Y más críticas de este Elisir. Esta es del Diario de Málaga.... Y después de leerla no me queda muy claro si habeis escuchado a Rocío Ignacio o si Edita Gruberova se ha cambiado el nombre y ha cantado Adina en Málaga

Aquí va la crítica:
Tal vez obedece a una suerte de ley compensatoria el que las temporadas líricas del Cervantes, cada vez más exiguas, desagravien al menos de su frustrante escasez con aportes de calidad nada desdeñables, notables incluso, que parece anestesian al público para el dolor del visto y no visto melodramático. Esta temporada se nos habían prometido tres representaciones de cada título, pero alguien se asustó de las cifras y reculó célere.
Para el `L´elisir d´amore´ del viernes tenemos palabras de alabanza por el buen resultado obtenido, consecuencia de variados factores: el equilibrio del reparto, la sencilla pero colorista puesta en escena, las simpáticas lindezas de adaptación (el vino de Burdeos de Dulcamara se convierte en Tío Pepe), o la claridad y eficacia de la dirección musical. Vayamos por partes.
Magnífica realmente Rocío Ignacio en su papel de Adina. Las exigencias de "soprano ligera coloratura" pudo cubrirlas con holgura: los límites elásticos de su voz dan para clavar agudos y sobreagudos con sorprendente facilidad, aunque algo se opaque el brillo en las alturas y se eche de menos un más fluido desenvolvimiento en escena. Esta última reserva es igualmente extensible al Nemorino de Ismael Jordi, tenor que despunta con fuerza en el panorama nacional: el hecho de encarnar a un rústico bobo y enamorado no justifica una permanente puesta en tablas con brazos caídos. Sin embargo, la voz de este tenor jerezano deleita por claridad, justeza de entonación y homogeneidad en los registros; además, compensa la falta de una potencia arrolladora con el dominio de una singular variedad de timbres: la expectante cadencia de `Una furtiva lagrima´ fue prueba de ello.
Álvarez. Carlos Álvarez bordó, como era de esperar, su Belcore. No es un rol para el lucimiento, pero por eso mismo se espera del solista que sepa darle su auténtica proporción sin hipertrofiar la pieza para no perjudicar la maquinaria del drama. Que tal lección de sentido musical la dicte quien ha sido elegido en Viena uno de los siete mejores cantantes del mundo no deja de ser encomiable. Una precisión semejante en el tono de su personaje hay que reconocerle al espléndido Dulcamara encarnado por Bruno de Simone: gárrulo, chispeante, eficacísimo. En fin, equilibrio de reparto del que hablábamos, que también comprende el extenso partiquino (Giannetta) de la soprano Lourdes Martín Leiva, con la solvencia que la caracteriza.
La dirección musical de Miquel Ortega abundó mucho más en claridades que en penumbras, aunque algún recitativo acompañado quedase turbio y desvaído. Conoce bien el terreno que pisa y es un profesional muy sólido. En la orquesta, Antonio Lozano (fagot) y Miguel Ángel Leiva (piano) se destacaron por sus intervenciones solistas.