En 1977 se estrenaron "La guerra de las galaxias" y "Annie Hall", se dieron las primeras elecciones democráticas en España y murió Maria Callas.
La muerte de la Divina tiñó de negro ese año, tan importante para la personalidad que nos ocupa.
Y es que, un mes antes de la desaparación de la Callas, Teresa Berganza, añadió a su brillante carrera, la guinda, la perla de la corona.
En agosto de 1977, Berganza estrenó su visión particular de la cigarrera más famosa de la ópera:
Carmen de Georges Bizet. Seamos sinceros, a priori, no es el papel idóneo para Berganza, de medios digamos, más limitados que las mezzos que tradicionalmente han interpretado Carmen. ¿Importó eso? no. Berganza con su gran inteligencia musical lleva el papel a su terreno, lo moldea y malea hasta darle la forma perfecta. Una Carmen de endiablada musicalidad, manipuladora y elegante hasta el extremo, víbora y mala, pero también sensual y refinada hasta limites insospechados. Además Berganza destierra el tan manido mito de la Carmen gitana con el perenne clavel y la peineta y mantilla y andares quasi simiescos, y nos muestra a la mujer que hay detrás de toda la parafernalia. Poco nos meteremos en asuntos tecnicos, más por desconocimiento que por otra cosa, pero diremos las cosas que "a simple oido" uno puede distinguir. La voz es pequeña, sí, pero la emisión es clara y limpia, sin impurezas que rompan la línea. El registro agudo que exije el papel es superado con creces, y no sufre demasiado en la zona grave. La dicción francesa es de ensueño.
A su lado en el estreno estuvieron un pasional y suficiente Domingo, que sufre en ciertos ataques al agudo, pero que en general, esta bien y una demasiado ñoña Leona Mitchell, que confunde el candor con gazmoñería y así acabamos.
Las representaciones de Edimburgo del 77 son de tal éxito, que la producción se repone al año siguiente, con las mismas grandes críticas, pero esta vez acompañada Berganza por Pedro Lavirgen e Ileana Cotrubas, además de José Van Dam.
De Teresa Berganza tenemos dos grabaciones, la GRAN grabación de estudio junto a Abbado y la función que quedó grabada en la Ópera de París bajo la batuta de Pierre Dervaux.
Teresa Berganza (Carmen) Plácido Domingo (Don José) Ileana Cotrubas (Micaela) Sherill Milnes (Escamillo) London Symphony Orchestra y Ambrosian Chorus dirigidos por Claudio Abbado. (1977)
El fulgurante éxito de la Berganza como Carmen, hizo que la DG moviera ficha rapidamente, y contrató a los tres grandes protagonistas del hito de Edimburgo, y además añadió estrellas al reparto, poniendo a la gran soprano rumana Ileana Cotrubas y al barítono americano Sherill Milnes. Berganza nos descubre ese personaje único, como ya hemos descrito anteriormente, y además la toma de estudio le beneficia muchisimo. Plácido Domingo, con una dicción francesa bastante... personal, no desmerece al lado de una Carmen chulapona y desgarrada que casi se lo come a bocaos. Ileana Cotrubas, que rabien los anticotrubistas, hace una de las grabaciones de su vida, y esta excelente como Micaela con una voz dulcérrima hasta el éxtremo, en nuestra opinión, Mili también piensa así, la mejor Micaela de la discografía. Sherill Milnes, tiene una dicción bastante desastrosa, pero pasa de puntillas por su personaje, que es limitado, por lo menos tiene color baritonal, y eso ayuda, en nuestra opinión, Ernest Blanc, es el mejor Escamillo. Abbado dirige con gran maestria a su orquesta, y los coros funcionan a gran altura, una versión de referencia, siempre que queramos la versión mezzo de Carmen.
La versión de la Ópera de París, tiene el aliciente de VER a Carmen, a una Berganza desatada, sensual y altanera, una maravilla, además esta muy bien cantada. Domingo sigue en su habitual buen hacer, y nos deja un Don José abatido y calzonazos, esta bién sin más. Katia Ricciarelli era por entonces, principios de los 80, una de las niñas mimadas de papa Karajan, e incluso grabó el papel en una buena versión con Agnes Baltsa y José Carreras, aquí se muestra insípida y algo desaboría, aunque como tia guapa da el pego totalmente, no destaca, ni para bien ni para mal. El único pero de esta noche de ópera, es el terrible Escamillo de Ruggero Raimondi, que no porque sea él lo masacraremos, sino porque su aria de entrada, mitad declamada en medio de un ataque de epilepsia nos hace temer lo peor, y se cumple, un piccolo escarnio. La dirección de Dervaux es muy apropiada.
las audiciones mañana, y perdonadme el rollazo