mitchum escribió:
Esta es una reflexión en voz alta después de haber estado picoteando algunas Traviatas, especialmente las de Muti (1980) y Kleiber (1984).
Llaman especialmente la atención por los tempi elegidos para algunos pasajes, que la tradición había hecho más cadenciosos, más lentos. Lo tenemos en esa pequeña intervención del coro tras el "Un di, felice", o en el "Ah si che feci" (que Kraus recita como si fuera la tabla del seis), o en los sonidos de la fiesta que suenan de fondo en el tercer acto, antes del "Addio al passato". Son eso, momentos muy puntuales, pero que extienden sus efectos, en mayor o menor medida, a toda la grabación. Son lecturas nada morosas, impregnadas de una vida que respondía a aquello de dirigir "come scritto". Vale, aceptemos barco.
Esta misma filosofía del "come scritto", como si esta fuera la fórmula original y verdadera de interpretar Verdi, también motivó el "Nabucco" de Muti del 77 (tempi de los que recela Giudici enormemente, por cierto). Sin embargo, el maestro napolitano nos deleitó (y sorprendió) hace un par de años en Roma con una dirección mucho más reposada, sin que por ello perdiera un ápice de nervio, de tensión, de intensidad. ¿Cuál era el Verdi auténtico? ¿El acelerado o el melodioso? ¿Muti se enmienda a sí mismo? ¿Nos vendió una burra en su momento la "avant-garde" batutera por una simple necesidad de diferenciación respecto a otras corrientes de dirección?
Lo que al final me lleva a pensar, a modo de borrador de conclusión, que en los tempi verdianos hay muy poquito para inventar, y que a la larga, a todos nos gusta que suene del mismo modo.
PD: volviendo al tema de La Traviata en la Scala, no deja de ser una paradoja gigantesca que uno de los epítomes del "sota-caballo-rey" operístico se haya representado cuatro veces en los últimos cincuenta años en Milán... (a las referidas hay que añadir la producción de la Cavani que dirigió Maazel con Gheorghiu y Vargas, si no me falla la memoria)
Interesante tema, pero con todo, creo que discrepo bastante del sr. Mitchum.
En los 40 años que lleva dirigiendo Verdi, creo que es evidente (aparte de absolutamente lógico) que Riccardo Muti ha experimentado una evolución. Siempre con la firma de su energía avasalladora, el alumno aventajado de la tradición toscaniniana ha pensado siempre que la pulsión teatral
implica una pulsión rítmica que a ratos se relaja, se modera o se esconde, pero que no cesa, siempre está ahí. Creo que ello es algo muy distinto de la velocidad por la velocidad (Muti, vive Dios, no es René Jacobs) y del excentricismo (tampoco Muti es Carlos Kleiber ni Leonard Bernstein, aunque Dios no tenga que vivir tanto para atestiguar esto último). En ocasiones el planteamiento del tempo puede ser trepidante (el vacío social lacerante, casi físico contra Veriano Luchetti en
Il maledetto non ha fratelli en la grabación comercial de
Nabucco) o sin llegar a tanto, más veloz que la tradición (la marcha que les impuso a Paul Plishka y Mirella Freni en la Scala para reflejar el anhelo vital interior "motivador" de la vida de la nueva ermitaña en
Sull'alba il piede all'eremo) pero nunca absurdo ni gratuito (por ejemplo, en aquellas mismas funciones, bien se abstuvo de convertir en un sprint rossiniano tipo
Signorinaun'altravolta toda la parte final de Bruscantini y los mendigos, a partir de
Il resto a voi, prendetevi, non voglio più parole). Teatro, siempre. Teatro a través del ritmo, y también teatro a través de las progresiones, de los acentos, del cálculo de los efectos para no ser nunca efectismos. En su madurez, es posible, la energía teatral ha ido primando quizá más estos últimos factores que el primigenio del ritmo. Pero (y aquí Dios ha de volver a vivir) de ningún modo Muti ha sido engullido o domesticado por la tradición en la que "todos queremos" que suene Verdi, tipo Antonino Votto o Gabriele Santini.
Está aparte el tema de la literalidad. A partir de los años 70, Muti, Giulini en madurez y Abbado enamorado del Verdi íntimo y enorme en su amor por Italia (
e vo gridando amor), demostraron tan a las claras la grandeza de la sinceridad verdiana que una revisitación prevaricante se volvió inviable. De los tres, probablemente Muti fue el más testarudo con el tema de la literalidad, pero las acusaciones de dogma siempre me han parecido injustas. Lejos del "es lo que pone y hay que seguirlo acríticamente para que Verdi no nos envíe desde el más allá una nube de azufre que nos destruya", creo que lo de Muti ha sido más bien siempre, SIEMPRE, "¿queréis dejaros de las cosas que no pone y darlo toooooodo en las que sí pone? ¿No veis cuánto vamos a salir ganando?". Sin duda eso chocó con la tradición (que deben de ser esos señores que creen que
Il trovatore es el Do de la Pira y algunas cosas más, pero que si no las ponen, no importa) pero no le convirtió en ningún caprichoso, Antes al contrario, creo que Riccardo Muti ha sido el gran
descaprichizador de los cantantes de ópera.
Paradójicamente, donde sí creo que Muti no ha terminado de darnos todo lo que un músico de su perfil podía hacer, es en la ópera de Verdi más claramente asentada sobre sobre una locomotora teatral, musical y rítmica irrefrenable:
Falstaff, avasalladoramente testimoniada, además, por Arturo Toscanini. Quizá también sea necesario que el gran director cumpla 83 años para que le vea toda la sal y la delicia, toda la pícara sonrisa a eas obra maestra perfecta, escrita por el más grande compositor de teatro musical que ha dado Italia que, en su vejez, quiso dejar de ser Simon Boccanegra para pasar a ser el inmortal gordinflón shakesperiano.
(Es que no sé si se lo he dicho alguna vez, pero yo hice Verdi con Muti...)