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Ernani del Colón de Buenos Aires, de 1964, con Roberti, Labó, MacNeil y Hines. Una función regulera que sirve como excepción a la regla de que cualquier tiempo canoro pasado fue mejor. MacNeil vuela por encima del resto del reparto con su habitual contundencia. La voz no estaba esa noche muy fina que digamos (quizás se había pasado empinando el codo

), pero aún así da una lección magistral, sobre todo en los momentos de remanso lírico. Es admirable como una voz gigantesca como la suya se pliega al canto a flor de labios de la mejor escuela:
Da quel dí que t'ho veduta,
Vieni meco sol di rose, y la primera parte de su aria, son para enmarcar. Y en los momentos de bravura, los peluquines vuelan... El aria la termina con el La bemol habitual marca de la casa, facilísimo y brillantísimo, y el público del Colón se descoyunta de entusiasmo.
El resto, discretito. La sombra alargada de Del Monaco se cierne sobre Labó, que intenta imitarlo de la peor manera posible: canto muscular y sofocado, a través de una voz leñosa y dura como el pedernal. La Elvira de Margherita Roberti es tipo camionera, ayuna de sensualidad y de rigor estilístico. La voz es importante y rotunda (soluciona con solvencia los continuos descensos a la zona grave, que tantos quebrantos ocasionan a la mayoría de las sopranos), pero el canto es abrupto, poco sutil y también de escasa flexibilidad, como se demuestra en los mil apuros que pasa en su cabaletta. Monolítico también el Silva de Hines. Y pesante igualmente la dirección de Previtali. En el glorioso pàsado también había funciones de andar por casa

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