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Faltaban pocos minutos para que el telon se levantara y en el ambiente se respiraba un "algo" mágico. Se adivinaba una noche mágica y no decepcionó...y no solo no decepcionó, sinó que en los rostros del público se refejaba una felicidad como hacía años que no se veía en la salida del teatro. Ya en los entreactos, gente que de nada se conocía, hablaban entusiasmados como si se conocieran de toda la vida con un grado de entusiasmo difícil de describir, y hasta me atrevería a decir que esa parejita de delante mío , en breve, nos va a anunciar la llegada de un nuevo miembro en la familia... pero vamos al tema.
Con el telón aún bajado y con un concentradísimo director de orquesta, empezó a sonar la obertura con un brillo maravilloso. Parecía que los maestros de la orquesta fueran los autores de la obra por el sentimiento que transmitían las maderas y los metales.El autor de esta ópera, fue tocado por la mano de Dios al escribir esa música celestial... de eso no hay duda..
La entrada del coro, vibrante y con un solo color, elevó la temperatura de la sala en apenas 30 segundos hasta la llegada del bajo y la mezzo, cuyas voces, bellísimas, se elevaban brillántemente por encima de dicho coro.
Llegamos al terceto, donde soprano, barítono y tenor elevan a la categoría de celestial, unas notas tintadas sobre una partitura. El empaste de las voces es tal que parece que hayan nacido, los 3, para cantar juntos. Afinación perfecta, musicalidad,un gusto exquisito hacen el delirio del respetable que bravea entusiasmado todos los números.
El concertante final es una muestra de la genialidad del autor, ligada a unos artistas y músicos comprometidos con el amor a su profesión. No hay palabras para describir eso
A todo eso, la puesta en escena histórica del Siglo XIX, crea un ambiente de realidad que parecía que estuviéramos viendo la vida de esos personajes en directo, sin que nadie tuviera que explicarnos lo que "representaba", puesto que era obvio.
En resumen, una noche que jamás olvidaremos.... si vuelve a producirse.
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