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Por si a alguien le viene de gusto leerla :
Bronca en Bayreuth
El ´Tristán e Isolda´ de Christoph Marthaler fue abucheado por el público
La producción del director suizo es digna y significa un respiro después de la horrible versión de Heiner Müller
ROGER ALIER - 27/07/2005
Bayreuth. Enviado especial
El Festival de Bayreuth ya está de nuevo en marcha. Se trata de un festival plenamente consolidado por las multitudes que a él acuden (no hay una sola entrada para las próximas siete u ocho ediciones) y continúa estando regido por el ahora ya ancianísimo nieto de Wagner, Wolfgang, que cumplirá 86 primaveras en agosto. Los ataques de muchos de sus familiares han sido furibundos, pero él responde con libros y numerosas entrevistas en la prensa local. Parece claro que su heredera será su hija menor, Katharina, que actualmente prepara una producción de Los maestros cantores para dentro de dos festivales. Si logra convencer, se quedará con el mando: si no, ya veremos.
El viejo director ya no hace producciones nuevas, pero las encarga. La de este año es un nuevo Tristán e Isolda, a cargo de un director teatral suizo, Christoph Marthaler, y su colaboradora habitual Anna Viebrock, con la que ha ganado varios premios teatrales en Alemania. No es el caso de Bayreuth: una fuerte bronca acogió la aparición de la pareja, a pesar de que vocalmente -e incluso en lo orquestal- la función había sido bien recibida.
Este Tristán e Isolda no está realmente tan mal, y por lo menos es un respiro después de la horrible versión de Heiner Müller que desapareció en 1999. En la de Marthaler, no es que Tristán e Isolda se quieran mucho, pero de vez en cuando se abrazan y a veces incluso se besan, algo que en la anterior versión no ocurría nunca. La escenografía de Anna Viebrock es curiosa: al principio el espectador cree estar viendo la nave de Tristán: como mucho sería el salón de un barco de lujo, lleno de sillas, muchas de las cuales Isolda se dedica a tirar de vez en cuando para expresar su irritación. Un techo con focos se va moviendo sobre la acción: es un elemento importante, parece, del conjunto. Los personajes aparecen muchas veces, incluso cuando no deberían estar presentes, pero no ocurre nada grave. Ni nada de interés especial: la poción mágica tarda en hacer efecto y el acto se acaba sin que entre el rey.
En el segundo acto, el mismo salón, pero ahora cubierto de redondeles de neón en el techo (¡ ah, la influencia de Harry Kupfer!). Las luces se apagan finalmente para dejar la penumbra adecuada al dúo de amor; cuando llega el rey, Kurwenal, muy alterado, corre hacia una pared y se da un batacazo. No hay que buscar motivos en lo que no los tiene: a partir de aquí Kurwenal será un anciano loco que irá paseando sin cesar: tal vez un ardid para disimular su verdadera decrepitud vocal, muy acusada en el antes poderoso Andreas Schmidt.
En el tercer acto, una cama de hospital (cedida por el hospital Hohe Warte, de Bayreuth). En ella, el protagonista lucha contra la muerte. Lo atiende el anciano, que no para de dar vueltas. El pastorcillo está siempre presente. Al fin llega Isolda, y como Tristán ha muerto en el suelo, se tiende en la cama. Llegan los demás y acaban todos de cara a la pared, vivos y muertos -menos Tristán-. Isolda muere en la cama y al final se cubre con la sábana, cabeza incluida. Fin de la obra.
Excelente labor de Nina Stemme, como ya intuimos cuando la escuchamos en Jenufa, en el Liceu. Voz poderosa y homogénea, ningún signo de fatiga: gran carga emotiva en todo momento. Fabulosa. Muy bien su adlátere, Petra Lang, como Brangane, con medios vocales generosos y timbre de mezzosoprano precioso. Otro gran triunfador de la noche fue también el tenor Robert Dean Smith, de voz clara y hermosa, sin fallos, con potencia y constancia en los tres actos, sin desfallecimientos. Magnífico el prestigioso Kwangchul Youn, un rey creíble y vocalmente suntuoso. Flojo el Kurwenal, como se ha dicho, y bien, aunque algo raro, el Melot de Alexander Marco-Buhrmester.
El vestuario, lo peor de la producción, sin gracia. Algún uniforme, chaquetas parecidas para todos los hombres, que favorecían la confusión, excepto Kurwenal, que vestía de escocés. Feos, con ganas, los vestidos femeninos. Y, por primera vez en el podio de Bayreuth, un director japonés: Eiji Oue. Llevó la orquesta bastante bien: se preocupó especialmente de subrayar los motivos principales; a veces el sonido se enrareció en algún momento. Bien aplaudido, besó el suelo del teatro. Venerable suelo que ha vuelto a funcionar una vez más con una versión, cuando menos, presentada con una cierta dignidad.
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