Un relato más...perdón al autor/a por el retraso, pero estaba desfaciendo entuertos por ahí...
Mamá era cantante de ópera
Mamá se dedicaba a la ópera. ¡Era una verdadera diva! Pero mi vida fue muy triste, hasta que crecí y comprendí lo que era amar la ópera…y todo lo que conlleva.
Ella siempre estaba viajando, a veces con mi padre, a veces sola, o al menos eso era lo que nos decía… A ella le gustaba ir de un sitio a otro, le aburría estar siempre en la misma ciudad, haciendo siempre las mismas cosas. La vida sosegada y tranquila, aburguesada, no era para ella. Más que cantar en si, lo que le gustaba era la vida de lujo y diversión que llevaba…. Ella era hermosa, y no cantaba mal, pero era la faceta de diva la que despertaba pasiones… su forma de moverse en el escenario, sus miradas, sus admiradores, su forma de vestir….eran famosos sus abrigos de pieles, y la foto que le hicieron con un precioso abrigo de visón blanco cuando saludaba a Churchill en el año 40 dio la vuelta al mundo. Estaba en la cúspide de su carrera. Por cierto que el abrigo lo pagó con una Tosca que hizo en Caracas.
Aunque cobraba relativamente bien, nunca tenía dinero, le gustaba la buena vida. Trajes caros, sombreros, buena comida, regalos…. No pensaba en el mañana. A mí nunca me faltó de nada. Bueno, me faltó ella, me faltó una madre.
En realidad no tuve madre hasta que fui mayor. Entonces la recuperé, y con creces. Me fui con ella en sus giras por América del sur, al Colón, a Lima, a Santiago de Chile….entonces la comprendí, ya que descubrí lo que es la vida de un artista, con sus buenos y sus malos momentos, que también los hay, y muchos.
Ella tenía un ritual antes de cada función, como todos los artistas. Rezaba, descansaba, bebía una taza de café, se hacía peinar y maquillar cuidadosamente. Sus mayores peleas con los directores de escena solían ser cuando la querían “sacar fea”…Ella no había estudiado para esto, solía decir de forma altanera.
En los recitales salía como una reina, con sus propios vestidos hechos en Paris, generalmente en Patou o chéz Mademoiselle Coco. Un par de baúles la acompañaban siempre, repletos de vestidos, chales y demás.
Su carrera artística comenzó en Italia, en Parma, con una Mimí dulce y sosegada que gustó a los críticos y acabó en Weimar, en Alemania, cuando una desafortunada noche en el escenario (casualmente también como Mimí) le hizo ver que su carrera había terminado. Habían pasado 30 años. Nunca cantó en la Scala, ella decía que por envidias, pero yo creo que simplemente las había mejores. Y ella no estaba dispuesta a ser Secunda Donna bajo ningún concepto.
Algunas noches tocaba el cielo con su voz, y aunque de ella nunca pudo decirse que fuera de las grandes, tuvo sus momentos de gloria, que ahora por desgracia ya nadie recuerda. Cuando el público la aclamaba una y otra vez se la veía como en éxtasis, en otro mundo. Yo solía pensar: “Si ya es emocionante bravear y aplaudir, como ha de ser recibir personalmente los bravos y los aplausos”
Se jactaba de no haber cancelado jamás, decía que eso era poco profesional, y que perjudicaba su imagen. “Con el público no se juega”, decía muy seria.
Siempre estuvo sola, ni las doncellas le fueron fieles, y no por que no estuvieran bien con ella, no…. pero cuando encontraron algo mejor la abandonaron.
La primera se casó con uno de los admiradores de mamá, un rico indiano que conocieron en Argentina, y que quería volver a España con una bella esposa… y como mamá nunca estaba arreglada cuando llegaba hablaba siempre con la doncella, hasta que el indiano decidió proponerle matrimonio a la doncella.
La segunda se fugó con un hombre casado, y ya nunca más se supo de ella. De la primera esposa del interfecto si supimos, y mucho, ya que iba a ver a mamá siempre que pasaba por Budapest, para preguntarle si sabía donde por dónde andaba su marido….
La tercera se metió a monja, dijo que aquella vida tan poco seria no era para ella.
Yo también estuve siempre sola, mientras fui una niña……He heredado muchas cosas de ella: el gusto por la vida nómada, y por la libertad…. Y no he tenido hijos, no quiero que pasen una infancia tan triste como la mía… y aunque también me dedico a la ópera, no he tenido el mismo éxito que tuvo mi madre, ni muchísimo menos.
Recuerdo la primera vez que actuamos juntas en un teatro, yo solo tenía 20 años, sentí una emoción que nunca jamás olvidaré.
Una vez, estando en Nueva York le pidieron uno de sus vestidos para una subasta benéfica. Ella no quería dar un vestido usado, le parecía de muy mal gusto, o sea que se compró uno nuevo y le cosió unas espectaculares aplicaciones de lentejuelas en el escote que sacó de uno suyo. Yo no entendía el porqué de tanto trajín pero ella me respondió: “Mira niña, mañana nos vamos, y los recuerdos del público se irán diluyendo con los años, unos dirán que cantaba bien, otros dirán que cantaba mal…. ¡Pero el vestido……… el vestido se queda!”