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Importante Trittico el que se ha marcado ABAO. Nunca es fácil ver la obra completa; y ABAO con esta función tan notable ha marcado la diferencia colocándose en primer término de las casas operísticas españolas, en este caso hasta por encima de lo que se ve habitualmente en el Liceu (que ofreció hace un par de años otro muy buen Trittico, al que este tiene poco que envidiar) y el Real. Notable función con todo bastante en equilibrio y elementos de sobresaliente interés. La(s) puesta(s) escena de Paco Azorín son muy vistosas y funcionales, con pocos elementos bien empleados. No se entiende muy bien qué o quién es el niño nexo conductor que abre cada una de las tres obras, ni la ambientación concreta en 1945; pero tiene ambientación sugerente (sobre todo en Tabarro, de un aroma felliniano que le cae muy bien a la obra) y un Schicchi muy ágil, divertido y con dirección de actores muy conseguida: reconozco que Schicchi no es una ópera que me interese demasiado; pero aquí conecté bastante con ella, algo tendrá que ver la puesta en escena. En su sitio el vídeo de Pedro Chamizo y elegantes los figurines de Ana Garay. ¿Se abusa del giratorio? Sin duda, pero es una solución como otra cualquiera. Como digo, una producción vistosa y que da la sensación de ser bastante portable.
Il Tabarro me parece extraordinaria: prodigio de concisión narrativa que ahonda como muy pocas en la pobreza, la desilusión, y la falta de horizonte de expectativas. Es teatral, empatizas con los personajes y contiene los que seguramente sean los 25 minutos más sublimes de toda la producción pucciniana (los dúos de tenor y soprano, barítono y soprano y aria del barítono). Me da mucha pena que no haya más ocasiones de escucharla; porque me emociona mucho. Carlos Álvarez está un poco de salida. Se impone la nobleza del timbre y la elegancia del canto; pero el instrumento ha perdido volumen y proyección y se cansa, como si se le fuese acabando la gasolina a lo largo de la ópera. En Michele (que ahora mismo excede sus posibilidades) debe guardarse, y aún así, hay alguna rascadura: sin embargo, el agudo final del aria, casi contra cualquier pronóstico, le entra. A favor, lo bien que dice y lo bien que canta, pero que la voz está tocada tras tantos años de carrera es un hecho. Ángeles Blancas, una vez más, aparece en escena poseída por su personaje: lo vive, es, frasea intensamente y es una actriz de pies a cabeza. A mí eso me da muchas cosas (cuatro producciones le he visto este año y siempre vibro). La voz puede ser desigual en los extremos (elude el agudo de nostalgIIIIIIIIIIIa en su aria) pero tiene timbre personal, es sonora y bien proyectada. Me gustó. Y Marco Berti, tras tantos años de carrera, mantiene el timbre característico, la potencia, el squillo y la seguridad en el agudo para hacer frente a un Luigi en el que pudo recrearse (¡cómo sostuvo el Si bemol del aria!). Para lo que es este personaje, más que de sobra. Como actor, flojo; y la pareja pasional con Blancas compleja de visualizar. Entre los secundarios, me gustaron el Tinca de Igor Peral (que suena) y el Talpa de Stefano Palatchi. Ana Ibarra tuvo en la Frugola la menos lograda de sus creaciones mejorando mucho después (es la única que repite en los tres títulos). Ni Cabrero, ni Esparza, ni Hotea me causaron especial impresión en sus pequeñas partes.
En Suor Angelica destacó Chiara Isotton en el rol protagonista, para mí otro de los motivos para no perderse esta representación. Podría ser más intensa como actriz, pero lo suple con un canto impecable y un instrumento grande (¡cómo llenó el Euskalduna y miren que la acústica es inclemente!) homogéneo y bien timbrado. La tesitura es segurísima (nunca fuerza en los peliagudos agudos finales) y, desde luego, cautiva por su canto. Tuvo una ovación enorme y merecidísima, siendo la gran triunfadora de la representación. Junto a ella, Karita Mattila tuvo la suficiente presencia e intensidad en la Zía Principessa: ¿que el instrumento en este rol es de un sonido casi siempre prefabricado? Seguramente. Pero le funciona, da resultado (y también lo hizo así Souliutis en una grabación y nadie se llevó las manos a la cabeza). No es ni la Zillo, ni la Henschel, ni la Barcellona, ni la Podlés (por citar las principesas que he visto en vivo) pero como creación y como personaje funciona, y el dúo es de alto voltaje. Nunca he entendido del todo las escenas iniciales de esta ópera (se prolongan y no pasa mucha cosa) pero del conjunto de monjas (bastante desigual) hay que destacar a una Ana Ibarra que creció mucho en sonoridad, a Naroa Intxausti y a una Itxaro Mentxaka que después de tantos años de carrera sigue encontrando pequeños papeles en los que tiene algo que decir.
Ya he dicho que me parece que la puesta en escena de Gianni Schicchi es ágil, ocurrente y narrativa, y esto va a favor de obra. Carlos Álvarez estuvo vocalmente mucho más cómodo en Schicchi que en Michele, sin dar síntomas de cansancio y con una vis cómica que funciona muy bien y yo personalmente le desconocía: quizá ahora pueda encontrar su nicho de mercado más lógico en este repertorio bufo, en el que no me cabe duda que tiene mucho que decir. La Lauretta de Sofía Esparza cantó bien O mio babbino caro; pero pasó bastante desapercibida en el resto, porque la voz no es demasiado sonora (y esto en el Euskalduna, ya saben, es un problema) y el Rinuccio de Ioan Hotea es sonoro aunque la voz no sea especialmente atractiva. Entre los muchos secundarios (estos sí, todos muy en su sitio) destacaron Stefano Palatchi, Josu Cabrero, Fernando Latorre y las tres mujeres (Ibarra, Zubilaga e Intxausti) las tres muy bien. Pero el conjunto estuvo a gran altura.
Aunque la Sinfónica de Navarra sonó muy bien, y Pedro Halffter fue capaz de no tapar a las voces (en este auditorio de acústica inclemente) y crear momentos de cierta temperatura dramática sentí con cierta frecuencia que los tempi hacían que los cantantes se quedasen atrás, sobre todo en Tabarro. Con todo, vayan. No es fácil ver Il Trittico y tampoco ver uno como este en el que prácticamente todos los elementos estén en torno al notable. Desde luego, con esta función, ABAO se anota un tanto: está por encima de la mayoría de lo que se ve ahora en los teatros españoles. Si pueden, no duden en acercarse. El día del estreno, había sitios libres; y esto debería estarse llenando.
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