ARABELLA (Richard Strauss). Paris, Opera Nacional La Bastilla. 17-6-2012
Renée Fleming, Michael Völle, Julia Kleiter, Josef Kaiser, Doris Soffel, Kurt Rydl, Iride Martínez.
Dirección Musical: Philippe Jordan. Producción escénica: Marco Arturo Marelli.
Yo también estuve en la función de ayer (lástima que no nos vimos Sr. Tucker) y, la alegría de ver por fin Arabella en teatro (después de presenciar óperas tan poco representadas de D. Richard como "la mujer silenciosa", "El amor de Danae", "Elena Egipcíaca" o "Dafne", siempre lamentaba que me faltara una de sus obras maestras) se vió empañada por una función, para mí, claramente decepcionante.
EL primer causante, y principal desacuerdo con mi estimado Tucker y todos sus partidarios, fue el Sr.
Philip Jordan, que me pareció un agitapalos plúmbeo donde los haya. Destensionado, plano y aburrido, pero es que tampoco escuché por ningún lado las sutilezas, la magia, el colorido y el refinamiento tímbrico Straussiano y eso que la orquesta es magnífica. Un sonido borroso, nebuloso y deslabazado. ¿Y este era la gran batuta que algunos jaleaban? Antes que verle un Anillo a este señor, me trago dos discursos encadenados a cargo de Sánchez Dragó y Fidel Castro.
La segunda causante, la Sra.
Fleming. De emisión hueca, gutural, incapaz de lograr un sonido pleno y compacto, el centro deshilachado y el grave, inexistente, la proyección, escasa. Resultaba tapada y "ausente" en gran parte de la ópera. De acuerdo que la acústica de La Bastilla es la que es y que la orquestación Straussiana es exuberante, pero a los veteranísimos Soffel y Rydl, así como a Völle, se les escuchaba sin problema y con el triple de presencia sonora que la protagonista. Es verdad que la americana escancia algún momento audible de canto con clase, algún filado y algún sonido estimable en la zona alta aquí y allá, además de cantar decentemente la escena final (es muy espabilada ella) para lograr la ovación de un público ya entregado a priori, pero a mí eso no me basta y aún menos, en una diva de su prestigio. Por no hablar de sus modos interpretivos, una especie de "sofisticación" de la granjera yankee, que se plasma en melindre, ñoñería y cursilería insoportables.
El comienzo fue verderamente desastroso, un primer acto que discurría en un aburrimiento tremendo, con un momento tan sublime como el dúo de las dos hermanas, que pasó sin pena ni gloria, con dos cantantes casi ausentes y un batutero torpón y sin inspiración alguna.
Una cosa es el disco, el DVD o el cine, donde a todos se les escucha casi igual y otra, el teatro. El algodón no engaña.
Es la tercera vez que la veo en vivo y tercera decepción. Si ya no me convence ni en un papel, en principio tan afín como Arabella, la voy colocando en la categoría de "cosa juzgada", apartado camela-diva.
Buen Mandryka de
Michael Volle,, buena voz, recia y empastada, aunque limitada arriba, y buen canto, además encarnación estupenda y creíble del personaje. Su aparición en el primer acto, hizo que me despertara. Se intuye que
Julia Kleiter (Zdenka) canta mono, pero como no se la oye en la mayoría de la función... sí podemos certificar que el material no es ni siquiera de sopranino, sino más bien de tiple cómica de zarzuela. Magnífica la Adelaide la veterana
Doris Soffel (a ésta sí que se la oye), desgastada pero aún de material caudaloso, capaz aún de emitir sonidos restallantes que llenan un recinto como La Bastilla. Aún más percetible la erosión de la voz de
Kurt Rydl, pero aún rotunda, sonora, además de clavar el personaje del Conde Waldner, al que hermana en algunos momentos con el Ochs (una de sus grandes creaciones). Muy flojito el Matteo (que resultó sorprendentemente ovacionado) e insignificante la Fiakermilli de
Iride Martínez.
La producción de Marelli no tiene nada. Sus dos "ideas" más relevantes son que antes de comenzar la ópera, se llevan los muebles (unos horribles sofas marrones de sky) de casa del Conde Waldner (endeudado por el juego) y traen una y otravez, facturas y más facturas. La otra idea "genial" es que durante el interludio del acto segundo al tercero, los celos enloquecidos de Mandryka se plasman en el escenario con la visión de lo que, supuestamente está pasando por su cabeza: varias Arabellas retozando con sus pretendientes, pero como lo haría una ramera en el pajar de un pueblo, es decir lo contrario de lo que es el personaje de Arabella. En fin, una plataforma circular sin ningún sentido y una fiesta del acto segundo, que más parecía una reunión social de Algete, que una fiesta de la Viena Imperial.