|
Neurociencia
El sonado "efecto Mozart"
La sonata K448 de Mozart puede ser "música para los oídos", pero también para el cerebro. Desde que en la pasada década se detectó por primera vez un aumento de ciertas habilidades tras escuchar su melodía, numerosas investigaciones han tratado de desmentir o confirmar la existencia del llamado "efecto Mozart".
En la habitación suena la Sonata para Dos Pianos en Re Mayor de Wolfgang Amadeus Mozart, también conocida como K448. Un grupo de 36 estudiantes la escucha, tal y como les indican los investigadores, durante 10 minutos. Inmediatamente después les someten a unos tests para evaluar su razonamiento espacio-temporal. En las salas contiguas otros dos grupos de compañeros realizan idénticas pruebas, con la única diferencia de haber pasado esa decena de minutos escuchando cintas de relajación unos, y en absoluto silencio otros.
Pero, curiosamente, esa mínima diferencia había influido, y las puntuaciones, traducidas para su evaluación a la escala del Coeficiente Intelectual, resultaron ser de 8 a 9 puntos superiores después de escuchar a Mozart frente al resto de las situaciones. La psicóloga Frances Rauscher y el neurobiólogo Gordon Shaw, de la Universidad de California, sacaron a la luz aquellos sorprendentes resultados en 1993, en la revista Nature, sugiriendo por primera vez que la música del compositor austriaco podía incrementar algunas capacidades del cerebro humano. Aquel hallazgo, desde entonces apodado como "efecto Mozart", era muy breve -de apenas 15 minutos tras la escucha-, pero lo suficientemente importante para no dejar indiferente a ningún investigador.
Dos años más tarde, Rauscher y Shaw ampliaban sus resultados publicando un estudio en el que 79 jóvenes eran sometidos a una nueva prueba. En esta ocasión debían averiguar qué forma tendrían ciertos pedazos de papel después de doblarlos y cortarlos de determinada manera. Una vez obtenidas las respuestas, los estudiantes se dividían en 3 grupos en los que se les exponía, durante 10 minutos, a la música minimalista de Phillip Glass, la sonata K448 de Mozart y silencio respectivamente. Cuando se repitió el test, el grupo que había escuchado a Mozart logró predecir un 62 por ciento más de las formas que la vez anterior, mientras los otros dos grupos sólo mejoraban en algo más del 10 por ciento de sus respuestas.
Réquiem para Mozart
La controversia estaba servida, y las críticas no tardaron en llegar. Varios investigadores trataron de reproducir aquel efecto sin éxito, lo que les hizo dudar de la fiabilidad del trabajo de Rauscher y Shaw. Otros, por el contrario, tuvieron ocasión de comprobar los resultados positivos con sus propios ojos, aumentando así el interés por las repercusiones de la música de Mozart sobre el cerebro humano.
Quienes negaban la validez de los resultados argumentaron que se trataba de una interpretación errónea, un artefacto, de los efectos de lo que ellos entendían como un simple deleite musical. Para el profesor Christopher Chabris, quien en 1999 había emprendido una investigación de los resultados de 16 estudios sobre el efecto Mozart, esa acción sobre el estado de ánimo daría una explicación neurofisiológica al aumento de la destreza en tareas espacio-temporales, sin que se produjera en ningún momento un estímulo de las funciones superiores. Así, por ejemplo, un experimento había mostrado que escuchar a Mozart y escuchar un pasaje de Stephen King parecían aumentar por igual la habilidad de los sujetos en la prueba de doblar y cortar folios, aunque sólo en quienes disfrutaban escuchándolos... A la vista de este y otros resultados, Christopher Chabris y Kenneth Steele anunciaban en agosto de 1999 el réquiem del efecto Mozart.
Pero la doctora Rauscher también rebatió estos argumentos. Sus experimentos con ratas, que habían escuchado la melodía de Mozart antes de su nacimiento y durante los primeros sesenta días tras el parto, parecían reafirmar sus primeros hallazgos de 1993 a través de estos animales, pese a que en ellos no había respuesta emocional ante las melodías. Además, por entonces Rauscher acababa de concluir nuevos experimentos con estudiantes en los que se comparaban los efectos de la música de Mozart con la del compositor alemán Félix Mendelssohn y, a pesar de que gran parte de los sujetos manifestaron su preferencia por este último, fue Mozart quien logró estimular sus capacidades cognitivas. Parecía que, después de todo, no hacía falta disfrutar con las sonatas para que el compositor diera su "golpe de efecto".
"No hay nada de malo en que la gente joven escuche música clásica, pero eso no les hará más inteligentes", había afirmado Chabris. Para Rauscher era evidente que el efecto Mozart existía, aunque por supuesto limitado al razonamiento espacio-temporal, sin ningún efecto sobre la inteligencia o la memoria. Partidarios y detractores del efecto Mozart estaban de acuerdo en algo: escuchar a Mozart no aumentaba la inteligencia general.
Especulaciones y explicaciones.
Sin embargo, fuera del entorno científico, la interpretación fue algo diferente... "Cuando se publicó el estudio por primera vez todos los medios se hicieron eco en las noticias", recuerda Lois Hetland, investigadora en la Universidad de Harvard. Los resultados abrieron paso a la aparición de afirmaciones y especulaciones alejadas de toda base científica. En 1998, el gobernador de Georgia (EE.UU.), Zell Miller, ponía en marcha un proyecto para regalar música clásica a todos los recién nacidos en su Estado. "Nadie pone en duda que escuchar música a edades tempranas afecta al razonamiento temporal y espacial que subyace bajo las matemáticas, la ingeniería e incluso el ajedrez", argumentaba en aquel momento el gobernador. También el mercado discográfico hacía su agosto con la venta de "Music for the Mozart Effect - Strengthen the Mind", que ha encabezado durante largo tiempo las listas de música clásica.
Mientras, los científicos seguían siendo conscientes de que aún quedaba mucho camino por recorrer antes de extraer conclusiones definitivas sobre el "efecto Mozart". Las investigaciones continuaron, desde entonces y hasta ahora, con el escepticismo necesario ante aquello de lo que apenas se sabe aún, sin que eso reste la fascinación a sus trabajos.
Una de las líneas de estudio se ha centrado en tratar de dar una explicación anatómica y fisiológica para los resultados positivos obtenidos tras la escucha de las piezas musicales de Mozart. Según algunos científicos, los efectos positivos de estas melodías podrían descansar sobre la forma que tienen la música y la imagen espacial de procesarse en nuestro cerebro. Gordon Shaw, uno de los 'padres' del efecto Mozart, había desarrollado a principios de los años noventa la hipótesis de que la actividad musical refuerza las vías neuronales implicadas en las habilidades espacio-temporales de la corteza cerebral. Posteriormente, han sido muchos los estudios que han tratado de situar la percepción musical en este órgano empleando la Resonancia Magnética Funcional, la Tomografía de Emisión de Positrones y los estudios en sujetos con lesión cerebral. Y, como ocurre en tantas otras funciones superiores, la escucha de música parece activar no una sino varias áreas cerebrales. Entre ellas, los componentes necesarios para la apreciación musical como el ritmo, la métrica, la melodía, el tono y el timbre se reparten por zonas del cerebro que se solapan, en muchas ocasiones, con las implicadas en la formación de la imagen mental. Esto explicaría la posible relación 'anatómica' entre el razonamiento espacial y la escucha musical.
En 1999, el doctor Shaw y el neurobiólogo Marc Bodner usaron imágenes obtenidas por Resonancia Magnética para crear mapas de la actividad del cerebro en su respuesta a tres tipos de música: pop de los años 30, "Para Elisa" de Beethoven y, por supuesto, Mozart. Y de sus experimentos concluyeron que solamente Mozart parecía activar ciertas áreas involucradas en la coordinación motora fina, la visión y otros procesos superiores, todos con un papel supuestamente destacado en el razonamiento espacial.
(Sigue en el siguiente mensaje)
_________________ Me gustan muchísimo Mozart, Wagner y Rossini
Luego Donizetti, R. Strauss, Verdi, Bellini, Puccini y Tchaikovsky.
|