La Hormiga Peripatética escribió:
No obstante, lo próximo -
cuando tenga tiempo - será una revisitación de
La damnation de Faust de Berlioz, un reencuentro cargado de nostalgia.
Más de 20 años de melomanía enfermiza dan para ello y mucho más.

2ª Crónica: Una promesa cargada de nostalgia
y una visión mefistofélica realmente divina
Después de dos décadas de afición, uno regresa a las músicas que años
atrás le entusiasmaron con el mismo sentimiento de felicidad con que
uno vuelve a los lugares de su infancia. Algo así es lo que me ha
sucedido al escuchar de nuevo La Damnation de Faust de Berlioz después
de acumular años en mi olvido. Vaya por delante que la nostalgia me
parece uno de los sentimientos humanos más inútiles. Reniego de la
manida frase que sostiene que los años pasados son siempre tiempos
mejores. Y aunque he revisitado la obra de Belioz con toda la cautela
posible, no he podido evitar que mi ánimo sucumbiera al dulce encanto
de la nostalgia. Volver a escuchar esta obra de Berlioz ha sido emocionante
como encontrarse con amigos de la juventud y recordar aquellos años lejanos
en que uno vivía despreocupado, en esa especie de autismo reparador
desde donde los problemas de las personas mayores se veían lejanos
y que, por fortuna, nos parecían inalcanzables.
La inspirada música de Berlioz tiene parte de culpa en este inesperado
rapto de nostalgia. La otra culpable, la interpretación:
( Festival de Montreux, 24 de Setiembre de 1959 )
Faust Nicolai Gedda
Marguerite Régine Crespin
Méphistophèles Ernest Blanc
Brander Louis Morin
Choeurs et Orchestre Nationale de RTF
Igor Markévitch
Nada más iniciarse la obra es posible comprobar la musicalidad de N.Gedda,
la
cantabilidad de sus fraseos, la belleza de su timbre. Escuchar a
este hombre en su mejor estado vocal es un verdadero deleite para cualquier
buen aficionado. No ha terminado de calentar la voz cuando nos regala
un agudo realmente emocionante en las palabras
feux eclatants.
También desde el principio Markevitch confirma con su extraordinario
trabajo lo que siempre he pensado de él: que la industria discográfica
no lo valoró en su justa medida y que es una pena que no nos haya dejado
al menos tantas grabaciones como otros directores menos talentosos.
Cualquier frase de las cuerdas le sirve al director para dejarnos constancia
de su extraordinaria valía. La célebre Marcha húnga es buena prueba
de ello. En otras manos, suena desmayada, hasta ramplona, pero a
Markevitch le suena pletórica de fuerza, incisiva. Aquí la orquesta se
muestra soberbia a pesar de no ser una orquesta de primera fila. Ésa
era, sin duda, una de las virtudes de Markevitch. La orquesta de Rtve
puede dar fe de ello.
Un coro beatífico que habla de la resurrección de Jesucristo salva a Fausto
del suicidio y Gedda nos regala un sottovoce espléndido en la palabra
Hosanna!
En la escena 5ª aparece por primera vez Mefistófeles y Ernst Blanc ya
demuestra desde el pirmer instante poseer un instrumento vocal de timbre
bellísimo pero a la vez potente, no en vano hay que recordar que llegó
a cantar en Bayreuth.
En cuanto a la Canción de Brander hay que decir que el bajo Louis Morin
no está a la altura del resto del reparto. Su voz suena demasiado tremolante y sus agudos, vacilantes y clareados en exceso. En la repetición
de la canción después de la fuga báquica sobre el Amén, Blanc supera
con nota las difucultades aunque sería exigible mayor proyección de los
agudos, suenan algo
famélicos.
En el siguiente pasaje ( escena 6ª ) Blanc parece más cómodo, se mueve
con mayor soltura en los fragmentos líricos, en especial en el que reclama
el sueño de Fausto y aparece la imagen de Marguerite.
El coro - trasmutado de gnomos a estudiantes y soldados - se esfuerza
por salvar su parte. Los tenores, acertados, los bajos carecen de la rotundidad
necesaria hasta el punto de que uno pensaría que son soldados en la reserva.
Ya en la Parte 3ª, en la alcoba de Marguerite, Gedda vuelve a repetir esos
agudos sottovoce realmente emocionantes que concentran nuestra atención
y que suspenden la música unos segundos. ¡ Magnífico ! A destacar
que j´aime ce silence y
et comme je respire.
Con la aparición en la alcoba de Marguerite comprobamos que Regine Crespin
posee una voz hermosa, aterciopelada, especialmente cautivadora,
y tan sólo necesita los primeros fraseos líricos para que le rindamos devoción. Escuchándola en la
chansson gothique Le reoi de Thulé
podemos comprender el drama de Fausto: también nosotros pactaríamos
con el diablo por disfrutar de una Marguerite como ella.
Este arranque de devoción no me impide ser imparcial y destacar que Crespin
no se siente cómoda en la zona aguda y que su voz suena a veces tirante,
esforzada, como por ejmplo en
coupe d´or ciselé.
En cualquier caso su adecuación idiomática es tan perfecta y su canto tan
bello y lírico que parece injusto desacredicart una interpretación tan hermosa
por imprecisiones tan pequeñas como éstas.
Necesariamente, porque la nostalgia así lo exige y porque los intérpretes
rayan a tan alta altura, la audición se va convirtiendo en un placer inagotable.
El minueto de los duendes suena de forma gloriosa. Blanc ha calentado la
voz y cada vez se le oye mejor. Markevitch, siempre atento a los detalles
de la partitura para que no desfallezca la atención. Antológico, por ejemplo,
una pasaje frenético de maderas y pizzicatos en la serenata de Mefistófeles.
N.Gedda regresa a escena para regalarnos los oídos con otro despliege
de sus facultades vocales: un ascenso a la zona aguda prodigioso en la
frase
qui te cachait encore mon amour.
En el dúo posterior, Gedda y Crespin mantienen el excelente nivel de la
interpretación. Otro agudo esplendente del tenor en
Marguerite est à moi.
Posteriormente se desarrolla una escena en trío con los tres solistas en que
vuelve a brillar Gedda ( y por supuesto, la labor de Markevitch al frente de
la orquesta ). Crespin y Blanc parecen algo oscurecidos por el ascendente
crescendo orquestal y coral en el que Mefistófeles y Fausto se ven obligados a
huir de la ira de los vecinos de Marguerite.
La romanza de Marguerite nos permite apreciar otra vez la musicalidad
de Crespin, a pesar de repertirse las tiranteces ya apuntadas en la zona
aguda: coeur s´arrète, por ejemplo. Es obligado destacar aquí el trabajo del
oboe solista que tiene en esta escena unas de las melodías más bellas de la obra.
Una marcha militar deshace el lirismo de la escena, pero en seguida Crespin
vuelve a desarmar cualquier resistencia con unos reguladores realmente
magistales (
Il ne vient pas, Héllas ! ) con los que concluye la escena.
Se aproxima el final ( a destacar algún corte en la partitura ). La cabalgata
de Mefistófeles y Fausto a lomos de caballos es, sin duda, uno de los
puntos culminantes de la partitura. Berlioz hace gala de su maestría
empleando un coro de contrapunto a modo de bordon que canta
Santa
Marguerite y que me recuerda inevitabemente al Magnificat de las
Vísperas de Monteverdi. Maravilloso trabajo orquestal, portentoso ostinato
y espectacular crescendo que encumbra a Markevitch como uno de los
mejores
milagreros de la historia de la dirección orquestal. De otra
forma no se entendería que una orquesta de segunda fila suena con
la calidad de la ORTF de esta velada.
Arrollador el coro de demonios y condenados.
La interpretación es de una intensidad conmocionante,
casi tanto como el
Dies Irae del
Requiem de Verdi que Markevitch grabó para Melodiya y que, dicho sea de paso y para mí,
pasa por ser la lectura más intensa de la partitura verdiana.
La obra concluye con la Apoteosis de Marguerite, con una transfiguración
beatífica a la que sucumbió extrañamente Berlioz y que palidece ante
la fuerza de la cabalgata anterior.
En definitiva, que con obras e interpretaciones como ésta, hasta uno
estaría dispuesto a que lo catalogasen de nostálgico.
Ahí queda eso
