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En Zúrich no vive demasiada gente para ser lo que es, unas 400.000 personas.
En Suiza no vive demasiada gente para ser lo que es, sobre 9 millones.
Pero hay horas y zonas en las que pareciera que vive mucha más gente, por el bullicio, por el tráfico de tranvías y bicicletas, ya que los coches tienen tan incómodo circular por el centro que apenas los ves, por el ir y venir de los pasajeros en las estaciones de tren.
Es una experiencia pasear por la ciudad más cara del mundo, en la que hay plazas que cuando el tranvía se inauguró, pasando por encima, el principal problema fue como evitar que saltasen las alarmas de las reservas de oro enterradas bajo ellas. Entre turistas camino de algún otro destino, directivos corruptos de la FIFA y de la UEFA, jeques árabes, políticos delincuentes fugados, deportistas y artistas de éxito asentados en Helvecia y empresarios de postín, andaba yo confundido por la marabunta que hace transbordo en la Hauptbanhof cuando la tarde comienza su declive y desemboqué en la Stadelhofen, punto óptimo para acceder a la ópera zuriquesa, si se hace por tren.
El día de autos, hacía un calor impropio para el país, mal preparado para las altas temperaturas. Yo seguía con mi americana sudada después de todo un día de trabajo en despachos y salas de reuniones sin aire acondicionado, sólo compensado por la belleza del paisaje relajante de los campos de flores y girasoles y los prados de hierba de las colinas sobre el lago Constanza por las que había conducido al mediodía.
Y no, la Opernhaus tampoco está preparada para las altas temperaturas.
Ahí me esperaba Andrea Chenier, operón abyecto finisecular, éxito notorio de su autor, criticado, cómo no, aunque sea una obra maestra absoluta de la civilización occidental.
Era versión concierto, un tanto curiosa, como detallaré a continuación, y dónde fuera originariamente anunciada Anja Harteros, cantó Erika Grimaldi, dónde fuera anunciado Arthur Rucinski, cantó George Petean. Sólo permaneciendo del elenco original el tosco Yonghoon Lee. No sólo en el Liceu cuecen habas.
Los cantantes, así como la orquesta, actuaron de gala, ellos de White tie, completamente uniformados. Vamos, del mismo sastre, monocordes en tonalidad, raya lateral en pantalón y zapatos de charol. Ellas con algo más de libertad, eso sí, con el mismo dress code, falda hasta los pies y zapatos de tacón, salvo la Grimaldi que empezó descalza hasta que la Condesa de Coigny la envío a arreglarse para la fiesta y se calzó el calzado. Se nota que todos, en el país, pasan por el ejército suizo, orgullo de navajas y mochilas. Por lo de la uniformidad, digo.
Todos actuaron de memoria y sin atril, incluyendo el maestro Armiliato, con el foso cubierto a modo de escenario por donde se movían los cantantes interpretando sus papeles de forma dinámica con su noble atuendo indumentario. Detrás de ellos, ya en el escenario, el maestro y la orquesta, a la que nunca vieron, y más al fondo aún, tras la orquesta y al final de la caja escénica, el coro. Por ello, por la falta de partituras y de visión del director, en la primera fila del teatro, completamente vacía, sólo se encontraba, en el asiento más centrado, el apuntador, apuntando a la vista de todos. Yo nunca me había encontrado con un apuntador visible, pero estoy seguro que algún forero con más experiencia y vivencias que yo, sí lo habrá visto. Es curioso seguir en devenir del maestro suggeritore.
La orquesta, magnífica, como siempre. Marco Armiliato, aparte de simpático, es un seguro para este repertorio, y esta obra, en particular, la ha dirigido tantas veces que se la sabe de memoria, y lo demostró, sin partitura, delante de todos. Brillante en la densidad, cargado de matices, con algún exceso de decibelios, pero, estando detrás y en un teatro pequeño, no tapó a las voces, salvo a las inaudibles de origen.
El coro, aunque demasiado lejano y escondido, estuvo muy bien con la ligereza que pide el coro de pastores del primer acto y la fiereza que pide el juicio del tercer acto.
Erika Grimaldi me encantó. La mejor de la noche. Voz oscura, rotunda y bella. Cargada de intención. Cargada de sentido y sentimiento. Brillante en su oscuridad cuando el arrebato le llevaba a intentar emocionarnos con sus destellos o sus susurros. Fue la única que mudo su atuendo, cambiándose de ropa tres veces y yo la encontré hasta guapísima. En los preciosos dúos de los finales de los actos pares estuvo soberbia y compuso una Mamma morta maravillosa.
Yonghoon Lee, fue un Chenier de más a menos. Es valiente a la vez que brutote. Voz carente de calidez y finura. Algo velada y de colores poco agradables. En los fortes, funciona, en los pianos, se aguanta con hilos. Con aspecto de Bruce Lee en Montecarlo, fue de más a menos. Su Improvisso fue resultón, el dúo del final del segundo acto, aunque Erika empezaba a devorarlo, aguantó el envite hasta el aplauso. El Credo ya fue muy flojo, y con un Si, fui soldato para olvidar. En ambos, no arrancó ni un aplauso de un público, esta vez sí, generoso. Y en el dúo final la Grimaldi se lo merendó, además con crueldad por parte de ella que sostenía y alargaba más las notas conjuntas de los finales de las frases. Como el repertorio verista esconde carencias técnicas entre lamentos, gemidos y gritos, funciona.
George Petean fue un Gerard, que, sin ser memorable, fue bastante decente. En el pequeño e incomodísimo teatro zuriqués, hacerse oír con rotundidad, no es complicado. Y él estuvo ahí cantando con gusto y con mando. Se preparó para lucirse en el Nemico della patria, que se conoce que lo ha cantado bastante y lo tiene controlado, y se lució. Lo hizo muy bien el rumano, consiguiendo una ovación sólo superada por la Mamma morta de la Grimaldi.
Los coprimarios, que hay hasta un total de 12, bastante buenos ellos, bastante flojas ellas.
Variopintos en su origen, como toca en un país neutral, ellos me sorprendieron por lo solventes, aunque algunos tuvieron interpretaciones muy breves. Por ahí pasaron tres norteamericanos: El buen Pietro Fléville de Brent Michael Smith, el breve Fouquier Tinville de Andrew Moore y el mayordomo de Gregory Feldmann. También pasaron el abate del costarricense David Astorga, el excelente increíble del Bosnio Omer Kobiljak, el Roucher del ruso Stanislav Vorobyov, el breve Schmidt del ucraniano Valeriy Murga, el rotundo sanculotte del neozelandés Samson Setu y el Dumas del armenio Aksel Daveyan. La ONU en versión reducida.
Ellas peor. Especialmente flojas la Bersi de Siena Licht Miller y la condesa de Sarah Castle, otra neozelandesa, pero sin rastro de sangre Maorí, no como su compañero, siendo inaudible en un teatro pequeño y con la orquesta detrás. Para traer algo así no hace falta irse tan lejos.
La Madelon, que se suele reservar para veteranas ilustres en declive, y con un aria de lucimiento, lo interpretó la, para mí, ignota Irène Friedli, que tampoco es lo que se dice joven. Esta si que es suiza, y eso ya tiene mérito. Pero cantar es otra cosa. Flojita.
El resultado final, para mí, que soy facilón, más que satisfactorio.
Al acabar, volví a coger un tren desde la Stadelhofen, devoré en trayecto un bretzel con mantequilla y queso, comprado en un puesto callejero de la estación, volviendo a mi hotel de descanso donde me esperaban, ya con aire acondicionado, Rodión Raskólnikov y su hacha.
Saludos
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