
Creo que no había oído nunca este disco y la verdad es que me ha gustado muchísimo. El centro de todo es la dirección de orquesta de James Levine.
Desconozco la cantidad de veces que pudo haber dirigido este hombre el Don Carlo pero es muy evidente el rodaje en las tablas porque es un disco que respira teatro y sabiduría de todo el aparataje escénico. Realmente es un disco muy MET, en el sentido de llevar al estudio toda la electricidad de la era Levine, que por evidentes razones fue sujeto de una brutal damnatio memoriae y de esa doblez WASP del circulen circulen que aquí no ha pasado nada y cuyo legado hoy está un poco disminuido, pero de quien no podemos negar que fue un grandísimo director de teatro lírico. Con sus pasotes de volumen, de brillo o de chocarrerismo, sí, pero qué forma de contar historias.
Los cantantes siguen al pope como corderitos ya que, al fin y al cabo, casi todos eran hijos artísticos suyos. Las señoras están muuuuy bien porque tanto la Millo como la Zajick, que tenían esa cosa de fingirse pulcras y modestas, como las currutacas de Granados, aún sabiéndose privilegiadas por unos instrumentos extraordinarios y siendo plenamente conscientes de estar coronadas como últimas luminarias de un concepto del canto verdiano que se estaba perdiendo a borbotones. Y la Millo, que no era tonta, aprovecha cada momento que le da la parte para desparramarse a placer con esa voz maravillosa y los trucos habituales de las dinámicas que era capaz de conseguir. Análogo discurso para la Zajick que era menos suavona y más guerrera. Sobre los hombres, caben opiniones más diferentes. Furlanetto está muy bien igualmente, tanto de voz como a la hora de crear un Felipe II doliente y cansado. Yo no sé qué estaría comiendo el hombre por esta época porque un poco antes y después de la grabación de este disco grabó el Cardenal de
La Juive para Antonio de Almeida con Carreras y demás y está igualmente espléndido, hace aqui uno de esos discos para recordar una carrera. Muy bien Chernov igualmente en un papel que por medios y por temperamento le iba mucho ya que le permitía lucir voz y canto ligado, aspecto en el que, fuera máscaras, estaba muy bien. El tenor Sylvester era un habitual del MET y mal no canta. Es anodino y planito, se deja guiar muy bien por Levine pero no es un dechado de expresividad. Sale Ramey como un improbable pero bien dicho Inquisidor y el lujo de Plishka, que había sido un Felipe II de todo respeto, en el Frate. Aparece por ahí la Battle como una voz del cielo tan petulante y ácida que uno más bien preferiría permanecer en el purgatorio.