
En unas cuantas ocasiones me he encontrado con aficionados que sorprendentemente no cuentan a Klemperer entre los directores mahlerianos; será porque en efecto no son muy numerosas sus grabaciones del genial compositor o porque algunos de los tópicos que se le asocian (antirromántico, cerebral, sobrio) no encajan con una determinada imagen de Mahler. En cualquier caso y al margen de la vinculación biográfica entre maestro y discípulo, la escucha que estoy haciendo de las versiones que Klemperer realizó para EMI –algunas eran verdaderos mirlos blancos hasta hace relativamente poco tiempo- me ha reafirmado en la idea de que estamos ante interpretaciones imprescindibles. Mencionaré solo dos de ellas.
Klemperer consigue en la Séptima, registrada a comienzos de los sesenta, que casi entre en esta desconcertante sinfonía. No puedo citar otra versión en que esté tan cerca de lograrlo. La a menudo criticada distensión de los tempi es en este caso una de las claves que permite dar unidad a un material tan aparentemente heterogéneo, propagando la densidad de los dos nocturnos al resto de los movimientos. También juega a favor de Klemperer su reconocida capacidad para dar relieve a todas las voces, permitiendo disfrutar de juegos como el de la guitarra y la mandolina en la segunda
Nachtmusik, fundamentales para preparar el cambio de color del último movimiento. Y qué decir de este, sin duda el más problemático de la obra: Klemperer lo aborda con convicción, sin sombra de su proverbial cinismo, pero su exagerada lentitud y la claridad de su articulación lo convierten en una afirmación trabajada compás a compás, alejada del ingenuo optimismo de Bernstein o del tono un poco postizo de Abaddo.
En el caso de la Novena, la competencia es mucho más dura y seguramente hay algunos aspectos en que la interpretación de Klemperer sale perdiendo. Sobre todo porque, para disfrutar al máximo de esta maravillosa sinfonía, la calidad del sonido de la orquesta es fundamental y la Philarmonia no juega en la misma división que la Concertgebouw o la Filarmónica de Berlín. No obstante, la grabación londinense de 1967, excelentemente reprocesada hace poco tiempo, vuelve a ser una pieza de obligado conocimiento para todo buen mahleriano. En primer lugar, a las dimensiones de la obra siempre les viene bien un director que tenga una visión global tan clara como la del maestro de Breslau. Además, la profunda emotividad de la sinfonía puede resultar plañidera en otras manos, pero con Klemperer ese peligro está conjugado. Y, en tercer lugar, la atención a los segundos y terceros planos creo que es importantísima para no malinterpretar algunos pasajes: así, en el primer movimiento se suele poner toda la atención en el dichoso “jadeo”, descuidando el vals straussiano cuya presencia a lo largo del andante le da una dimensión mucho menos íntima. Por supuesto, los siguientes dos movimientos tienen en esta versión la conveniente dosis de acidez, pero eso no significa que el Finale adolezca de distanciamiento o frialdad. En este caso los tópicos sobre Klemperer saltan por los aires y es casi imposible no terminar con un nudo en la garganta.
Recordando un pequeño debate que he tenido en un par de ocasiones con algunos ilustres foreros, me parece que con Klemperer tengo todo lo que me ofrecen las lecturas de un Boulez y en cambio sigue siendo 100% Mahler. A ver si aparecen por aquí los aludidos, porque me gustaría conocer su opinión.