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Asistí a la última función de Aida, la del día 15.
Después de haber visto algunas imágenes, fui con bastante temor, y lo cierto es que la puesta en escena no me decepcionó. No hay Egipto pero no se desfigura el libreto y se sigue bien la acción. En el apartado escénico, lo que me pareció más flojo fue la escena del Nilo. Las proyecciones no me desagradaron, otra cosa fueron los paseos de los figurantes en la boca del escenario a telón bajado entre Actos y Cuadros. No sé si era para rellenar el tiempo necesario para hacer cambios de decorado o si se trataba de un añadido superflúo y tedioso. El decorado gira y con ello cambia de forma y se modifica, pero desconozco si es necesario realizar movimientos más complejos que necesitan tiempo.
Anna Pirozzi, soprano (Aida). Estuvo muy bien, salvo la leve estridencia del sobreagudo y la escasa capacidad para apianar. Detalles de poca importancia, ya que su prestación fue muy buena. Ksenia Dudnikova, mezzo (Amneris) Voz con volumen, con graves y con agudos. Una cantante muy completa capaz de afrontar los roles más exigentes de su cuerda. (De cerca -la vi en camerinos-, sus rasgos felinos me recordaron a Elina Garança). Piotr Beczala, tenor (Radamés). Probablemente el mejor tenor lírico de la actualidad. Excelente. Había oído que, siguiendo las indicaciones de la partitura, en funciones anteriores había culminado "Celeste Aida" en pianísimo, que en realidad era un falsete. En esta función finalizó en mezzo-forte, como se suele hacer habitualmente, dada la dificultad de atacar ese Sib en pianísimo. Amartuvshin Enkhbat, barítono (Amonasro). Voz con cuerpo y volumen, muy adecuada para los personajes verdianos de su cuerda. Giorgi Manoshvili, bajo (Ramfis). Un joven con voz de auténtico bajo, voz bien colocada y perfectamente emitida, sin el timbre oscuro y gutural de muchas voces eslavas. George Andguladze, bajo (El rey). Un bajo de voz cavernosa, lo que le resta proyección y belleza. Desde mi localidad en el centro de Piso 4 le escuché perfectamente, pero el contraste con la voz diáfana de Ramfis era enorme. Ambos son georgianos y ambos son bajos, pero entre sus voces hay un abismo.
Moisés Marín, tenor (Mensajero) cumplidor como siempre, no en vano es un comprimario que canta todas las temporadas en todos los teatros. Carmen Buendía, soprano (Sacerdotisa) otro rol de comprimario servido de forma satisfactoria.
El rendimiento del coro fue estupendo, (La sección masculina cantando unos pianísimos increibles). La orquesta sonó como nunca antes la había oído, atenta, compenetrada, con pianísimos prodigiosos y con una afinación en los momentos más comprometidos que jamás hubiera imaginado en los violines del Liceu. Al salir, varias personas comentamos que, además de música, había habido magia.
Al frente de todo lo descrito estuvo el debutante Josep Gil, que fue el artífice de la perfecta comunión entre foso y escena.
Fue una de esas tardes en que se sale de la representación feliz y motivado para volver pronto.
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