El pasado domingo asistí a una función bastante relevante de
Tristan und Isolde en la Staatsoper de Hamburgo. Relevante porque contaba con una de las grandes batutas de la actulidad, la de
Kent Nagano (actualmente
Generalmusikdirektor de la ciudad hanseática, tras haber dejado el mismo puesto en Múnich), se reponía una producción tildada de "legendaria" por toda la prensa local, la de
Ruth Berghaus (¡de 1988!), y
Ricarda Merbeth cantaba su primera Isolda. La función fue de altísimo nivel.
El montaje de la Berghaus (una de las figuras más destacadas del teatro alemán de la segunda mitad del S. XX) convierte a
Tristán en una especie de viaje cósmico, en sentido literal

. El preludio está presidido por este telón (delante del cual también termina el
Liebstod una cinco horas mas tarde):

En el primer acto sí estamos en lo que pudiera ser la cubierta de un barco (con tumbonas y todo):

En el segundo (en mi opinión, el más logrado), el decorado está presidido por unas aspas que bien podrían ser parte del sistema de propulsión de una nave espacial; a través de ellas se ve el cielo estrellado--con un efecto muy poético, francamente bello, y los cantantes en ocasiones se colocan sobre ellas cuando se mueven.

En el tercero, Kareol es el destino de ese viaje: la nave se ha estrellado en algún planetoide, pero también se ha conseguido una especie de "comunión cósmica".

Los decorados de
Hans-Dieter Schaal, así como toda la producción en general, aparecen frescos a pesar de su casi 30 años de edad (y también del hecho de ue la Berghaus falleció en 1996).
Nagano demostró por qué es considerado una de las grades batutas de nuestros tiempos: cada detalle de esta maravillosa música salió a relucir, pero no de una manera "didáctica" o "pedante", sino con un sentido del fraseo y de las dinámicas admirable, y arropando a los cantantes con mucho mimo. Un
Tristán "dulce", al que quizás se le pueda reprochar en algún momento algo más de empuje dramático. Pero bello, muy bello.
El anunciado Stephen Gould como Tristán se indispuso tras el ensayo general, y los sustituyó
Ian Storey (quien, según el director del teatro, voló la tarde anterior de Inglaterra a Hamburgo, y estuvo toda la mañana del domingo ensayando esta complicada producción). Si fuese sólo por ello, ya habría que agradecerle el haber salvado la función, pero además, tras estar algo tímido e inexpresivo en los dos primeros actos, estuvo soberbio en el tercero. La voz plena, mostrando todo el dolor del personaje.
Lioba Braun como Brangäne no me convenció mucho, sonando matronil y con un timbre poco grato. Excelente el Kurwenal de
Werner von Mechelen, y correcto sin más--por falta de la gravitas que requiere el papel, el Marke de
Wilhelm Schwinghammer.
Y llegamos a la debutante
Ricarda Merbeth. Ya la había disfrutado como Ariadna en París hace unos 5 años o así, y también fue una estimable Chrysothemis en la
Elektra que dirigió Bychkov en el Real hace un par de temporadas. Pero la Senta de altos vuelos que nos brindó en concierto bajo Afkham en el Auditorio Nacional en enero ya indicaba que podía ser una Isolda interesante. Y lo es, pues tiene el volumen y el carácter para el papel. El agudo estuvo bien colocado en todo momento, pero en el registro medio había en ocasiones un vibrato algo molesto. También debe trabajar todavía los matices que ofrece el papel, pero el material está ahí, y creo que tiene el potencial de convertirse en una Isolda importante en unos años. El
Liebestod estuvo emocionante, en cualquier caso.
Calurosos aplausos para todos, merecidos en mi opinión, pues en conjunto este resultó ser un
Tristán tan importante como esperaba.