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Eleonora Buratto…………… Cio-Cio-San Teresa Iervolino……………..Suzuki Jonathan Tetelman………….Benjamin Franklin Pinkerton Tassis Christoyannis………..Sharpless Didier Pieri …………………….Goro Lilia Istratii……………………..Kate Pinkerton, La Cugina Aksel Daveyan………………...Yamadori Giorgi Chelidze………………..Zio Bonzo
Director de orquesta…….......Kiril Petrenko Coro de la Radio de Berlín Berliner Philarmoniker
(versión de concierto semiescenificada)
En su casi único evento anual de dirigir una ópera en la Philharmonie, le ha tocado esta vez a una de las óperas más conocidas del repertorio italiano, y de la que viene de hacer unas cuantas funciones previas en el Festival de Baden-Baden con el mismo reparto. Excepcionalmente este año ha dirigido además un Rosenkavalier en La Scala y y una Francesca da Rimini en Berlín.
Utiilizo la palabra evento, porque cada una de las óperas que dirige Kiril Petrenko lo es. Lo que consigue este hombre con la partitura hace que casi parezca que es la primera vez que la escuchas. Nunca la excelente orquestación de Madame Butterfly sonó a mis oídos con esta riqueza melódica, esta variedad en el fraseo ( hubo un momento en que, sin salirnos de Puccini, parecía que escuchásemos el inicio de una melodía straussiana), este asombroso balance entre los grupos y el equilibrio perfecto de la sonoridad orquestal en su interactuación con las voces. Por ejemplo, en el momento en el que Butterfly canta aquello de “gioia, gioia mi chiamerò”, le pareció q el volumen de la orquesta era demasiado, y sin quitar el ojo a Buratto, les hizo señal de bajar con un doble golpe de mano; como no le pareció suficiente, apartó en una fracción de segundo la vista de la cantante para mirar fijamente a la orquesta con cara casi de cabreo, primera vez que le veo esta expresión, y repitió el doble golpe de mano más enérgicamente. Todo esto, que sucedió en la quinta parte de tiempo de lo que que he tardado en contarlo, ilustra el oído maravilloso y el control absoluto que ejerce sobre el sonido. Y es además un director que jamás se desntiende de los cantantes, los lleva a donde quiere, pero además les permite una flexibilidad en la interpretación que se puede ver en la comodidad y complicidad continua que éstos mantienen con él.
De cada frase de la orquesta hace una creación propia.. Cuando el cónsul canta “Sarebbe gran peccato le lievi ali a strappar”, iniciando un pequeño dueto con Sharpless, la orquesta despliega una larga frase en la que resulta completamente imposible atender a los cantantes, tal es la belleza del juego dinámico y el rubato mágico que le imprime el director y exhiben los músicos en el desarrollo de la misma. Esto sucede en innumerables momentos a lo largo de la ópera, donde la orquesta se hace protagonista absoluta. Así, la tensión creciente que consiguió en la escena del zio Bonzo; el momento en que el cónsul insinúa a Butterfly que quizás Pinkerrin no vuelva, el golpe seco y masivo que se escucha es ejecutado por el tutti orquestal con perfección de otro mundo. A continuación sigue un largo silencio q lleva la tensión dramática al máximo. El momento casi camerístico que precede al America America de Pinkerton que sonó a media voz, casi licuado, en un modo que muy pocas orquestas podrían imitar. El interludio que inicia el final de la ópera fue de una riqueza tímbrica inigualable, en donde fijándote bien, podías casi individualizar cada instrumento, tal es la transparencia y precisión de la orquesta; la casi imposible ligadura del final del coro a boca chiusa con la cuerda que sigue a continuación. En fin, una fiesta interminable de colores y sonidos que parecen infinitos en la paleta de Petrenko.
Prodigiosa la interpretación de Eleonora Buratto; está en ese momento preciso en el que un cantante es completamente dueño de sus medios y hace con ellos exactamente lo que quiere. El timbre es mórbido y pleno en todo el arco sonoro, con un notable registro grave, perfectamente guarnecido y apoyado, un bellísimo centro y unos agudos esmaltados y dúctiles, que únicamente presentan, y de modo ocasional, una leve tensión cuando tiene que emitirlos en forte, cosa que ya le había notado en una Suor Angelica de hace un par de años o tres. Así, cantó un “Bel di” lleno de matices y colores absolutamente modélico, pero los dos agudos finales quedaron muy ligeramente desentonados hacia arriba, y ni su sonrisa , ni la de Petrenko , ni el aplauso del público fueron tan libres y espontáneos como hubiese merecido. Otra pequeña cosa que noté, es que de vez en cuando la claridad del texto se oscurece para que la emisión no pierda un átomo de belleza, pero….¿qué gran cantante no ha hecho eso alguna vez?.
Minucias que no deslucieron en lo más mínimo una Interpretación de la que, al menos yo, tengo que remontarme a las grabaciones de Freni para escuchar algo parecido. Para mi, su momento cumbre fue “Tu, tu, piccolo iddio”, todo dramatismo, todo bajo control y todo con una belleza tímbrica deslumbrante. Para mi gusto personal, es la soprano con el timbre más bello que está en estos momentos en activo
La expresividad del canto se traduce escénicamente en una extensa variedad gestual en la que va pasando de la ingenuidad y felicidad iniciales al trágico momento final con una gran variedad gestual, en la que la sonrisa y alegría perennes del primer acto van gradándose hacia la tristeza, incredulidad y dramatismo del final en perfecta y estudiada actuación.
La voz de John Tetelman no es bonita, e incluso hay algunos momentos en los que adolece de un cierto acartonamiento, lo que resta algo de naturalidad al canto. Pero su apasionamiento, una dicción cuidada al máximo, y su punto fuerte, un registro agudo de una tersura , afinación y potencia espléndidas , y que tiene usar tanto en esta ópera, le hacen ganar toda la credibilidad. Asimismo tiene un buen dominio de los reguladores y expresa bien. De todo ello junto hizo una demostración casi chulesca en su último “son vile”. Escénicamente, un poco pasado de gestos, diría yo.
A pesar de que no la ayudaban nada vestido y peinado a conformar el personaje, que quedó un poco apagado escénicamenete, me gustó Teresa Iervolino en su gestualidad contenida; especialmente en su dúo con Butterfly, donde tiene que fingir esperanza hacia ella y al mismo tiempo expresar su propia pena. La voz es rica, con un carnoso registro grave, y una muy buena dicción.
Muy expresivos el Goro de Didier Pieri y el Sharpless de Tassis Christovannis, el más veterano del reparto; a destacar su aún muy bonito timbre baritoinal.
Es de agradecer el enorme cuidado con que Petrenko elige a los secundarios, ya que tanto Yamadori como el zio Bonzo exhibieron unos timbres muy bellos en su corta prestación. Incluso el ingrato, y casi ridículo, papel de Kate, fue bien servido.
El único problema de ir a una ópera dirigida por Petrenko,es que se te quitan las ganas de ir a ninguna otra que no dirija él y toque esta orquesta. Menos mal que se te pasa en unos días.
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