CAPÍTULO IV: DONDE SE EXPLICA ALGO MAS DE LA MUCHACHA DE OJOS CELESTES
Audición recomendada mientras se lee el capítulo:
RIGOLETTO - Tutte le feste al tempio (María Barrientos)
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Agustí, tras ver cómo le sonreía la joven, se levantó de un brinco y fue corriendo tras el carruaje cuanto trecho pudo. Ya se ha dicho aquí que era un buen atleta y no le dio fatiga el seguir el carruaje hasta que éste se detuvo. El vehículo había subido hasta la plaza de Cataluña, donde había mucha algarabía porque los asistentes a las funciones del Tivoli y del Novedades se demoraban en recogerse. Dicha algarabía hizo detenerse unos instantes al carruaje, lo que otorgó tiempo a Agustí para retomar resuello pues, tras la breve parada, el carruaje dobló el Paseo de Gracia hacia la calle de las Cortes y tomó más velocidad. Unos setecientos metros más allá se detuvo, por fin.
La residencia donde entró el coche de caballos era un chalet al comienzo de la calle de Villaroel. A Agustí no le dio tiempo de ver entrar a los pasajeros pues un cierto retraso y los árboles que adornaban la acera se lo impidieron; sin embargo otro sobresalto, y ya iban unos cuantos esa noche, le hizo volverse. Se oían como disparos, pequeñas explosiones y un fuerte olor a bencina inundaba la fresca noche, casi madrugada. El nuevo bohemio giró la cabeza y no pudo por menos que retroceder unos pasos: ¡Hacia el chalet se dirigía un coche sin caballos!. Nuestro mancebo nunca había visto uno de esos automóviles, si bien en la botica algún caballero había mencionado su existencia.
Se trataba de un vehículo con tres ruedas, dos delanteras y una trasera sobre las cuales iban sujetos dos asientos donde cabían sentadas cuatro personas, a pareja por asiento. El caballero que se sentaba delante, a la derecha, manejaba una especie de mando parecido a un manillar de bicicleta, que obedecía sus órdenes guiando la dirección del aparato. Las llantas de las ruedas eran de goma maciza y parecían resistentes. El caballero que manejaba el coche sin caballos era de complexión fuerte, tenía la cara redondeada, una frente amplia y usaba lentes para ver. Tres de los pasajeros, incluidos el que manejaba, entraron en la imponente casa y el cuarto acompañante maniobró el coche hasta introducirlo en la cochera, no sin esfuerzo.
“¿De quién será la casa?” Se preguntó Agustí. En ese instante, un guardia que hacía la ronda por la Universidad se le acercó y le requirió noticia:
- ¿Qué hace a estas horas por aquí, joven?
- Acabo de salir del teatro y creo que me he perdido – mintió Agustí-
El bisoño aprendiz no quiso perder la oportunidad:
- Disculpe, señor: ¿Por casualidad no sabrá quien es el caballero que vive en ese chalet?
- ¿El hombre del coche sin caballos? Es el señor Bonet
(1), el dueño de la fábrica textil de ahí detrás – y señaló hacia la calle Diputación-.
- ¿Sabe usted si tiene hijas?
- Me parece que no es el coche lo que te interesa, granuja. No, no tiene hijas; pero de vez en cuando da cobijo a señoritas jóvenes que quieren ser cantantes. Él las aconseja y las enseña, dándoles el lanzamiento que necesitan. Es un buen hombre. – esta última frase parecía que la dijo para sí- Es tarde, vuelve a casa y no hagas más preguntas.
* * *
Desde aquel día, Agustí acudió todas las tardes a las puertas de la villa, desde la hora de la salida de la farmacia hasta poco antes del comienzo de la función, con la finalidad de vigilar aquella casa y a sus habitantes. En el mes largo que hizo guardia, no consiguió ver jamás a aquella desconocida. Pero sí podía escucharla.
A eso de las seis de la tarde, un fuerte acorde seguido de su arpegio daba inicio a una serie de escalas, que en breve se convertían en una gran variedad de romanzas de ópera. Desde la esquina de las Cortes se podía oír la belleza de una voz celestial, una pureza en el timbre que a Agustí le transportaba hasta otro lugar. Cuando llevaba algo más de una hora cantando comenzaban los fuegos artificiales: unos trinos estratosféricos y unas notas sobreagudas que conseguía filar hasta el pianissimo con un hilo de voz para luego hacer crecer el volumen de nuevo con una duración que hacía sufrir a Agustí temiendo la asfixia de la joven. Era una voz pura, cristalina; infantil en el timbre pero de gran madurez para expresar algunos sentimientos que incluso Agustí no había sentido jamás.
A Agustí le gustaba particularmente una romanza que cantaba la desconocida llena de melancolía y amor recóndito, como el que él empezaba a procesar a una voz, ni siquiera a una figura humana. Comenzaba con una triste melodía al piano que dulcemente cedía la palabra a la cantante, que repetía la misma frase musical: “Todos los días de fiesta mientras oraba ante Dios, un joven bello y gallardo se ofrecía a mi mirada....” parecía que se lo cantaba a él mismo, con una dulzura que le dejaba exánime, cuando ella dejaba morir aquellas notas.
Una nueva frase emocionada sale de su boca: “Aunque nuestros labios callaron, los ojos hablaron por el corazón.” La ignota muchacha hacía crecer el sonido para luego desinflarlo hasta dejar un hilillo de voz cuando pronunciaba las palabras ojos y corazón. A menudo, cuando repetía la frase
il cor parlò alargaba la nota en una interminable fermata que hacía estremecer a Agustí.
Continuaba la romanza repitiendo el motivo musical mientras cantaba cómo se declara el amante: “Ayer llegó hasta mí furtivo en la oscuridad... Soy estudiante, pobre, me dijo conmovido, y con impulso ardiente me declaró su amor.” Pequeñas variaciones sobre la melodía original iba introduciendo el ángel que cantaba; una agudo en
povero, tempo rubato en un par de compases que en ocasiones parecía desconcertar al pianista, para atacar con fuerza
E con ardente palpito y repetir, con mayor intensidad si cabe, aquellos escalofriantes filados al pronunciar la palabra amor.
Al final, de manera dulce, la joven declara que aquel maldito le partió el corazón; para ir acelerando, apremiando la expresión hasta, casi en un grito desesperado concluir con la terrible noticia de su secuestro y quedar sumida en el ansia más cruel. Tras concluir esta romanza, siempre había unos instantes, tal vez minutos de silencio dentro de la casa.
* * *
Un buen día, tal vez ya en el mes de julio, Agustí no pudo más. Ese desasosiego que le inundaba se había convertido en un dolor insoportable. Armándose de todo el valor del que fue posible, nuestro joven muchacho llamó de manera incesante haciendo golpear el llamador sobre la robusta puerta. Abrió la puerta un delgadísimo hombre vestido con pantalón negro, camisa blanca y chaleco a rayas, de largas patillas y calva redondeada. Sin duda sería el mayordomo de aquella residencia con ínfulas de mansión.
- ¿Qué desea el señor?
- ¿Podría decirle a la señorita dueña de tan bella voz que un admirador desea saludarla?
El sirviente, puso cara de sorpresa, aunque sombreada por una sonrisa ciertamente pícara.
- Aguarde un instante.
Al rato, cuando ya creía Agustí que las esperanzas de una respuesta se había esfumado; y dudando en si volver a llamar o salir corriendo; el espigado y avejentado lacayo asomó de nuevo.
- La joven de bella voz desea que sepa que estará encantada de recibirle en su camerino del Teatro Lírico el próximo día 21 del corriente.
Agustí no fué capaz de pronunciar palabra y, de nuevo, comenzó con ese parpadeo incesante de ojos. Siempre aparecía el dichoso tic cuando algo le ponía nervioso. Y aquella situación parecía propicia para que apareciera. Tomó aire, exhaló con fuerza y, cuando se repuso, preguntó al mayordomo:
- ¿Sería tan amable de indicarme el nombre de la joven?
- Barrientos. Señorita María Barrientos.
NO TE PIERDAS LA SIGUIENTE ENTREGA DE LA NOVELA.
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Notas:
(1) Francesc Bonet Dalmau (1840-1898) fue, aparte de profesor de canto, el primer constructor de automóviles que hubo en España (1890) y suyo fue el primer automóvil que circuló por Barcelona. La fábrica textil que dirigía en la calle Diputación de Barcelona fue la primera en toda España en utilizar máquinas tricotosas. Además, hizo construir en el centro de la fábrica un pabellón donde probaba nuevas voces al tiempo que enseñaba canto a los niños del barrio (y de momento no diré más).