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| Florezido |
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Registrado: 26 Mar 2004 16:50 Mensajes: 5436 Ubicación: Numero quindici, a mano manca.
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Dos críticas, de diferentes estilos.
Crítica de Cosme Marina en LNE
http://www.lne.es/secciones/noticia.jsp?pIdNoticia=248860&pIdSeccion=46&pNumEjemplar=790
Se esperaba que el estreno de «El barbero de Sevilla» de Rossini en la nueva producción de Emilio Sagi despertase al apático público del madrileño teatro Real de su habitual dejadez, y lo hizo hasta límites asombrosos. La velada del estreno transcurrió con pasión inusual, encendidos aplausos, algún que otro grito, profusión de bravos y también de abucheos en la zona alta del teatro.
Es este «Barbero», una de las producciones estrella del teatro, sin duda se convertirá con el paso del tiempo en una de sus señas de identidad porque, por encima de todo, no deja a nadie indiferente. Es un espectáculo de madurez y se percibe en el extremo cuidado por el que se mueve la globalidad de la propuesta escénica. Sagi reinventa la obra desde el respeto a la misma y sin moverla cronológicamente, aunque esa Sevilla abstracta tenga un fuerte componente onírico y melancólico ya en el hermoso arranque de la obertura, en el que los rossinianos figurinistas construyen literalmente la calle sevillana con luna al fondo. La trama, la comedia, se concibe de principio a fin como una gran coreografía: bailan los solistas, los figurantes, el coro y hasta los decorados. El perfume sevillano lo envuelve todo y la concepción peculiar de cada escena no rompe la unidad. Es, en este sentido, un discurso narrativo ejemplar lleno de detalles que ayudan y potencian la acción. Sorprende cómo todo se articula con un blanco y negro riguroso del que Rosina busca huir consiguiéndolo al final en la «locura organizada» con la que Sagi expresa tan bien a Rossini y que en este caso incluye globo aerostático para los enamorados.
El acierto del montaje tiene, asimismo, puntos fuertes en la ligera escenografía de Llorenç Corbella, la precisa iluminación de Eduardo Bravo y los imaginativos figurines de Renata Schussheim. Con estos ingredientes y un reparto estelar volcado con la propuesta, ese Rossini fastuoso, divertido, febril y fértil en ideas que tanto apasiona al director de escena ovetense brilló con luz propia en la línea medular dramática y en las escenas paralelas, como el inventado saqueo al sótano del final del primer acto con una doble acción de línea surrealista e impronta felliniana que tan bien funcionará, además, en la retransmisión internacional que se realizará por televisión de la obra.
Al frente de la Sinfónica de Madrid -orquesta titular del teatro- se situó uno de los grandes expertos musicales en Rossini, Gianluigi Gelmetti. Más de tres décadas de trabajo sobre el compositor de Pesaro le dan legitimidad más que suficiente para plantear una visión de la obra heterodoxa, ajena a lo convencional, con una articulación seca y dura, sin concesiones y un ritmo quizá demasiado lento, en el que sólo faltó mayor espontaneidad en las escenas más cómodas. Es la suya una versión intelectualizada que parte del público no compartió y para él fueron los más rotundos abucheos, protestas que, en menor grado, y apagadas por furibundos bravos y ovaciones, también cosechó la propuesta escénica. Además se incluyen arias inhabituales del tenor y la soprano, lo cual es un aliciente extra que aprovechan con fruición María Bayo y Juan Diego Flórez.
Y es que el reparto de este «Barbero» se sale. María Bayo reivindica una Rosina que tiene su mayor brillo en los pasajes ligeros, aunque sin renunciar a su garra vocal en una carnosa interpretación de «Una voce poco fa». Su éxito fue justo y compartido por un Juan Diego Flórez que dosificó muy bien para llegar al deslumbrante final en el que ofreció un sensacional «Cessa di piú resistere», alarde de belcanto, de cómo afrontar este repertorio desde la fastuosidad vocal. No extraña que la ovación fuese interminable y que incluso algún espectador solicitase el bis a gritos. Flórez afronta un canto rossiniano de impronta clasicista, un tanto idealizado, y consigue, de este modo, que el fuego dramático vaya llegando de forma pausada, entusiasmando por su perfección.
Funcionó bien el Fígaro de Pietro Spagnoli -obviando el pinchazo en «Largo al factótum»- y le faltó fuerza al Bartolo de Bruno Praticó. Quien sí dejó claro su magisterio fue Rugero Raimondi, impecable personalidad desarrollando su sabiduría en una «Calumnia», rodeado de una nube de seda, emotiva y ardiente. Bien el resto de los intérpretes, con especial mención a la extraordinaria vis cómica de Susana Cordón.
Y de Incitatus en "El confidencial.com" [url]http://www.elconfidencial.com/elcultiberio/indice.asp?fecha_d=15/01/2005&dia_s=undefined&psw=undefined¬icia=1[/url]
Se estrena en el Teatro Real El barbero de Sevilla, de Gioacchino Rossini. Termina la representación a teatro abarrotado. Concluyen los aplausos, tremendos, larguísimos unos, otros no tanto. Cesa el vociferio apasionado de los bravi: unos muy merecidos; otros, ya digo, no tanto. Yo trato de sonreír pero estoy serio, no sé por qué. Aplaudo, claro, cómo no, pero serio. Salgo del patio de butacas. Me voy a por el abrigo. Me enrollo como una momia egipcia en las ocho vueltas de la bufanda blanca que me ha regalado mi mujer, y que más que una bufanda parece la raya continua de la Nacional IV a su paso por Despeñaperros. Me despido muy formalmente de mi querido y muy peligroso Piangente, de don Pantuflo, del InMoral, de todos los buenos amigos que, seguro, no se van a enfadar porque yo ponga aquí los motes que llevan a la espalda desde hace años, lo sepan o no. Salgo al antevestíbulo (Dios, este frío brutal de Madrid, con lo a gusto que estaba yo en mi playa de Fuerteventura) y, de pronto, veo mi cara reflejada en el cristal que me separa del Palacio de Oriente. Estoy serio. Estoy serio, coño. ¿Por qué, después de una ópera tan divertida?
— ¿No te ha gustado, Inci? –me pregunta la cara que hay en el cristal. — No es eso. Sí me ha gustado –respondo, trato de poner otra cara. No me sale. — ¿Entonces?
Me lo pienso un poco antes de contestar.
— Me cabrea que el sinvergüenza de Calixto Bieito vaya a brindar con champán francés en cuanto se entere de cómo ha ido esto, allá en el profundo infierno en el que habitan los terroristas de la escena como él.
Mi imagen desaparece del cristal y yo salgo a la congelada siberia de la Plaza de Oriente. Es que es verdad, caramba. El Real ha echado el resto en este Barbero. Para el personaje de Almaviva/Lindoro han llamado nada menos que a Juan Diego Flórez, ese muchachito peruano de voz absolutamente milagrosa (uno de los mejores tenores ligeros, o di grazia, que hay ahora mismo en el mundo), que cantó muy bien; algo reservón, piante, diríase que acojonaduco al principio, pero espléndido de voz y de vis cómica en toda la segunda mitad. Inmensos aplausos. Yo esperaba más pero aplaudí. Serio.
María Bayo hizo una Rosina celestial. Repito esto: celestial. Muy pocas como ella. Yo me acordaba, claro, de Berganza. Por ahí le andaba. Qué seguridad en la voz, qué matices, qué dominio en todos los registros (y la Rosina es una carrera de obstáculos en eso, tiene una tesitura que parece escrita por un sádico) y, esto sobre todo, qué sentido del humor, qué creación del personaje. La gente le aplaudió menos de lo justo. La Bayo cae mal en Madrid. Estas cosas pasan. El público del Real sabe o cree saber, porque lo ha leído, que es una persona insoportable. No tanto como la Georghiu, pero insoportable, caprichosa, maniática, intemperante, despótica. La gente del Real, las travieteras de los estrenos, aplauden más lo que leen por ahí que lo que oyen en el teatro. En fin. Eso sólo se cura con años, con generaciones. Yo sí la aplaudí mucho. Serio.
Ruggero Raimondi hizo un Don Basilio de antología. Eso sí que me admiró. Yo siempre pensé que el viejo maestro, que ya va teniendo serios problemas en la zona grave de la voz, estaba mucho más cómodo en los papeles nobles: el Scarpia que bordó hace nada en la Tosca de Nuria Espert, el Conde de Luna de Il Trovatore, el Escamillo de la Carmen de Bizet, en el que más que un torero parece –como siempre– el Gran Duque de Luxemburgo. Raimondi, de no haber sido barítono, sin la menor duda hubiese sido Dogo de Venecia o cardenal camarlengo, no hay más que echarle la vista encima. Por eso verlo aquí, haciendo un papel risible, de bobo malévolo y burlado –y a su edad–, tenía un extraordinario interés. Pues lo consiguió. Ya está empíricamente demostrado que en el papel de Don Basilio hay vida inteligente después de Paolo Montarsolo. Chapeau, maestro.
Ver a Raimondi en la desternillante escena del diálogo con el falso cura (“Basta, basta! Non m´incomodi!”) es impagable. El único problema es que este hombre se come la escena, que su tremenda personalidad teatral lo llena todo, que no deja sitio para nadie más... ¿Y eso es un problema? ¡Eso es una maravilla de cantante! El (o la) que no pueda con Raimondi, pues a sacar piedras del río cantando Antes muerta que tomármelo en serio...
Los demás, muy bien. Todos. Pietro Spagnoli hace un Figaro muy divertido, muy natural y muy agradable de ver. De oír, pues a veces no tanto. Bruno Praticò se llevó una ovación cerrada cual descarga de fusilería: su interpretación del “maestro de música” de Rosina, el tarambana de Don Bartolo, es memorable. Y yo, mecachis, serio...
Pero... ¿por qué? ¿La orquesta estuvo mal? No. Estuvo muy bien hasta donde se le puede pedir a esa orquesta de funcionarios. ¿El director? Espléndido. No sólo supo llevarse bien, y aun arrancar muy admirable y trabajada música de esa orquesta de funcionarios (contradictio in terminis, que hubiera dicho mi profesor de Latín, Perfecto Reguera), sino que se permitió acompañar él mismo, tocando la guitarra, un aria del tenor. Maravilloso.
La escena fue. La escena. El viejo Gianluigi Gelmetti, que ha hecho El Barbero cien mil veces, se dejó ganar por el miedo escénico. Otra explicación no tiene semejante tontería. Ambientó la ópera en Sevilla, como está escrito (¡qué horror! ¡Qué anacronismo, qué vulgaridad, qué antigualla! ¡Ambientar El barbero de Sevilla en Sevilla, y no en la Alemania nazi, en una hamburguesería de Wisconsin o en una estación de metro rusa de los años veinte, como sería lo lógico!), pero en una Sevilla que parecía un hospital. Geométrica, euclídica, blanca. En aquella escena aséptica, el canto de Figaro (“Bravo al factotum della città”) sonaba como si dijera “Guarden silencio, estamos operando”.
No se atrevió Gelmetti a construir una Sevilla no ya real sino sugerente. Se quedó en un voy pero no voy, en un sé pero no me atrevo, en un fino La Ina con sifón. Jolines, qué miedo a no ser moderno. Hizo el ridículo cuando lo intentó: aquellos barquilleros como enfermeros que llevaban a la espalda, en vez del bote de los barquillos, la Giralda. O cuando salen, inexplicables, los danzantes arlequines. O cuando Rosina y Almaviva abandonan la escena ¡en globo!... Pero... ¿por qué en globo, con lo bien que iba todo, o casi? ¿Era necesaria esta horterada del globo? ¿Absolutamente necesaria? Pero ¿cómo no voy a salir serio del teatro, coño, Gelmetti, cómo no voy a salir serio? La gente que de verdad sabéis escena, que lleváis décadas demostrando cómo se hace una ópera... ¿vais a empezar a hacer el gilipollas, como Bieito, para que no os digan que no sois modernos?
Evidentemente el Sr. Incitatus de serio que se quedó, confunde determinadas "cosillas sin importancia".
_________________ ...la scena a' miei tempi era altra cosa.
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