|
Príncipe Ivan Jovansky…………. Dmitry Ulyanov Príncipe Andrei Jovansky……… Arnold Rutkowski Prince Vassili Golitsin……………. Dmitry Golovnin Dosiféi…………………………………Taras Shtonda Marfa………………………………… Raehann Bryce-Davis El boyardo Chaklovity……………... Vladislav Sulimsky Emma………………………………… Ekaterina Bakanova Escribano………………………………Michael J. Scott Susanna……………………………… Liene Kinča Kuzka……………………………………Emanuel Tomljenović
Director musical…………………….. Alejo Pérez Director de escena…………………. Calixto Bieito Escenografía………………………….. Rebecca Ringst
Orquesta de la Suisse Romande y coro del Gran Teatro Versión orquestada por Shostakovitch, final de Igor Stravinsky
Nueva producción de esta ópera tan poco representada encomendada a Calixto Bieto, cuya acción se refiere a la lucha por el poder entre diversas facciones en ocasión de la ascensión al trono de Pedro el Grande, al que contendía con su hermanastro. Hay además una serie de lineas paralelas que afectan a la vida privada de los personajes.
Más que la enrevesada trama, lo que a mi me parece notable es ver que la historia de Rusia se atiene a unas constantes que varían poco: una clase dirigente ambiciosa, corrupta e incapaz, contraria a cualquier reforma (aquí representados por los os príncipes Jovansky, padre e hijo, y los boyardos, una especie de nobleza rural (Shaklovitziy y sus Streltsys, una especie de ejército de élite pagado por sus servicios), enfrentados a aquellos más reformistas y pro-occidentales (Golitsin) y el propio Pedro el Grande— que no sale en la ópera—, una continua pulsión imperialista, la influencia conservadora de la Iglesia y la religión (Dosiféi, Marfa, Susana y los viejos creyentes), y cómo no, un pueblo obediente y sumiso sometido a los caprichos de los poderosos (Emma, el escribano y el coro de ciudadanos), que en la mejor de sus formas, adquiere ese aspecto de disciplina que tantos logros en tantos campos ha conseguido para ese país.
La acción no se sitúa en el siglo XVII, sino en una Rusia relativamente actual que comprende desde los años 70 de la antigua URSS hasta un presente más o menos cercano. Todo reflejado en un muro semicircular que hace de fondo de escenario y sobre el que se van proyectando, con tremendo despliegue tecnológico, diversas postales de los logros científicos y artísticos, discursos políticos y revoluciones y guerras que han tenido lugar a lo largo de la historia más reciente. Este muro se descompone a voluntad en paneles-columna que se van desplazando por el escenario creando diversos espacios, que con manejo muy habilidoso de luces y proyecciones, consiguen unos resultados de gran espectacularidad visual, pero a mi entender sin añadir demasiada profundidad dramática al curso de a acción.
Vocalmente están espléndidos los 3 principales masculinos, de lo mejor que las voces rusas ofrecen hoy día, empezando por el boyardo de Dmitry Ulyanov, que en Madrid cantó Filippo en la inauguración de temporada del Real hace 6 años. Es un bajo de voz poderosa, de timbre perfectamente homogéneo desde el grave al agudo, capaz de asombrar con unas regulaciones dinámicas delicadísimas sin perder jamás el control. Yo solo lo había escuchado en concierto con Petrenko, y no sabía que además era tan buen actor. Su interpretación estuvo llena de matices de un Khovanski brutal y sin escrúpulos, siendo a la vez capaz de transmitir momentos de comicidad un tanto animalesca.
Dmitry Golovnim, a quien, aparte de los mismos conciertos con Petrenko, sí pude ver en el Angel de Fuego del año pasado, es un excelente tenor lírico con un timbre no en exceso agradable, aunque claro y luminoso, de buenísimas proyección y volumen, con asimismo una gran expresividad interpretativa.
Vladislav Sulimsky, ya lo he dicho más veces, me parece el mejor barítono que existe en la actualidad. Aparte de la belleza del timbre, su fraseo y expresividad son tremendamente magnéticas, lo mismo que su presencia escénica. Durante su gran escena del monólogo se ve obligado a ponerse unos guantes de fregar, los amarillos de toda la vida, y con una bayeta y un spray de limpieza, agacharse a limpiar una bañera donde posteriormente ahogará al boyardo. Sulimsky puede con todo, y, obligado por Bieito a tan ignominiosa posición, su fraseo lleno de nobleza, el arco perfecto de sus largas frases, y unas dotes actorales a prueba de bomba, consiguieron que el austero público ginebrino, tan poco dado a las interrupciones, le dedicase un gran aplauso después de la escena.
A medio paso por detrás estuvieron el polaco Arnold Rutkowski, tenor de timbre penetrante y canto apasionado, y el veterano bajo ucraniano Taras Shtonda, que dio ofreció una gran interpretación, dueño de una voz si no tan rotunda como la de Ulyanov, sí llena de matices, con un todavía estupendo timbre magníficamente controlado y proyectado.
Muy buenos en sus más cortos pero comprometidos papeles Kuzka y el escribano, especialmente este último, obligado a cantar siempre sentado en silla de oficina en la que tiene que estar casi continuamente rodando por el escenario a toda velocidad.
Marfa, extraño personaje a medio camino entre Kundry y Ulrica, es interpretado por la mezzo americana Raehan Bryce-Davis, de bello timbre carnoso, aunque sin los rotundos graves que cabría esperar del papel y con un vibrato excesivamente presente a partir del mezzoforte. Aún así, muy notable actuación tanto vocal como escénicamente.
Correcta la Emma de Ekaterina Bakanova y sumamente entregada y con una gran voz de notable proyección la Susana de la letona Liene Kinča.
La orquesta de la Suisse Romande y el coro del Gran Teatro son buenísimos, y sonó a gloria bajo la batuta del argentino Alejo Perez. La orquestación de Shostakovitch, mucho más áspera que la de Rimsky, y más cercana a las intenciones de Mussorgsky, es de una riqueza y variedad impactantes. Se escucha folklore y música popular, combinaciones armónicas y melódicas de extraña belleza, en intervalos de cuartas y quintas de poca concesión a la melodía fácil, momentos más líricos como el preludio o el maravilloso coro de la canción del cisne, de grandísimo contraste teatral, puesto que los Streltsyls (el coro de mujeres que se va despojando de su uniforme de Grupo Wagner), lo canta mientras el boyardo ahoga inmisericordemente a Jovansky en la bañera que antes se ha encargado de dejar lustrosa; o la bellísima canción de Marfa en el tercer acto; intervenciones a cappella del coro de seco misticismo, y momentos de espléndido brillo orquestal, como la glorificación del zar por el pueblo en el primer acto.
Todo tocado con una claridad y transparencia que la excelente acústica de este teatro no hizo más que resaltar, que hizo que las tres horas y pico de representación se me hicieran muy cortas.
|