Tras limpiarme los espumarajos de la boca y dejar a un lado la tea que utilizo habitualmente para pegarle fuego al Teatro Real cada vez que la Tosca de turno no pone en su sitio los dos candelabros velando a Scarpia

, me dispongo a continuar el comentario sobre estas representaciones de la
Theodora feminista de Mitchell que inicié el mismo día de la función.
Debo decir que escénicamente, y a pesar de las transgresiones argumentales (especialmente el final) y de la turra ideológica con el mensajito alternativo (que no podía faltar), la propuesta de
Katie Mitchell y su equipo funciona bien, tanto desde el punto de vista estético, como de la progresión dramática. Se ve que ha habido un trabajo importante con los intérpretes, pues hay un argumento de fondo sobre el que incidir desde el punto de vista actoral, por más que no tenga absolutamente nada que ver con lo que pensaron Haendel y su libretista Thomas Morell, y aunque lo que estamos viendo tampoco responda a lo que dicen/cantan los personajes. Así, oímos hablar de efusiones extáticas y arrebatos místicos, mientras preparan una bomba casera, cocinan un suflé, o doblan la ropa. Pero, a estas alturas y visto lo visto, eso tampoco tiene ya demasiada importancia. Feliz y acertada, aunque algo repetitiva (lo bueno, si breve...), la fórmula de recrear el movimiento a cámara lenta de los intérpretes para representar algunos momentos significativos de la acción: aquel en que los conspiradores/terroristas son detenidos y el desenlace final de la historia (que altera por completo el libreto original). Añado también que me resultó muy interesante la disposición horizontal de los espacios escénicos y el movimiento lateral de estos, produciendo en el espectador la sensación de estar leyendo una historieta occidental (movimiento a la derecha), o un manga (movimiento a la izquierda).
Desde el punto de vista musical destacar, como ya se ha hecho antes, que la labor directorial de
Ivor Bolton no brilló precisamente por su chispa y dinamismo. Cierto es que se trata de un oratorio, que la música de Haendel --apoyada en números generalmente lentos y en tonalidades menores-- no aparece aquí tan retozona, espectacular y pirotécnica como la que encontramos en sus óperas (apenas hay coros, por ejemplo, y encima se suprimieron la mayoría de los que cantan los paganos), y que el argumento tampoco da pie para lucimientos espectaculares de sus solistas a través de osadas
arie agitate o
di bravura, pero lo cierto es que habríamos agradecido algo más de
fuoco y de variedad tímbrica y dinámica en la lectura de esta obra tan larguísima y reflexiva.
Correcto y cumplidor, sin más.
En el terreno vocal, y como ya señalé en mi segundo comentario publicado tras el primer acto, la voz auténticamente operística de la velada fue la de
Joyce Di Donato (y eso que no se encuentra en sus mejores momentos): por colocación, emisión, control de las dinámicas, volumen timbre y expresividad su Irene fue lo más interesante de la función. Y así lo entendió la mayoría del público, que premió con aplausos bastante efusivos, y algún que otro "¡bravo!", sus diferentes intervenciones solistas, mostrando que era la auténtica triunfadora de la noche. Especialmente destacable --magnífica, diría yo-- fue su
"Defend her, Heav’n! Let angels spread, del segundo acto. En resumen: un
sobresaliente para ella.
En el lado opuesto de la balanza encontré a la soprano estadounidense
Julia Bullock, que fue una Theodora absolutamente decepcionante: voz de emisión irregular, corta, heterodoxa, de agudos destemplados y graves inexistentes. Ni siquiera desde el punto de vista actoral me pareció especialmente destacable, y eso que su entrega y arrojo hicieron que uno de los momentos estelares de su
particella y de la obra en conjunto -- el de la violación-- resultara un fiasco, al quedarse la intérprete sin
fiato, lo que hizo que acabara gritando y gimoteando, más que cantando. Es posible --como parece dar a entender uno de los dos artículos incluidos en el programa de mano-- que Bullock se halle en absoluta sintonía con la directora de escena; lo que no puedo asegurar es que le ocurra lo mismo con Haendel. Y algo parecido debió de pensar el público, que no premió con aplausos ni una sola de sus intervenciones solistas. En resumen:
decepcionante.El segundo solista más destacable, detrás de Di Donato, fue el contratenor
Iestyn Davies, quien, en la piel del sufrido legionario Didymus, se mostró en todo momento expresivo y muy ajustado desde el punto de vista canoro. Es una realidad que debo reconocer, a pesar de que las voces de contratenor me producen auténtico repelús, por su artificialidad. También hay que destacar su labor como actor, pues en esta producción la directora de escena exige bastante de él. No es que brillara en la barra americana, pero el hombre se defendió, al menos, y contribuyó a divulgar el mensajito-denuncia de la Mitchell. Así pues, un
notable.En la piel del cobarde e indeciso Septimius estuvo el tenor británico
Ed Lyon, que con su voz clara, engolada, corta y algo desabrida hizo lo que pudo, con unas atropelladas agilidades y bastante dificultad para los agudos. Entrega no le faltó, eso sí. Un
aprobado, pues.
El malo malísimo de la función estuvo representado por el bajo británico
Callum Thorpe, que se mostró bastante "torpe" con el canto ornamentado (perdón por el juego de palabras), y resultó vocalmente irrelevante en conjunto, cosa que sorprende, pues su parte es bastante lucida. Si por algo destacó es por haber construido --siguiendo las directrices de Mitchell, imagino-- un gobernador romano hortera, chulesco y macarra, pero muy limitado en lo actoral, con gestos exagerados y grandilocuentes.
Aprobado raspado.Muy correcto el Mensajero de
Thando Mjandana.Y para finalizar alguna reflexión más sobre la puesta en escena y sus derivadas: evidentemente, y después de lo que presenciamos todos los días en el mundo real, nadie se va a escandalizar por ver sobre el escenario a dos mozas de buen ver y un contratenor escualidín enseñando cacha; o porque se presente a los cristianos de época primitiva y a una santa, mártir y virgen como terroristas. Tampoco es que la palabra y el concepto "feminismo" produzcan urticaria (al menos a un servidor). Lo que a mí me molesta --si podemos decirlo así, aunque tampoco sea algo que me quite el sueño-- es la petulancia y la falta de imaginación que manifiestan estos
enfants et petites filles terribles de la escena, creyendo que vienen a poner el mundo patas arriba y a descubrirnos la Luna, cuando, en el fondo, son tan rancios, previsibles y faltos de imaginación como aquellos otros contra los que, supuestamente, quieren lanzar su mensaje. ¿Un planteamiento feminista en plena era
woke y de feminismo hasta en la sopa? ¡Oh, qué novedad y qué sorpresa! Y todo para, a la postre, hacernos creer que una mujer está más empoderada por convertirla en terrorista, en lugar de utilizarla como ejemplo por lo que hizo realmente, esto es dejarse matar por su fe (= principios) como ejemplo de entereza, valor e integridad moral. ¿Acaso no hay ahí resistencia, lucha y reivindicación personal frente al poder ("machirulo") establecido? En fin... Por cierto: no ha debido caer Mitchell en el hecho (nada baladí) de que Theodora sufre el castigo y la humillación no por ser mujer, sino por ser cristiana. Ahí lo dejo.
Y también se queda uno "epatado" con el ingenio que desarrollan otros (y otras) para buscarse la vida (y hacerlo de manera bastante lucrativa, estoy seguro) a cuenta de sacarle provecho a uno de los temas-fetiche de nuestro tiempo (movimiento
Me too, etc.). ¡¡Coordinadora de intimidad!! Típico de una época llena de circunloquios y retóricas perifrásticas. Eso sí que es "emprendimiento", y no montar una multinacional de informática.