MarttiT escribió:
El pasado jueves 24 de septiembre se celebró en el Euskalduna de Bilbao una función de El caserío, de Jesús Guridi con motivo del centenario de la zarzuela. La función estaba organizada por la Masa Coral El Ensanche, de Bilbao, que suele programar un par de títulos al año, siempre los mismos, y con cantantes de casa. Para esta ocasión se apostó por Juan Jesús Rodríguez como reclamo para una función que se pretendía especial. De hecho, descendientes de Jesús Guridi y Fernández Shaw estaban entre el público en puestos de honor y fueron mencionados por la megafonía y saludados por el público. El Euskalduna puso el Todo vendido y todo parecía ir sobre ruedas... hasta que empezó la función.
El problema es que las voces habladas no se oían. No es que se oyeran mal, es que no se oían. La parte del público situada en la segunda mitad del Eukalduna comenzó a protestar de forma enérgica hasta que se montó tal pitote que tuvo que interrumpirse la misma. Finalmente, tras la mediación de distintas personas, se decidió hacer solo los números musicales, lo que provocó cierta descoordinación y desasosiego. Ver a la batuta darlas órdenes para que salieran los implicados en cada número era bastante triste.
En prensa se anunció que la segunda función, la del sábado 26, se haría de la misma manera, es decir, sin los diálogos aunque en el último momento se hizo tal y como estaba previsto. Desde ese momento se ha abierto en las redes sociales una triste polémica entre Juan Jesús Rodríguez y la Masa Coral El Ensanche que hace intuir posturas muy distantes. El barítono onubense apunta en su perfil de Facebook lo siguiente:
CRÓNICA DEL CENTENARIO DE EL CASERÍO EN BILBAO
En mayo de 2025, la presidenta de la Coral del Ensanche contactó conmigo para ofrecerme el papel de Tío Santi en el centenario de]El Caserío, de Guridi en el Euskalduna. Me habló de un homenaje a la altura del autor y de una coral que cumple 123 años haciendo zarzuela. Acepté. Me movió la empatía con la obra, con Guridi y con una agrupación veterana e ilusionada.
Fui muy claro desde el principio: no podía generar un agravio comparativo de caché con otros teatros. Pregunté además por el barítono habitual de la coral; no entendía por qué no contaban con él. Llegué a proponer repartirnos las funciones. La junta, sin embargo, insistió en que las hiciera yo. Supongo que por trayectoria y por dar empaque al evento para llenar el Euskalduna dos días, como así ocurrió.
En agosto aparece un artículo en prensa que remarca que el escenógrafo es un pintor de proyección internacional que lo hace sin cobrar, y que Juan Jesús Rodríguez ha requerido un desembolso importante. Ante el silencio de la junta directiva de la coral , comunico que no me apetece colaborar si se deja entrever algo feo que desvirtúa mi verdadero espíritu de colaboración. Hay una rectificación y decido seguir apoyando el evento.
Llegan los ensayos en Bilbao. A pesar de los pocos medios y de que hay actores no profesionales que compaginan su trabajo con su participación, me entrego al 100%. Todo fluye gracias a la ilusión y a la buena voluntad. Me vuelco en todo lo que la junta directiva de la coral del ensanche me pide para promocionar el proyecto.
Y llega el único ensayo en el Euskalduna, la víspera del estreno. Sorpresa: todo va amplificado. Voces cantadas y habladas. Nadie me había avisado, ni esa semana en Bilbao ni antes. Exijo que se respete el canto lírico sin amplificación. Se acepta.
Estreno. Falla el sonido de los diálogos amplificados, aún no está claro por qué. Una parte del público estalla y grita que no se entiende nada, impidiendo continuar a la soprano y a uno de los cómicos. Se echa el telón. Salgo a escena para apoyar a la presidenta, que estaba muy afectada, y doy la cara. Pido disculpas al público y comunico que continuamos la función sin diálogos. Parte del público abandona la sala; la mayoría se queda. A partir de ahí, sin textos, los números musicales se atropellan sin respiro. Tengo que levantar a Tío Santi, rol durísimo, exhausto y después de un trago muy amargo.
Al día siguiente, jornada de descanso, la presidenta de la coral del ensanche me pide que la acompañe a una reunión con la gerencia del Euskalduna junto a la directora de escena y la vicepresidenta. Me dice que se baraja cancelar la segunda función. Acudo para apoyarlas, porque se juegan mucho. En los días anteriores también estuve en la radio porque me pidieron ayuda. La reunión discurre con normalidad y se acuerda por unanimidad: la segunda función se hará en versión musical, sin diálogos. Así se anuncia en prensa. Esa misma noche, la presidenta me llama: al día siguiente harán una prueba de micros para documentar el fallo de cara a una posible reclamación, no para otra cosa.
Día de la segunda función. 13:30. Me llama la soprano protagonista desde el Euskalduna: el sonido funciona fenomenal, vamos con micros a hacer la función íntegra. Hay que ponerse petaca y ensayar. No doy crédito. La soprano me pone en manos libres con la junta directiva y la directora de escena. Les digo que no me presto. Que necesito comer, descansar y preservar la voz para esa tarde, que el público merece que esté optimizado. Que no pienso arriesgarme a repetir el bochorno del estreno por un problema técnico sin ensayar debidamente y con tiempo. Que se respete lo pactado. Pido que me envíen la información del espectáculo para poder hacerme mi escaleta y dosificarme. Me dicen que de acuerdo. Poco después la soprano me confirma por mensaje que se hará en versión musical. Parece que todo perfecto. No me mandan la escaleta.
Llego al teatro convencido de que cantaré la romanza casi al principio por el corte de diálogos. Bajo a escena y me encuentro la realidad: todos, salvo el tenor y yo, llevan micrófono de diadema. Han montado la función íntegra (excepto parte de los diálogos donde aparecemos tenor y barítono) con diálogos amplificados en contra de lo acordado y ocultándolo. Me quedo helado. No sé cuándo entro, si tengo texto, si saltamos a música. Me veo obligado a hacer un protagonista de esta envergadura sin pisar el camerino, clavado entre cajas al lado de la regidora preguntando a cada momento cuándo canto. Decidieron, por encima de lo consensuado, hacer su espectáculo sin tenerme en cuenta y sin avisarme, más bien ocultándome la verdad.
Esa es la correspondencia a mi entrega personal y a la figura artística que represento por parte de la junta directiva de la coral del ensanche, la directora de escena y algunos “colegas” que se beneficiaron de mi entrega, no solo artística sino personal: hablar con la prensa, hablar con un público enfurecido en el estreno antes de cantar mi romanza, reunirme con la gerencia del Euskalduna, animar a la junta y a los compañeros en todo momento, ofrecer hacer un Caserío gratis para quitarnos la espina del estreno.
Juzguen ustedes mismos.
Gracias, como siempre, al público de Bilbao, que me regaló una ovación inmensa y al que le entregué el cien por cien como merece. Muy ilusionante compartir un rato en el escenario con la hija y nietas de Guridi así como con María, là nieta de Fernández Shaw, que agradecieron mucho mi entrega a pesar de las dificultades técnicas de la función. ¡Viva Guridi, Fernández Shaw y El Caserío.
Otros artistas de esta misma función han suscrito un mensaje de una persona que parece estar vinculada a la organización y que me parece muy duro, contra el barítono:
Parecías vasco, dabas el pego. Pero una txapela y un gerriko no hacen milagros y siempre se acaba viendo de qué pie cojea cada uno. Cuando un vasco da su palabra, vale más que cualquier contrato. Y la lealtad está por encima de todo. La grandeza de las personas se ve cuando no tratan de empequeñecer a los demás. Cuando se reconoce el esfuerzo y el pundonor y se camina con orgullo al lado de David, no de Goliath.
Yo le tengo mucho cariño y mucho respeto a Juan Jesús Rodríguez, pero creo que aquí se ha pasado de frenada.
Hay que entender que en Bilbao programar "El caserío", a los 100 años de su estreno, es algo emocional que va mucho más allá de la música.
Para la Masa Coral "El ensanche" es algo similar a la pasión con que los alumnos de un instituto organizan su función de fin de curso. ¡Vendrán a verlo los padres, los abuelos, las novias y los novios! ¡Tiene que salir bien sí o sí!
Y aquí llega el bueno de J.J. Rodríguez y se equivoca. Piensa que está en la Scala, que está en el Liceu, se niega a cantar con petaca, con micrófono de diadema, y la cosa termina fatal.
En estos casos, el modelo a seguir no puede ser el tenor pijo tipo Alfredo Kraus, siempre relamido y altanero. Hay que darle gusto al público, cantar con petaca, si hace falta se canta con un megáfono de mano, como los que se usan en las manifestaciones, para que las notas lleguen hasta el fondo del Euskalduna!
Saludos