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Manon Lescaut: un hombre y una mujer
Mucho antes de la era romántica, la joven Manon, una adolescente frívola concebida por el abad Prévost, escritor y aventurero francés del siglo xviii, se vio elevada a la categoría de heroína de novela de pleno derecho. Montesquieu ya le concedía una especie de precedencia literaria al declarar que había “leído Manon Lescaut el 6 de abril de 1734”. Debería haber dicho la Histoire du Chevalier Des Grieuxet de Manon Lescaut, novela publicada en Holanda en 1731, en la que los rasgos de aquella doncella codiciosa de placer se esbozan de un modo bastante breve. En la mente de su autor, el verdadero protagonista de esta historia es el narrador, este Des Grieux que se apasiona por esta belleza frívola hasta el punto de traicionar sus orígenes y su honor. Por amor, como precisa el mismo Montesquieu, que ve a Manon como una simple ramera, movida sin embargo por una pasión correspondida. El carácter de este homme de qualité [hombre de honor] –retomando el título de las Mémoires, de las cuales nuestra novela constituye el séptimo volumen– es realmente demasiado complejo para seducir al gran público: no se hace vibrar a las multitudes con un tratado de moral teñida de jansenismo raciniano, por muy autobiográfico que sea.
En cambio, el retrato de Manon es bastante superficial, para que la desgracia que castiga sus errores llegue hasta lo más hondo del corazón de los lectores y favorezca la cristalización de un mito. Un autor como Alfred de Musset cederá a esta idealización, exactamente un siglo después de la publicación de la novela de Prévost:
¡Manon! Esfinge sorprendente, verdadera sirena,
[...]
¡Qué perversidad! ¡Qué ardor inaudito
por el oro y el placer! Como toda la vida
está en tus únicas palabras. ¡Ah! ¡Qué alocada eres,
cómo te amaría mañana, si vivieras!
(Alfred de Musset. Namouna)
Podemos estar tentados de llegar a la conclusión de que en la ópera que se ampara de aquel mito –en tres ocasiones por lo menos durante el siglo xix (Auber, 1856; Massenet, 1884; y Puccini, 1893)–, el personaje del caballero se sacrifica en favor del del amante. Veremos que no es exactamente así, sino más bien todo lo contrario. El tenor, sobre todo con Puccini, ocupa un lugar destacado e incluso dominante en la economía vocal y temática de la pareja Des Grieux-Manon. Reconozcamos, de momento, que la fascinación ejercida por Manon sobre el público supera la dimensión propiamente musical del personaje y le confiere un valor emblemático indiscutible.
La comparación inevitable con Violetta y La Traviata de Verdi nos viene a la mente de forma espontánea. La imagen de la cortesana enamorada y su asunción en un final trágico y sublimado coincide de forma natural con la de Manon, “sola, perduta, abbandonata”, tal como Puccini nos la presenta en el último acto de su ópera. El dato según el cual esta ópera fue estrenada una semana antes que Falstaff, la última obra maestra del compositor de Busseto, invita a establecer una filiación entre el primogénito y el benjamín: sus contemporáneos no se abstuvieron de pronunciarse en este sentido en perjuicio de un Puccini por aquel entonces en la treintena, preocupado por hacer valer la originalidad de su propio talento. Se podría decir que el parentesco entre Manon y Violetta se inscribe en los genes de esta última ya desde las primeras páginas de La dama de las camelias de Alexandre Dumas hijo, de la que Verdi extraerá el tema de LaTraviata. En esta obra nos enteramos de que Armand Duval, futuro Alfredo Germont, ha regalado hace poco a su amada, Marguerite Gautier, futura Violetta, un ejemplar de Manon Lescaut, título desde entonces abreviado de las Mémoires originales. Es la ocasión que aprovecha Dumas para establecer una larga comparación entre ambas heroínas. Entre la pecadora que “había muerto en un desierto [...] pero en brazos del hombre que la amaba con toda la energía de su alma” y Marguerite que “[...] había muerto entre un lujo suntuoso [...] pero también en aquel desierto del corazón, mucho más árido, mucho más extenso, mucho más despiadado que aquel en el que había sido enterrada Manon”.
No es menos cierto que, a pesar de su fascinación, a veces neurótica, por el sexo femenino, Puccini sabe que no pude amoldarse a Verdi ni copiar a Massenet, cuya Manon no deja de atormentarlo. El éxito del verismo y las influencias wagnerianas que se difunden en la estética musical de aquellos años delimitan el espacio en el que el músico debe inscribir su obra y sus personajes.
No cabe duda de que se ha insistido demasiado en los defectos de un libreto que de Leoncavallo en Praga, de Oliva y Illica en Giacosa, Ricordi y Carignani, conoció muchas vicisitudes. En realidad, este libreto tuvo que adaptarse a una música que en la mayoría de los casos ya había sido compuesta antes de que aquellos pobres libretistas encajasen en ellas sus versos. Lejos de condicionar la lógica musical de la obra, justamente al estilo wagneriano, la estructura y el texto de Manon Lescaut siguen sus líneas maestras; por tanto, hay que apreciar la coherencia del drama en el núcleo central de esta música. Aquí se encuentra, en realidad, la respuesta a la pregunta que nos ocupa desde el principio de nuestra reflexión: la que tiene como objetivo a la pareja Manon-Des Grieux y su importancia respectiva en la economía de la ópera.
Una de las paradojas de esta obra radica en que bajo el desorden aparente de su estructura dramática, sus elipses y sus inverosimilitudes (el salto cronológico del primer al segundo acto, la mansedumbre de Lescaut hacia Des Grieux, un cuarto acto vacío de acción…) la ópera muestra un gran rigor musical. Quizá llamará la atención que comparemos este rigor con el que buscaba Alban Berg, treinta años después, para su Wozzeck. En ambos casos la lógica formal estructura por sí sola la partitura y, por lo tanto, la ópera. Berg organiza el drama en escenas adaptadas cada una a una forma instrumental (suite, rapsodia, sinfonía en cinco movimientos, invenciones, passacaille, forma sonata…) y gracias a este mosaico unificado por un hábil juego de transiciones orquestales y de leitmotivs o reminiscencias, el conjunto se vuelve coherente y nos hace recordar las palabras célebres del compositor vienés: “Hacer música tan buena que a pesar de todo resulte buen teatro”. Esta sentencia se podría aplicar también a la forma dramática y musical de Manon Lescaut: la obra se adapta a una lógica instrumental que la brillante introducción –de unos cincuenta compases– impone magistralmente de entrada. El primer acto presenta cuatro movimientos (rápido, lento, rápido, final recapitulativo) al estilo de una sinfonía. El segundo acto opone un andante (la opulencia y aburrimiento de Geronte) a un allegro (la pasión de Des Grieux). Un intermedio lento y expresivo, que nos recuerda al de Cavalleria Rusticana, precede un tercer acto, también de cuatro partes (andante, presto, largo, finale). El último acto enmarca el lamento de Manon con un andante y un largo. Puccini se muestra así más fiel al rigor estructural de la novela que sus libretistas, obligados a romper el equilibrio del texto. Esta fidelidad determina cómo la construcción temática y la dialéctica de los dos roles principales adoptan el punto de vista de Des Grieux, narrador de las Mémoires, encarnado aquí por el tenor.
Tota la ópera sigue el compás de las etapas sucesivas que marcan el destino del héroe regido por la pasión. El momento del flechazo de amor por Manon (primer acto) precede al de los celos (segundo acto), el de la humillación (tercer acto) y el de la desesperanza (cuarto acto). En cualquier caso, los dos primeros actos son dominados por el tenor. El madrigal inicial “Tra voi, belle” es como la firma de un canto radiante y expansivo marcado por el sello del amor y la sumisión a la pasión amorosa, a lo largo de las escenas, irá desposeyendo al personaje de su identidad, psicológica, musical y vocal. Desde la aparición de Manon, precedida por un oscurecimiento de las tonalidades, la temática de la muerte contaminará a la del amor. El primer dueto deja entrever esta influencia de la mujer sobre su amante. Los temas respectivos de uno y otro se articulan en torno a dos notas que actúan como eje x –Fa y Mi– que se inscriben en el tema emblemático de la muerte en el último acto. El tema de Des Grieux se ve fagocitado por el de su amada. De modo que la ópera de Puccini, fiel en este sentido al abad Prévost, no es sino la historia de la aniquilación progresiva de un hombre consumido por el amor sincero de una seductora. Ella, por su parte, hallará en el acto de Nueva Orleans la muerte que todo hacía prever que iba a llegar para castigar su existencia de mujer destinada a la picota y el abandono. La paradoja de esta ópera sensual y patética, de una energía con pocos equivalentes conocidos, es tal que la escuchamos antes que nada por su tenor, la admiramos por su partitura y la amamos por su heroína.
Manon Lescaut –ópera nutrida de gran número de préstamos de sus composiciones de juventud– obsesionará a Puccini hasta sus últimos años. En 1922, ocupado en la composición de Turandot, pide de nuevo a su libretista Giuseppe Adami que retoque un verso del monólogo final de Manon. Ahora bien, sabemos que el retrato de su heroína y de sus amores desgraciados con Des Grieux se había iniciado a partir de numerosos esbozos anteriores a 1896. Es el caso del motivo inicial de la partitura, procedente de los Tres minuetos para cuarteto de cuerda, publicados en 1892, o del madrigal que toma prestado del Agnus Dei de La Messa di gloria. Por otro lado, una parte esencial del material musical de los dos últimos actos procede de los Crisantemi para cuerda compuestos en 1890. En cuanto al espléndido “Donna non vidi mai” que canta Des Grieux en el primer acto, es copiado de un fragmento de examen escrito por el joven músico el 1883, cuando era alumno del conservatorio de Milán: desde el principio hasta el final de su carrera, Puccini habrá vivido, por tanto, con ManonLescaut. ¿Es por esa razón que esta ópera ocupa un lugar tan especial en la producción de su autor? Otras nos parecen más logradas, más atrevidas, de una coherencia dramática y musical superior, pero se mantiene eternamente resplandeciente de juventud, regada por una inagotable savia melódica armonizada con una eficacia teatral que deja sin voz a los posibles detractores. Y por encima de todo, esta ópera en el punto de unión del romanticismo tardío y el verismo naciente consigue, gracias a sus propias carencias, la autenticidad de una obra maestra espontánea, ligada con un tema que Puccini deseaba que fuera ardiente de “pasión desesperada”.
Jean Cabourg
Crítico musical (Opéra Magazine, L’Avant Scène Opéra, Diapason), director de Guide des Opérasde Verdi (ediciones Fayard) y autor de Madame Butterfly (ediciones Premières Loges)
_________________ AUPA WOLFIE!!!...esto ya lo había dicho, no? Fantinetta, hoy mismo
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