Estuve el otro día en la segunda función y la sensación final era de cierta decepción, que comparto. “Los Pescadores de Perlas” es una ópera difícil de montar y no siempre basta con tener a la estrella de turno, más aún si la estrella de turno no está seguro de lo que se trae entre manos. Y es una obra difícil porque, al igual que ocurre por ejemplo con “Sonnambula”, es de ese tipo de óperas que están siempre al borde del abismo (vocal, musical y dramático) y si no se cree en ella con sinceridad y con todas las consecuencias, a la mínima empiezan a saltar las costuras. En Las Palmas se notó que ni el director escénico ni el musical creen mucho en la obra.
Yves Abel, que dirigía la cuestión musical, obvió el refinamiento orquestal, el perfume exótico y la atmósfera sonora tan particular que tiene esta obra, y optó por el trazo grueso, el “chunda-chunda” y el estruendo contínuo, y una atención a los divos que rozó el servilismo. La guinda la puso unos tempi, en general fúnebres, que provocaron en más de una ocasión el bostezo. Tampoco ayudó mucho la producción, basada en un movimiento escénico y una gestualidad absolutamente rancios, más propicios a la carcajada que a la tensión dramática. Voy a decir una herejía, pero esta ópera, dadas las evidentes connotaciones (y combinaciones) sexuales del trío protagonista, se podría prestar bastante bien a una visión escénica “desestabilizadora”, al estilo de ésas que ponen tan cachondo al sector más “guay” de los aficionados operísticos

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En contra de lo previsto, la estrella de la noche, Juan Diego Flórez, no pudo ser el paladín de la función. Para empezar, decir que yo creo que “Los Pescadores de Perlas” es una ópera para barítono y no para tenor. El héroe de la función, a poco que se lo curre, debe ser el barítono. Si exceptuamos la mítica aria, el tenor sólo tiene un par de dúos y un terceto muy breve; el resto lo canta en medio de la algarabía general. Poca chica para el lucimiento de una estrella. Yo creo que ha sido más la leyenda que la realidad la que ha hecho de “Pescadores de Perlas” una ópera para tenor-estrella. Dicho esto, añadir que Flórez estuvo bien, incluso muy bien (dúo con la soprano), en los aledaños del papel, pero falló en lo principal: en el aria que todo el mundo estaba esperando. Como suele ser habitual cuando Flórez sabe que no las tiene todas consigo, se le vio “temeroso de Dios”, agarrotado, tenso, sin disfrutar del canto. El recogimiento, la ensoñación o el embeleso del momento brillaron por su ausencia; por falta de concentración y porque no respetó ni una sola de las indicaciones dinámicas que pide Bizet. Y en las notas agudas hubo de todo: el primer Sí natural se le quedó atrás, el segundo estuvo en su sitio, y el Do del final (que no está escrito) costó que se colocara, pero tras algunos titubeos acabó por asentarse. El público se quedó frío y tardó en reaccionar, pero finalmente se montó el previsible jolgorio, aunque sin desmelenamientos. Yo le recomendaría a Flórez algo fundamental cuando se sube a un escenario: que aprenda a disimular. No puede hacer tan evidentes sus inseguridades, porque las transmite al público y a sus incondicionales, y corta de cuajo la comunicación entre el escenario y el espectador.
Decía antes que, a poco que se lo curre, el héroe de la función es el barítono, y así ocurrió esta vez: Vassily Ladiuk fue el triunfador de la noche. Es un cantante interesante, con una emisión bastante sana y desenvuelta, cosa rara hoy en día, y que sabe regodearse en la faena con gusto y con intención. La voz es muy ligera, de muy poco peso y envergadura, y en algunos momentos de la obra resulta escasa para reflejar la contundencia y el poder del personaje. Por arriba va muy fácil (en la escena de la maldición se fue al La optativo, y al final del dúo con Leyla se arriesgó con el Sí bemol, aprovechando el fragor orquestal), pero en las alturas la voz clarea muchísimo, lo cual me dejó la duda de si se trata de un tenor camuflado de barítono. Y estoy por asegurar que sí

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Finalmente, Patrizia Ciofi cantó Leyla con su buen gusto habitual, pero también con sus defectos ya conocidos, que además el paso del tiempo no hacen sino aumentar. La voz empieza ya a sonar dura (por arriba, durísima), y los sonidos siguen saliendo con aire, sin redondez y sin plenitud, y perturbados por las rozaduras y las veladuras habituales. Felipe Bou, como Nourabad, ladró a sus anchas.
Un último apunte: la versión elegida ha sido la tradicional, llena de chapuzas y recortes, y con música añadida que no es de Bizet. Como no creo que el señor Flórez se vaya a estudiar dos versiones de la misma obra en cuestión de meses, me temo que será la que veamos el año que viene en Madrid. Una pena que nos agarremos a la tradición para lo malo y no para lo bueno

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