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El 10 de mayo visité por primera vez la Deutsche Oper de Berlín. Es un teatro que comparte con la Philharmonie un cierto aire retro, setentero, un poco envejecido, y que vive eclipsado por el brillo y la fuerza de la Staatsoper, pero que aún así merece la pena conocer.
En el programa, la antigua producción de Lohengrin de Götz Friedrich que pudimos ver en Madrid hace unos años, una producción como si dijésemos de fondo de armario, estrenada en 1990, con un escenario en vertiente dividido por una especie de corriente o camino plateado hacia el fondo, que se mantiene durante los tres actos. En el primero, la recreación del campamento real a orillas del río resulta eficaz, con alguna evocación velazqueña en el grupo de guerreros con brillantes lanzas que rodean al rey por oposición a los guerreros brabanzones sin lanzas situados frente a ellos y una esquematización casi cubista de algunos elementos que le dan modernidad y atemporalidad a la escenografía. Al fondo, se proyectan imágenes o se simula con luces móviles la llegada del cisne y su caballero y es aquí quizá donde la producción acusa cierto envejecimiento, las soluciones audiovisuales hubiesen sido hoy más sofisticadas. Me parece peor resuelta la armadura del caballero, plastificado en plata. El segundo acto recrea de manera realista el exterior del castillo de Amberes, con el acusado contraste entre la luminosidad que sale de las habitaciones de Elsa y la oscuridad desde la que Ortrud teje sus perversas maquinaciones, y también resulta eficaz el luminoso cortejo nupcial entre celebraciones y tremolar de banderas. El color y la luz blancos predominan en el comienzo del tercer acto, blanco es el tálamo y blancas las vestiduras del caballero y su dama, y el final del acto y la obra se producen en el mismo escenario en el que todo comenzó, con el rey, los nobles y guerreros presenciando el desenlace y el retorno del cisne.
Cuando presencié esta producción en Madrid, el tenor anunciado era Ventris, pero finalmente fue Klaus Florian Vogt quién interpretó el papel de Lohengrin. Todavía recuerdo aquella ocasión como una de las sorpresas más agradables con las que me he encontrado en un teatro, la voz de Vogt aquella noche sonó con una fuerza y un lirismo de inolvidable belleza. El tenor anunciado en la jornada berlinesa, Stuart Skelton, también me era practicamente desconocido (cantó el Arthur del Merlín de Albéniz en el Real), y tenía yo la ilusión de que nuevamente se produjese el efecto Vogt. Por desgracia, no fue así. La actuación de Skelton resultó dubitativa, insegura, muy mala desde el punto de vista actoral, daba un poco de pena verle deambular por el escenario sujetando con dificultad la enorme espalda del caballero. Desde el punto de visto vocal, también resultó un Lohengrin tímido y blandito, la voz no es fea pero es vulgar, y cantó además a mi juicio con una enorme falta de convicción. En el momento de despedir o recibir al cisne, vuelto de espaldas al público, resultaba a veces inaudible, a pesar del pequeño tamaño de la sala. “In fernem Land”, ejecutado en el centro del escenario en posición estática, resultó también decepcionantemente pobre pese al mimo del director musical.
Petra Maria Schnitzer es una intérprete habitual de Elsa y su actuación fue sobresaliente desde el punto de vista escénico, en todo momento dio credibilidad a su personaje. Desde el punto de vista vocal estuvo algo más irregular dentro de la corrección, en algunos momentos la voz resultaba algo velada, como con problemas de emisión.
Jane Henschel interpretó una Ortrud fantástica, emisión clara, estupenda de volumen, valiente y decidida en los agudos, tiene una voz de mezzo grande y oscura sin la guturalidad que a veces puede afear este tipo de voces. Fue despedida con las ovaciones más calurosas, con todo merecimiento.
Sergei Leiferkus, veterano barítono ruso, hizo valer su profesionalidad y experiencia en la interpretación del Friedrich von Telramund, cantó con voz profunda, fresca y bien colocada y con entusiasmo juvenil, sobre todo en la escena del exterior del castillo con Jane Henschel, que fue para mí el momento más brillante de toda la representación.
La dirección musical del danés Michael Schonwandt me pareció muy destacable, obtuvo de la orquesta de la Deutsche Oper un sonido empastado, homogéneo y brillante, supo subrayar la belleza de los momentos más líricos de la partitura y le dio la energía necesaria a aquellos en los que predomina la acción. Cuidó a los cantantes, y de manera muy especial a Skelton, con maneras de buen director. Y magnífico también el coro en todas sus intervenciones, fundamentales en esta obra.
En resumen, una velada interesante, y un buen abrebocas para lo que me esperaba en la Staatsoper.
_________________ -Wer naht?
-Der König!
-Welcher König?
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