El problema, como siempre, es la manipulación ideológica que se hace ahora de un hecho histórico (y, por tanto, ya pasado), y la tergirversación que se deriva de ella, presentando a España y a los españoles --así, generalizando (tal que suele hacer Zacarías con el público madrileño

)-- como foco del mal y como ejemplo paradigmático de nación genocida por antonomasia. Una imagen, por cierto, que fue inteligentemente alimentada por el resto de estados europeos, destacándose de manera muy exitosa la propaganda lanzada desde los Países Bajos (entidad histórico-geopolítica de la que, por cierto, formó parte Bélgica, no lo olvidemos), merced a obras como las que publicó el impresor y libelista Theodor de Bry, que contribuyeron de un modo decisivo al forjamiento de la famosa "Leyenda Negra". Pero ya el colmo, claro, es que ahora se nos pidan cuentas y reparaciones por lo que ocurrió entonces, como hacen algunos demagogos tipo Hugo Chávez, Evo Morales y demás líderes del indigenismo populista. O que alguien como Mortier venga a lanzarnos mensajitos morales y a adoctrinarnos sobre lo malos que fuimos (como ya hizo en
Il prigioniero, por cierto). Y utilizando para ello un teatro español... ¡¡Amos anda...!
No obstante, para encontrar a los verdaderos asesinos de las antiguas poblaciones amerindias estos criollos que ahora idealizan el pasado indígena de América ---estilo Rosario Aguilar y otros-- quizá deberían buscar a los responsables en sus propios árboles genealógicos, pues mis antepasados (que yo sepa) --y como los míos los de la mayoría de los españoles-- no pusieron ni la punta de un dedo en América.