Pues sí, es un tema muy interesante, el de las adaptaciones. Tanto, que mi frustrada tesis doctoral tenía muchísimo que ver con eso... valga como aviso de lo petarda que me puedo poner con la cuestión

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Desde mi punto de vista, lo principal es que libreto y obra teatral son dos géneros literarios
diferentes, con necesidades intrínsecas propias y no necesariamente coincidentes. Parece una perogrullada, pero constituye el
quid de toda la cuestión. Al detalle apuntado por Simon -no se tarda lo mismo en declamar que en cantar-, se añaden otros muchos que suponen que un libreto tiene su propio marco genérico, sus propias exigencias
ad hoc, digamos. El hecho de que se trate de un género híbrido (mezcla música y teatro) lo hace complicado de analizar. El problema de ignorar una de esas dos naturalezas (bien la musical, más difícil de preterir; bien la escénica) deriva en lo que podríamos llamar, para acabar rápido, las malas puestas en escena. Éstas pueden serlo (malas, digo) por dos razones básicamente: ignorar la dimensión teatral del texto, lo que lleva a montajes aburridos de cantante-armario, típicas antes de los años 80/90, que se preocupan casi exclusivamente de la escenografía y el decorado. La otra razón es ignorar las necesidades musicales o entorpecerlas: tenemos abundantes ejemplos de ello en producciones en las que se pide al tenor que haga el pino o similar mientras canta el aria de
La fille du Régiment.
Para muestra, un botón: ¿tenéis idea de cuántas modificaciones introduce Salvatore Cammarano en el original de García Gutiérrez para
Il Trovatore? No me refiero a cortar escenas, o añadir otras, sino a perfilar caracteres
adecuados para la ópera, que es de lo que se trata. Ya sé que no podrá faltar un chistecillo sobre el argumento de la obra, pero soy de las que insiste en que éste es uno de los libretos mejor configurados (
literariamente) de la historia del género. Uno la compara con la pieza romántica española y descubre que cada paso se ha dado pensando en que el nuevo texto sería una ópera con necesidades escénicas propias, de ahí que, a pesar de que, desde nuestro punto de vista actual (y sólo desde nuestro punto de vista... en el Romanticismo
El trovador se consideró una obra brillante, y lo dijo el propio Larra, que no tenía precisamente fama de lerdo), a pesar de que, digo, desde la postmodernidad, veamos la historia como un despropósito, lo cierto es que pocos ejemplos mejores se pueden encontrar de adaptación a las necesidades específicas de un género como este libreto: se eliminan conflictos que abarrotarían (sí, MÁS

) la historia, algo que el teatro, por sus mayores posibilidades de desarrollo, puede permitirse; no, en cambio la ópera. Cammarano, así, despoja a Leonora de su conflicto teológico (en el original de García Gutiérrez sí llega a hacer sus votos, y es, por tanto, una monja que vive en pecado) para no abigarrar; insiste mucho más en el carácter heroico de Manrico, que, en el texto español, es, por ejemplo, infinitamente más celoso (hasta la histeria, casi... se hace antipático), etc.
No me quiero enrollar más: la idea es que cortes y añadidos se hacen en función de las necesidades que plantea la ópera (hay que simplificar caracteres, etc.) desde el punto de vista genérico.
No sigo, que ya oigo los bostezos en la sala

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