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Funciones del 23.4.25 y 6.5.25
El Emperador……………………..AJ Glueckert La Emperatriz…………………….Daniela Kohler La Nodriza……………………….. Michaela Schuster Barak…………………………………Josef Wagner La Mujer……………………………..Aušriné Stundyté Los Hermanos…………………….Michaei Wilmering, Joe Chalmers, Robert Lewis El Mensajero………………. …….Sam Carl El guardián del templo….….. Daria Brusova La voz del halcón……….…….. Aitana Sanz
Director de orquesta………….Marc Albrecht Dirección de escena…………..Katie Mitchell
Orquesta Filarmónica Neerlandesa Coro de la ópera Neerlandesa Coro infantil “Nieuw Amsterdam”
En mi opinión, el libreto y la música de esta ópera están fuertemente desequilibrados. Para mi es casi el libreto más flojo de cualquier ópera de Strauss, lo que contrasta con la opulencia, riqueza y belleza de la música, con las que pocas óperas pueden competir.
Está claro q los directores de escena no saben qué hacer con ella, y buscan darle una explicación con interpretaciones casi siempre con poco sentido, cuando no al borde del ridículo como la que tuve que soportar el año pasado en el Festival de Baden, perpetrada por Lydia Steier y dirigida — maravillosamente— por Petrenko., y que no hacen más que emborronar aún más el significado de esta indescifrable historia. A mi me parece que la mejor manera de tratarla es como si fuera un cuento fantástico con un aroma ligeramente oriental. O por lo menos, en las producciones que así lo hacen es en las únicas que he conseguido entrar; de las demás, nunca me he creído nada. Fallo mio, seguro; reconozco q es de los pocos libretos a los que mi cabeza se cierra casi por completo. Dejé de sentirme culpable hace mucho, cuando supe que Strauss llamó en alguna ocasión a esta ópera su “hijo problemático”.
En este caso, Keikobad es una especie de jefe de una banda de mafiosos o de matones, y Barak y sus hermanos unos fabricantes y distribuidores de droga. Toda la historia se desarrolla en torno, naturalmente, a la necesidad de que la Emperatriz y la Mujer se queden preñadas para satisfacción de sus maridos y padre. Hay una especie de clínica de fertilidad muy cutre, hay ecografías, y hasta incluso un semental forzoso en el el personaje del Joven soñado por la tintorera. En Baden había una tienda de muñecas, un orfanato dirigido por monjas malísimas, una niña enloquecida y vírgenes procesionales enjoyadas y vestidas como para el carnaval de Rio; aunque Katie Mitchell no haya contribuido en nada a aclararnos el significado de la historia, igual algo hemos mejorado.
Lo primero que llama la atención al entrar en la sala es la enormidad del foso, completamente abierto, y peraltado de tal manera, que los músicos se encuentran apenas a medio metro por debajo del público, y sin ninguna barrera de por medio, así que parece que se va a escuchar más una sinfonía que una ópera. Para dar una idea, yo tenía un asiento de primera fila, y tenía que tener mucho cuidado para no darle en el codo con mi zapato al violinista más cercano a mi (que no era el concertino, ya que éste se encontraba tres lugares más allá).
Por contra, el escenario estaba a no menos de 20 metros (habían quitado algunas filas de butacas para agrandar el foso), y el espacio donde se movían y cantaban los cantantes, era una caja todavía unos 3 ó 4 metros más atrás, y dentro de esta caja, casi siempre lo hacían en la mitad posterior. Es evidente que en estas circunstancias, el esfuerzo que tenían que hacer para ser escuchados era tremendo, y pocas veces quedaba bien resuelto el equilibrio entre voces y orquesta, habida cuenta además que casi todos son más líricos de lo previsto en la partitura.
En la función del día 6, a mitad del segundo acto, empezó a flojear la tensión eléctrica de las lamparillas que iluminaban los atriles de los músicos, lo que dio lugar a un baile de luces que titilaban, se apagaban y se encendían entre chisporroteos blancos y amarillentos. Por unos momentos, y por increíble que nos pareciese, al pequeño grupo de amigos que asistíamos a la representación nos pareció que íbamos a vivir una segunda parte del Gran Apagón. Tras unos segundos que se hicieron larguísimos, en los que los músicos seguían tocando de memoria, y donde se pudo ver algo tan surrealista como los espectadores del lado derecho del teatro iluminando con sus teléfonos móviles las partituras de las violas y violonchelos, Albrecht decidió interrumpir la representación. En los pocos pero interminables minutos de suspense que siguieron, tuvo la genial ocurrencia de volverse al público y soltar la frase: “Übermächte sind im Spiel!” (Hay fuerzas superiores en acción!), con la que precisamente la Amme termina el acto. Carcajada general del público.
El tenor americano A. J. Glueckert y el bajo-barítono austríaco Josef Wagner — que fue Mandryka en la Arabella del TR— ofrecieron la mejor línea de canto. El tenor no pasa ningún apuro con esa tesitura tan imposible, pero quitando algún brillante agudo puntual , fue sepultado por la masa orquestal. Un poco lo mismo para Barak, poseedor del timbre más bello del quinteto, con la diferencia de que su música, también la más lírica que Strauss compuso para él en esta ópera, le concedió algo más de respiro que a su colega.
Daniela Kohler tiene una voz de más intensidad, con un centro algo romo, pero muy timbrada en el registro superior. La tintorera de Aušriné Stundyté fue un poco decepcionante, ya que permanece el recuerdo de su prestación en “El Ángel de Fuego de Madrid”, que fue absolutamente excepcional. Sigue siendo la cantante entregada y generosa de hace un año, pero parece que a la voz le empiezan a pasar factura las Renatas y papeles de este tipo que afronta. Muy reservona y mermada de proyección en el primer acto, echa más decibelios en sus partes más comprometidas, a partir del final del segundo acto.
La conocidísima Amme de Michaela Schuster se beneficia de su gran soltura actoral en un papel que se conoce al dedillo, y si bien su instrumento comienza a dar demasiadas pruebas de desgaste y cierto descontrol, exhibe sonidos contundentes, a veces tanto como para atravesar todo el espacio y hacerte saltar del asiento.
Correctos tirando a bien todos los secundarios y excelente el coro de la ópera.
Y, lo mejor para el final, la cuasi épica dirección de Marc Albrecht. Aunque la Filarmónica Neerlandesa no puede competir en redondez de sonido con los Berliner o el Concertgebouw, es una excelente orquesta, tremendamente versátil y virtuosa, condiciones imprescindibles para interpretar la complejísima partitura. Desde momentos exquisitamente camerísticos como el maravilloso acompañamiento de la cuerda que mece a Barak en su segunda intervención, hasta los tremendos crescendos casi insoportables a los oídos que jalonan la escena donde el Emperador se convierte en piedra y su mujer renuncia a la sombra, con el director pisando el pedal a fondo, y que parecía que se iban a engullir al teatro, Albreccht nos llevó en un viaje increíble hacia la luz del glorioso cuarteto final con gesto muchas veces nervioso, tanto que en un momento casi se cae de su pequeño podio y se mete debajo del atril. Imposible detallar la cantidad de momentos inolvidables; el control y perfección del contrapunto, el choque entre el canto punzante de la tintorera y la dulzura melódica de Barak, las oleadas orquestales que anuncian el final, durante las cuales mejor evitabas mirar la escena para ahorrarte el bajón de ver aparecer a los sicarios de Keikobad con máscaras— muy bien hechas, eso sí — de lobos, cargándose a tiros a la Amme y a los hermanos de Barak, que no se sabe muy bien qué hacían por allí.
La del 6 fue una función emotiva porque el día 3 había fallecido inesperadamente Pierre Audi, director artístico de la Ópera Neerlandesa durante 30 años, hasta 2018. La intendente hizo un pequeño discurso-homenaje y anunció que la próxima temporada se repondrá su “Tristán e Isolda”. Asimismo, Albrecht, director musical de la misma compañía hasta 2020, quiso despedirse aquel año con esta ópera, que fue también con la que inauguró su cargo en 2008, pero el covid se lo impidió y no ha sido hasta ahora cuando ha podido cumplir su deseo.
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