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LA MALDISIÓN DE DOMINGO
Todo pudo comenzar un día cualquiera de un mes cualquiera, de un año cualquiera. Pero el destino quiso que aquel suceso que atravesaría las fronteras del conocimiento humano y que haría que Iker Jiménez y su señora Doña Carmen Porter mojaran su ropita interior del gusto sucediera un 6 de marzo del año del Señor de 2002.
El insigne tenor don Plácido Domingo se encontraba en la cúspide de su carrera. Aclamado en los grandes teatros del mundo, recibía muestras de admiración de todo el orbe: De Algeciras a Estambul y de Washington al Vaticano todos les enviaban telegramas donde le conminaban a que pintara de azul sus largas noches de invierno.
Aquella noche de invierno tenía un evento especial: El equipo de sus amores le había hecho una invitación especial: El que había sido investido como el mejor club del Siglo XX había invitado al mejor tenor del mismo siglo a cantar una bella tonada en la conmemoración del centenario del equipo balompédico. Al parecer había un encuentro entre dicho excelso club y una comparsa galaica que venía a completar el espectáculo.
Al llegar al estadio, observó con placer que SSMM los Reyes habían acudido a escucharle; claro, como la Reina es tan aficionada, no querría perdérselo. Saludó a ambos y al resto de autoridades y tomó del brazo a Florentino, un viejo conocido que ahora mandaba en el club, para susurrarle “¿Cuándo tengo que cantar, ahora o en el descanso?”. El señor Pérez, extasiado ante tanto parabién que estaba recibiendo ese día, no le contestó directamente sino, como un ser superior, le habló en parábola: “Si alguna vez me hago empresario de ópera, constituiré un elenco basado en Villazones y Domingos”.
Comenzó el encuentro y la cosa se puso mal: en 35 minutos su equipo palmaba por 0 a 2; sin embargo Domingo confiaba en que en el segundo acto, como en la opera, los héroes salieran victoriosos. El árbitro silbó los tres pitidos y los gladiadores marcharon al vestuario en busca de su merecido descanso. Aún quedaban 45 minutos.
Domingo marchó el primero al escusado, sabedor de las colas que allí se forman y se introdujo en uno de los reservados. De repente, en el retrete de al lado se comenzaron a oir ruidos, quejidos y lamentos. Desde fuera se escuchaban voces: “Rafa ¿Estás bien?” “Gouver, ¿se te pasa?” Al parecer eran llantos lo que se oía.
Plácido se agarró a una de las asas que en el escusado había por aquello que dijo Arquímedes: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo” justo en el momento en el que al otro lado se asía a idéntica barra el tal Rafa. En ese instante un estruendo, como el de un rayo que atravesaba el estadio y fue a tomar tierra justo en el asa metálica hizo que ambos, tenor y forofo, se estremecieran, convulsionaran y cayeran exánimes al suelo.
Tardaron en recuperarse y aparentemente quedaron indemnes del extraño suceso. El Madrid perdió aquel encuentro y el sueño de la Triple Corona quedó en un hilo de humo; pero algo más grave había sucedido. Desde aquel momento, cuando en un foro de ópera donde Gouverneur escribiera se comenzara un tema con la palabra Domingo, los dioses de la Galaxia, con Zidane a la cabeza, harían sembrar la discordia para que dicho nombre quedara maldito hasta el fín de los tiempos por siempre jamás. Así lo quisieron los dioses y así fue.
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