Estoy releyendo "Lingua Tertii Imperii: Apuntes de un filólogo", de Victor Klemperer, un análisis lúcido y a la vez emotivo (pues no nace de el estudio desapasionado y distante, sino de una apreciación increiblemente racional y aguda de una realidad tremenda sufrida en propia piel) de cómo un régimen político concreto (en este caso el régimen nazi, pero que seguramente podría ser aplicable a cuálquier régimen, autoritario o democrático, de derecha o de izquierda, y en cualquier instancia temporal) es capaz de torcer el propio uso y sentido de la lengua para lograr una representación de la realidad acorde con sus propósitos.
También, si es que alguien no los conoce, son recomendables los diarios de este romanista alemán de origen judío, titulados "Quiero dar testimonio hasta el final" y editados al menos por Galaxia Gutemberg (es la edición que yo tengo, puede ser que existan otras), independientemente del contexto socio temporal en que se insertan, y aunque la información concreta sobre dicho contexto es riquísima, transcienden sus coordenadas y vienen a ser el libro de ruta de un descenso a los infiernos: un ser humano que goza de una posición social reconocida, perfectamente integrado en su entorno, dedicado a una tarea intelectual enriquecedora, con un profundo sentido de pertenencia a una cultura y a una nación, y que por una cuestión de origen que para él no supone sino un elemento circunstancial, es paulatinamente despojado de su trabajo, aislado de su entorno, acosado y sometido a una humillación permanente, al miedo constante, a una degradación depravada y caprichosa. Por ejemplo, en un momento determinado se prohibe que los no arios posean animales domésticos, por lo que Klemperer debe sacrificar un gato al que adora. El desapasionamiento y la ironía con que narra hechos de tan depravada e inútil maldad ponen los vellos de punta.