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Hace mucho tiempo que, con excepción de estrenos (El viaje a Simorgh, de Sánchez Verdú) u obras muy recientes (L'Upupa, de Henze) no asistía a una representación operística sin escucha previa de la obra en cuestión. Pero entre que Iolanta es muy infrecuente y que las tiendas de discos de Donostia cuidan al cliente menos que yo al clero, el resultado es que me puse en mi localidad sin haber escuchado más que una breve selección en Radio Clásica la mañana anterior a la función.
Por otro lado, una vez más la ópera "infrecuente" en versión de concierto ha resultado muchísimo más interesante que la ópera "conocida" escenificada. este año Iolanta ha ganado por goleada a Carmen aunque el papanatismo habitual haya hecho que mientras las tres funciones de Carmen estuvieran vendidas con antelación en la única de Iolanta hubiera al menos cien asientos libres. Curiosa afición a la ópera.
El plantel vocal que nos ofrecía esta ópera de apenas noventa minutos de duración en acto único era la del Mariinski, de San Petersburgo aunque no con Gergiev a la batuta sino con Tugan Sokhiev, director titular de la Orquesta del Capitolio de Toulouse, a la que disfrutamos en Donostia.
La obra es de planteamiento claramente romántico. Iolanta es un personaje que roza el patetismo (en el buen sentido del término), especialmente en el proceso de compresión de lo que significa "ver". Iolanta es ciega pero no lo sabe por la sobreprotección de su padre y rey y, por lo tanto, en su encuentro con el Conde de Vaudemont Iolanta es desbordada por las palabras para ella incomprensibles como "ver", "visión", o los colores. La presencia de un médico musulmán colocara la posibilidad de adquirir la visión en el hecho de conocerla y desearla. La presencia del conde y el surgimiento del amor será la llave para que Iolanta pase a ser vidente.
Sufrimiento y amor, esa es la llave de Iolanta y en los rápidos noventa minutos Chaikovsky liquida la historia con una obra que -una vez más- asombra esté totalmente ausente de los escenarios.
La protagonista fue anoche Liudmila Dudinova, soprano de fuerza, muy eslava en su color de voz aunque pelín tirante en la zona más aguda. El personaje tiene qué cantar pero sobre todo qué expresar y ella lo hizo muy bien, transmitiendo su evolución con apenas gestos escénicos.
Akhmed Agadi era el Conde, tenor de voz fresca, luminosa aunque me preocupó algo su tendencia a abrir en la zona aguda, hasta el punto de romper en su acceso al sobreagudo. Su canto es muy extrovertido y a mí me hizo sufrir, pensando en un futuro incierto si no cubre esa voz, si no la resguarda.
Mikhail Kolelishvili es un bajo de la escuela rusa: voz robusta, en ocasiones demasiado "pesada", de un agradable color oscuro, con graves como hay que tener, lejos de esos bajos de tres al cuarto.
Garry Magee, un barítono inglés en la corte de San Petersburgo es muy lírico, con facilidad en el agudo. Los restantes cantantes, a saber Edem Umerov, Sergei Semishkur, Eduard Tsanga, Anna Markarova, Elexandra Koralevna, Varvara Solovyeva tenían papeles menores y cumplieron con exquisita corrección.
El Coro Easo, con mujeres por primera vez para un servidor, tenía poco que cantar -sobre todo ellos- y lo hicieron con gran solvencia. Y gran éxito para el director (lo siento, no me acuerdo del nombre), titular de la orquesta y que llevó a la misma a sonar con belleza y con contrastes evidentes entre los momentos románticos y los más heroicos.
Iolanta será dificil de volver a escuchar. La recomiendo. No es que Chaikovsky sea mi mayor devoción pero entre una Carmen de pichiglass y una ópera bien cantada, la opción mía es clara.
PD1: Werther se portó bien. Le llevé a casa y fue formal. Quizás tenga remedio.
PD2: a las dos viejas que comentaban la ópera como si fuera el futbol se las podía llevar Wotan para alimentar a los cuervos.
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