Peter Quint escribió:
Don Carlo puede tenerse, en muchos sentidos, por la obra más ambiciosa de Giuseppe Verdi, de lo que son prueba no solo su extensión, insólita en el maestro, sino también las múltiples ocasiones en que regresó, con mayor o menor intensidad, a rehacer partes del texto. Verdi encontró en la obra de Schiller la base para una obra compleja en la que tenían cabida muchas de sus obsesiones artísticas: el amor, la patria, la paternidad conflictiva, la legitimidad del poder, la lealtad, y de alguna manera, la capacidad de los nuevos Estados de convertirse en sociedades mejores que los antiguos regímenes con la cabeza del racionalismo y el corazón del romanticismo. Puede decirse, así, que en el corpus operístico de Verdi
Don Carlo fue, afortunadamente, lo que por desgracia Lear no pudo ser.
Sin embargo, de alguna forma,
Don Carlo fue también la más incomprendida de las grandes obras de Verdi. Y en mi opinión, esa incomprensión, manifestada en el conocimiento y afecto relativamente tardíos recibidos por la obra en comparación con otras obras maestras verdianas, se debe a que, a diferencia de la directa espontaneidad de otras óperas,
Don Carlo es una obra que, por decirlo de algún modo, opera en varios planos simultáneamente, de tal forma que resulta difícil definir cuál es su idea o tesis central, porque, en mi opinión, tiene varias. Y eso despista al oyente, sorprendido por una obra magna en la que no solo todos los personajes principales están sometidos a motivaciones contradictorias (salvo el Gran Inquisidor, inquebrantablemente fiel a su terrible concepción del mundo), sino que resultan profundamente humanas, de modo que la obra termina superando en muchos sentidos el estricto maniqueísmo de la trama romántica imposible con la que se presenta. Sin duda, en
Don Carlo hay una tremenda historia de amor prohibido a la altura de Romeo y Julieta y de Tristán e Isolda, pero también hay muchísimo más.
Y es esa pluralidad de planos lo que considero que no solo da legitimidad a aproximaciones diversas, sino que ha jugado, con el paso del tiempo, en favor de la espléndida lectura de Carlo Maria Giulini en EMI en 1971, que, reescuchada hoy, presenta una sorprendente modernidad. En aquel momento, la incipiente discografía de la obra (que, salvadas honrosas encarnaciones aisladas de algunos roles, no lograba inicialmente dar una imagen plena de los muchos significados de la fabulosa obra musical) acababa de ser revolucionada por la aparición de la monumental lectura de Georg Solti (Bergonzi, Tebaldi, Ghiaurov, Fischer-Dieskau, Bumbry, Talvela) con la que
Don Carlo cogió "cuerpo entero" en la discografía. En un tremendo contraste con aquella versión, Giulini propuso una lectura italianísima, sí, pero contada desde la orquesta y "desde el interior de los personajes", sin que por ello pierdan magnificencia momentos como el auto de fe, fabulosamente dirigido con planos sonoros de insólita nitidez. Solo Claudio Abbado (en sus apasionantes lecturas en vivo en los 70, y, sobre todo, en su versión de estudio en francés, donde, por desgracia, el magisterio catedrático de la orquesta era anegado por un reparto muy inadecuado, bien por hallarse en bajísima forma, bien por una gran incomodidad para frasear en francés) fue capaz de contar todo lo que ocurre en la orquesta de
Don Carlo con una emoción y una profundidad parecidas. Y con todo, allí donde el milanés narraba los atribulados conflictos de la corte de Felipe II "en positivo", partiendo de una ponderada sabiduría desde la que explicaba su fe en un mundo en que la razón y el amor triunfen sobre la fuerza autoritaria y la cerrazón moralista (el
Don Carlo de Abbado tiene, en el fondo, la misma tesis que el Anillo del Nibelungo), el
Don Carlo de Giulini es una historia, en el fondo, de múltiples derrotas. Tiernas algunas, crueles otras, entrecruzadas todas y todas muy conmovedoras, pero siempre derrotas.
Tengo que hacer la cena. Sigo en otro rato.