Spinoza escribió:
Pues cuenta, cuenta, que la tengo muy olvidada, y aunque no me va a dar tiempo, en su día pondré un post sobre ese registro en el cantante del mes.

La verdad es que era una broma. Al que le dé por escuchar Hérodiade rara vez será por el bajo, cuyo papel es relativamente pequeño. Pero como en este disco que he puesto a la mañana sale Van Dam y estamos con él como cantante del mes, quería hacer como que estaba siendo serio y aplicado con sus audiciones massenetianas. El problema de estas bromas es que luego llega Spinoza, te las agarra por el sentido literal, y ale, ya te ha j*dido, a hablar del Phanuel de Van Dam, ese apasionante tema de la discografía operística.
Pues qué quiere que le cuente limeño. En 1994 Van Dam no es viejuno, pero tampoco es ya joven. En ese sentido, a la voz le falta la rotundidad que sólo tuvo muy al principio de su carrera, en un papel donde el contraste tímbrico con Herodes, barítono, es especialmente deseable. Lo que ocurre es que en este disco ello no llega a ser un problema tan grande, porque Thomas Hampson es un Herodes bastante ligero y melifluo, un poco Fred Graham. Pero en todo caso, el fuerte de Van Dam será, como siempre, el fraseo estilizadísimo por un lado (la comparación con el imprudente Kenneth Cox del disco de Plácido y la Fleming resulta, por momentos, obscena), y por otro, el interés dramático.
Lo que pasa es que lo del interés dramático aquí hay que cogerlo con pinzas, porque además de la brevedad de la parte, el libreto es bastante demencial (con un Juan Bautista que se acaba enamorando de Salomé, entre otras cosas). Phanuel tiene, fundamentalmente, tres intervenciones: su llamada de cohesión y constancia a los judíos en la primera escena, su escena con Herodes sobre la sublevación de los judíos y el aria del III acto y posterior dúo con Herodías. Lo mejor de todo ello está en la forma de cargar de intenciones las frases recitadas, como el modo en que, sin aspavientos, consigue plasmar la soterrada dignidad de frases como
J'attends des jours meilleurs pour notre humanité! o
Voilà l'homme qui fait trembler tout un empire! o la inteligente distancia con la que dice
Dors, ô cité perverse! (momentos, en general, más interesantes que su aria
Astres étincelants que l'infini promène, de música bastante monótona, a la que dota, sin embargo, de cierto lirismo en medio de su preocupación religiosa). El dúo con Herodías está musicalmente dominado por ésta, pero Van Dam sabe encontrar sus momentos en las oscuras profecías iniciales, en la revelación de la maternidad de la reina (
Tu la verras!) y sobre todo, en su repudio final de Hérodiade (
Reine impitoyable et fatale, va, tu n'es qu'une femme. Une mère, jamais!)