos, porque la compasión es, en realidad, una forma de distanciamiento.
Se ha achacado a Loy eliminar la película. A mí no me molestó especialmente y se me ocurren dos razones que lo justifican (en este alegato que estoy haciendo en el que todo es bueno y nada malo

): por un lado, tiene difícil encaje en el sobrio espacio escénico; y por otro, tal vez trata de evitar toda relación con el cine, un género artístico en principio más realista y menos abastracto, más “manipulador”).
Para terminar vaya por delante (por detrás, en realidad

) que me ha gustado esta puesta porque mi idea de Lulú en este momento de mi vida se ajusta a lo que sugiere Loy. También creo, como muchos de vosotros, que la de Vick de Glyndebourne es una pasada y prácticamente inmejorable. Pero eso no impide que esta Lulú descarnada, agresiva en su sobriedad y realmente inquietante, haya conectado conmigo especialmente. Claro que a lo mejor dentro de 5 años si la vuelvo a ver o a recordar digo que es una basura. No se trata de entender sino de sentir.