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Un espectáculo por todo lo alto fué el que nos brindó este año el Teatro de la Universidad de Concepción: Una Lucia di Lammermoor con una creativa puesta en escena, una dirección orquestal de primer nivel y un elenco en general conocido en la escena local, pero que tuvo un desempeño brillante.
Como es habitual en nosotros, llegamos temprano, antes del inicio de la función, para servirnos un café en el local ubicado a un costado del teatro. Yo había comprado las entradas con la debida anticipación, de modo que no teníamos que teníamos nuestra localidad reservada. Sin embargo, la primera sorpresa nos la llevamos cuando nos dirigimos al acceso, y nos encontramos una larga fila que se prolongaba hasta la calle. Supusimos que sería para comprar entradas, pero no: era la fila para entrar. La función, la segunda de esta Lucia, cuyo estreno había tenido lugar el Jueves 20, se realizó a tablero vuelto, y por lo que alcancé a ver, las entradas para las tres funciones restantes se encontraban en su mayoría vendidas.
Una vez dentro, una nueva sorpresa: El programa de mano, habitualmente atención del Teatro, esta vez estaba a la venta. Con un costo muy económico, claro, pero desacostumbrado. De todos modos se paga con gusto, tratándose de una edición de factura impecable, cuidada gráfica, y las ya habituales documentadísimas "Notas al Programa" de Felipe Elgueta Frontier. Por otra parte, hay que consignar que el valor de las entradas a la temporada de conciertos local, en la que se incluye la habitual única puesta en escena de ópera del año, son siempre muy económicas, con lo que se entienden las dificultades de la producción para solventar los costos asociados.
Dentro del Teatro, la sombra de unos árboles proyectados sobre el telón daban cuenta de un cuidado en el trabajo de iluminación que sería corroborado luego, en el transcurso de la representación.
Se da la bienvenida por los altoparlantes, y se realiza el habitual llamado, al que lamentablemente no todo el mundo atiende, de silenciar los celulares.
Se abre por fin el telón, y nos enfrentamos a una sorpresa más: En escena, un attrezzo minimalista, un balcón de estructura metálica con una escalera lateral, y de fondo unos paneles que simulan ventanas sobre un paisaje, ambientan un sanatorio para enfermos mentales. En el centro un señor en silla de ruedas, y circulando unas pobres almas con la mente perdida. Entra una monja, y anuncia visita para el señor de la silla de ruedas, que no es otro que Gaetano Donizetti, que recibe impasible, pues ya ha perdido el habla, la visita de Monsieur Duprez, el tenor que estrenara su Lucia di Lammermoor, y que viene a dar cuenta al maestro del clamoroso éxito de la obra en su estreno parisino. Mientras esto ocurre, circula por ahí una moza encargada de atender a los enfermos, joven y agraciada, con un libro entre las manos. El supuesto tenor Duprez le pregunta de que se trata, a lo que la joven Lucy (según la ha llamado la monja), responde que se trata de "La novia de Lammermoor". El tenor, asombrado por las coincidencias, le pregunta si sabe cantar, y ante la afirmativa respuesta la invita a interpretar el dúo de Edgardo y Lucía, que evidentemente conmueve al maestro quien intenta ponerse de pié. Ante el llamado de la monja, la acción se detiene para que el maestro descanse, y el tenor Duprez se despide abandonando la escena.
Este prólogo teatral va a ser el que da pié al argumento de la puesta en escena, pues Lucía no es sino la propia moza aficionada a la lectura, y que, en palabras de la monja, lee para ayudarse a ver los límites de la cordura y la locura, y que portará el libro durante casi toda la obra, consultando en él pasajes como el "Regnava nel silenzio", y que sólo será retenido por Enrico en el momento en que este impone su voluntad mediante el ardid de la falsa carta y el chantaje emocional, y que es precisamente el momento en que Lucía empieza a perder la cordura.
Por su parte, el supuesto tenor Duprez, encarna naturalmente a Edgardo, mientras que el maestro Donizetti asume el rol de Enrico, y la monja enfermera el rol de Alisa. De este modo, la historia completa, ambientada a mediados del Siglo XIX, a juzgar por el vestuario, aparece como la fantasía de la afiebrada mente de la moza enfermera que vimos al comienzo.
Así nos presenta la historia Gonzalo Cuadra Balagna, reggiseur de esta magnífica puesta en escena.
La escenografía es la misma durante toda la representación, y sólo se incorporan a ella elementos de decorado: Flores para la fiesta, un escritorio para el despacho de Enrico, o simplemente niebla, para la escena final de la muerte de Edgardo. El resto de la ambientación queda a cargo del extraordinario trabajo de iluminación dirigido por Esteban Sanchez Vidal.
La impecable dirección orquestal estuvo a cargo del maestro Donato Cabrera, que tiene a su haber un nutrido curriculum junto a la Sinfónica de San Francisco, como director y como asistente. Alcanzó momentos destacados que se hicieron notar en la escalofriante entrada de Edgardo durante el enlace de Lucía y Arturo, en el preciso y breve segundo de silencio orquestal absoluto que sucedió a la pregunta de Arturo acerca de los amoríos de Lucía y Edgardo, perfectamente coordinado con el "congelamiento" de los asistentes al festejo, y en la tormenta sobre el castillo de los Ravenswood. Destacadísimo cometido de las percusiones, del arpa y de la flauta, todos con artistas invitados.
El coro por su parte también tuvo destacada actuación, tanto en lo vocal como en lo escénico.
Destacadísima actuación tuvo la soprano canaria Sonia Rodríguez Bermejo en su debut en nuestra ciudad. Durante los días previos a la presentación de la obra, me preocupé de prepararla especialmente, ahondando en el libreto y la composición, y escuchando varias versiones, de modo que creo que puedo afirmar (con la autoridad que le cabe a un aficionado que de voces no sabe lo que otros, y que solo juzga por lo que escucha) que la Lucía de Sonia Rodríguez es digna de los mejores escenarios actuales. El público penquista que es tradicionalmente generoso, siempre aplaude, nunca abuchea, pero que es a la vez parco, y nunca se prodiga en exceso en braveos, esta vez estalló en aplausos, braveos y hasta zapateos en el piso se escucharon luego de la "escena de la locura", lo que da cuenta de la excelente recepción que tuvo la soprano: Como se dice: echó abajo el teatro.
Detacados también Luis Olivares como Edgardo, tenor de voz potente, buena proyección y agudos brillantes. Tal vez un poquito tieso en lo teatral, pero es algo que se le perdona a la vista de su entrega vocal. Christian Senn como Enrico, que ya había tenido destacada actuación en la escena local como Fígaro en "Il Barbiere" del 2006.
Buen desempeño también el de Pedro Espinoza como Arturo y Carola Hormazábal como Alisa.
Lo más debil del elenco: El tenor que interpretaba a Normanno, con una voz bonita y buena línea de canto, pero que se perdía en el escenario, y el bajo-baritono que interpretaba a Raimundo, que lucía una voz de cierta nasalidad.
Sin embargo, lo débil fué lo menos, y no alcanza a empañar el magnífico conjunto.
Lo dicho, un espectáculo de primer nivel la ópera de la temporada en el Teatro Concepción...
