Navegando en la web, encontré el siguiente análisis acerca de la voz de Pavarotti EN LOS AÑOS DE SU APOGEO (cf: "Esta noche barra libre").
Lo dividiré en 4 partes para una lectura más cómoda.
I PARTE:
En los años que nos ocupan, la voz de Pavarotti correspondía a la de tenor lírico pleno. La tesitura cubría las dos octavas de tenor, desde el suficiente do2 hasta un sensacional re bemol4 (1). Por ello también se le ha clasificado como tenore acuto, para distinguirlo de otras voces líricas más cortas.
La seña de identidad de la voz siempre fue un
timbre excepcional que podemos describir objetivamente, de acuerdo con las características que definen cualquier timbre, del siguiente modo: volumen medio, poco espesor, color claro y generoso mordiente o brillantez.
El vibrato siempre estuvo bajo control y era muy natural. El tamaño de la voz era suficiente para un tenor lírico, si bien es cierto que fue un timbre más delgado, menos carnoso y corpóreo en el centro, que los de otros tenores líricos como di Stefano. Sin embargo, era un timbre lleno, de vibraciones diáfanas.
La luminosidad, nunca dura ni cortante, sino esmaltada y redondeada, se desarrollaba plenamente hacia el agudo.
La textura, resplandeciente y cristalina, pero sólida, recuerda a la de un diamante pulido por mano experta. A diferencia de otra voz brillante muy bella, la de Jussi Bjoerling, una nota de calor mediterráneo adornaba este timbre, dándole ese matiz humano personalísimo que le emparienta con Gigli, y cuyo disfrute ya pertenece a la experiencia de cada oyente.
Recientemente, uno de nuestros mayores conocedores, Joaquín Martín de Sagarmínaga, publicó un artículo vindicatorio del tenor modenés que describía las sensaciones que le transmitió este timbre:
“
La voz soleada de Luciano Pavarotti es como un bálsamo. Apacigua los ánimos, es medicina no prescrita. De hecho, hay enfermos de medio mundo que le escribían cartas agradecidas, como él mismo ha referido en alguna ocasión.
Con esa voz, Pavarotti ha hecho cosas filosóficamente imposibles, como rebajar hasta límites casi nulos la tensión entre la realidad y el deseo (...).
