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Mientras esperáis la crónica inquisitorial, aquí va la de Cosme Marina en La Nueva España:
"Made in McVicar
COSME MARINA
La antes valorada como periferia lírica española está dando lecciones continuas de cómo hacer bien las cosas a los grandes mastodontes líricos de presupuestos desmesurados y resultados cuestionables. En una sola semana la cornisa cantábrica está viviendo una auténtica eclosión de ópera. Santander presentó un buen «Eugene Onegin» con sensacional puesta en escena de Gian Carlo del Monaco. Bilbao, en la temporada de la ABAO, se ha descolgado con un espectacular «Tannhäuser» -vocalmente arrollador y con una ya clásica y en su momento provocadora puesta en escena de Harry Kupfer, en la que no se ahorró detalle sexual en la bacanal y con éxito rotundo para la propuesta escénica- y ahora la Asociación Asturiana de Amigos de la Ópera presenta un notable «Così fan tutte», de W. A. Mozart, en el Campoamor, que gustó de manera generalizada, reconciliando bandos y entronizando al salzburgués como uno de los autores que más aceptación ha tenido en la última década.
En las óperas de Mozart lo mejor que pueden hacer los cantantes y los responsables musical y escénico es dejar aparcado a la puerta del teatro el divismo. Si se quiere que una propuesta mozartiana cautive hay que trabajar en equipo, sumando voluntades y no a codazos como en otros repertorios. Esto lo han entendido a la perfección los especialistas en este ámbito y así se explica que hoy se viva una época magnífica en la realización adecuada de sus óperas.
Con este horizonte se consigue, por ejemplo, que un reparto a priori irregular como este de Oviedo funcione plenamente y sacie al público en cada una de sus aportaciones. Se logró buen nivel a pesar de que no todos los integrantes del reparto rindieron con igual acierto. El gato al agua se lo llevó la soprano Amanda Roocroft, ya asentada con dos triunfos continuos en el Campoamor -el año pasado en «Jenufa»- como intérprete predilecta de los aficionados. Roocroft encarnó una Fiordiligi rotunda, segura, carnosa dramáticamente, madura. Puede con todo, incluso con un registro agudo un tanto abierto que metaliza alguna nota y una coloratura un tanto agostada. Tanto «Come scoglio» -uno de los pasajes mozartianos de mayor dificultad vocal- como «Per pietà, ben mio, perdona» dejaron lucir plenamente su grandeza vocal, un estilo de canto sereno, preciosista, estilísticamente impecable.
La más rotunda y fascinante prestación vocal de la velada fue expuesta por Silvia Tro Santafé. La mezzo desarrolló una Dorabella ejemplar de principio a fin, sin el menor reproche vocal. Atraviesa Tro una etapa en estado de gracia y no extraña la espectacular carrera internacional que viene realizando. De su intervención se pudo aprovechar todo, el impecable fraseo, la homogeneidad de todos sus registros o la fidelidad estilística. También supo sacar notable partido a su personaje el barítono asturiano David Menéndez, que se ha ganado presencia estable en el ciclo por méritos propios. Con Guglielmo firma el, hasta ahora, mejor trabajo suyo en el Campoamor. Seguro, dominador del rol con amplitud de recursos expresivos, divertidísimo en la escena. Su actuación convincente indica que está siguiendo un buen camino. Trató de no quedarse atrás, y lo consiguió a medias, Francisco Vas como Ferrando. El tenor, cuyo material vocal de partida no es precisamente opulento, trazó el personaje con inteligencia, dosificando medios y cantando con refinamiento «Un' aura amorosa». Aportó en el resto de su actuación, se entregó y al menos mantuvo un nivel digno. Gracia a raudales derrochó la Despina de Daniela Mazzucato. La soprano italiana, de experimentada carrera, atravesó algún que otro problema vocal con un agudo, digamos, problemático. Sin embargo, su interpretación fue tan divertida que, al final, se metió al público en el bolsillo. Además, eso sí, daba gusto escuchar su impecable dicción y la intención con la que cantaba cada frase. Ese buen hacer para adaptarse al personaje también lo consiguió Alfonso Antoniozzi, don Alfonso de calidad, énfasis expresivo y cuidado vocal. Debe consignarse asimismo el buen funcionamiento de los dúos y los números de conjunto y, como ejemplo, sirva el emocionante terzettino «Soave sia il vento» de una belleza casi cegadora. La necesaria implicación entre los intérpretes fue el elemento que consiguió esa magia especial, el brillo mozartiano. Desde el foso brilló con esmalte impecable el Coro de la Ópera de Oviedo en su breve intervención y Eric Hull demostró que es uno de los mozartianos más interesantes de hoy. Fiel al espíritu de la partitura no precisa hacer una lectura meramente filológica. Equilibra tempi y saca lo mejor de la Sinfónica del Principado, irreprochable en su prestación. Hull da agilidad, enfatiza las sutilizas y la intriga del juego dramático y propone unos recitativos ágiles -bien, en este sentido, el trabajo de Ludmila Orlova y Giorgio Matteoli-.
Y McVicar planteó una puesta en escena que se puede valorar desde cualquier parámetro salvo el clasicista. Su visión es tan rompedora como otras que se han visto aquí. Mueve la acción del Nápoles del XVIII a un siglo después (los farallones de Capri al fondo, la hermosa melancolía de la costa amalfitana en esos jardines de las mansiones napolitanas que se afrontan al mar) en el que los códigos éticos y morales son otros. El protorromanticismo mozartiano resulta potenciado y la manzana de la tentación la van mordiendo todos en una sucesión ágil de gags cómicos que funcionan como un reloj suizo que, además de perfecta maquinaria, tuviese corazón latino. El esteticismo escenográfico de Yannis Thavoris, la iluminación seductora de Paule Constable o el vestuario de Tanya McCallin remiten a atmósferas buscadas del cine romántico de Ivory o a la melancolía de los cuadros de Friedrich. Es la suya una propuesta seductora con estilo propio que supera el esteticismo vacío hoy tan de moda."
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