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Rossini Opera Festival 2023
El lunes 14 por la mañana, en el Teatro Sperimentale de Pesaro, tuvo lugar el estreno en tiempos modernos de la Cantata in morte di M. F. Malibran, con participación de Donizetti (una buena obertura, en la que se detectan algunos autopréstamos de sinfonías de concierto anteriores), Pacini, Mercadante, Coppola (un aria muy interesante, casi verdiana) y Vaccaj. Correctos todos los solistas, alumnos en ediciones anteriores de la Accademia Rossiniana. La Filarmonica Gioachino Rossini fue dirigida con seguridad por el joven Diego Ceretta. El Coro del Teatro della Fortuna casi inaudible, quiero creer que debido a la acústica del teatro. Por la tarde se pudo presenciar la segunda función del centone Eduardo e Cristina, el más infrecuente de los tres ya de por sí infrecuentes títulos de esta edición, siempre en el Vitrifrigo Arena debido a las obras del Teatro Rossini. El paso de los años se nota en Daniela Barcellona, quien pese a una voz algo más tremolante que antaño, imprimió en su interpretación de Eduardo un estilo indudablemente rossiniano. Notable Anastasia Bartoli, hija de Cecilia Gasdia, de imponente voz, acostumbrada a papeles verdianos. Enea Scala como Carlo, rey de Suecia, supo sacar adelante, aun con su timbre poco grato, su difícil aria del primer acto, autopréstamo de Ermione. Correctos Matteo Roma como Atlei y Grigory Shkarupa como Giacomo en sus arias del primer y segundo acto, respectivamente, no incluidas en ninguna de las grabaciones de la ópera. Muy decepcionante la dirección musical de Jader Bignamini al frente de la Orquesta de la RAI, aburrida y totalmente falta de fantasía, limitándose a marcar el compás y poco más, y de tempi en ocasiones exageradamente lentos, con una sección de percusión desbocada (platillos, tamburlan en la obertura y sistro en la batalla) que tapaba al resto de la orquesta, y cuerdas sucias. Convicente el Coro del Teatro Ventidio Basso en sus intervenciones, y mejor ellos que ellas. La puesta en escena de Stefano Poda, en su habitual tono blanco (a lo Bob Wilson con el azul), no es una maravilla, pero más allá de un cuerpo de baile que puede llegar a molestar por momentos, se ve sin problema y presenta una dirección de actores convincentes.
El martes 15 acudimos a otras dos obras infrecuentes del maestro de Pesaro. A las 4 de la tarde, en el Teatro Sperimentale se interpretaba la Cantata in onore al Sommo Pontefice Pio IX, que Rossini dedicó al nuevo papa con la esperanza de que permitiese a las mujeres cantar en las iglesias. Aceptable Pietro Adaíni, tenorino de agudos cortos y blanquecinos como L'Amor pubblico, quien tiene que lidiar con una difícil aria tomada del aria de Agorante de Ricciardo e Zoraide. Muy bien como siempre nuestra paisana Marina Monzó como La Speranza, de bella voz y que corre sin problema por el teatro, gran protagonista del cuarteto extraído de Armida. Cumplidores Michael Mofidian y Antonio Garés en los papeles de Il Genio cristiano y Corifeo, respectivamente. Christopher Franklin ofreció una lectura ágil de la obra y obtuvo un sonido aceptable de la Filarmonica Gioachino Rossini. El Coro del Teatro Ventidio Basso, pese a estar limitado de volumen por la acústica, no fue tan inaudible como sus compañeros del Coro del Teatro della Fortuna. A las 8 fue el turno de Aureliano in Palmira, una de las óperas de Rossini que menos me gustaban hasta el momento, pero de la que la dirección del griego George Petrou me ha hecho cambiar de opinión. La elección de tempi fue inteligente y original, con un aria del sacerdote del primer acto y terzetto del segundo al doble de velocidad de la que se suele escuchar, y la expresividad, el realce de líneas melódicas y los contrastes muy convincentes, sobre todo en los recitativos, donde se apreció un trabajo muy meticuloso con las cuerdas con el que el maestro logró no caer nunca en la monotonía. Una pena que el nivel de la Orchestra Sinfonica G. Rossini no sea el de la Orquesta de la RAI, con algunas imprecisiones puntuales y pifias, como la del percusionista que estuvo tocando los platillos siempre un compás por detrás respecto al resto de la orquesta durante todo el più mosso de la sinfonía. Correcto Alexey Tatarintsev como Aureliano aun con su timbre poco atractivo. Sara Blanch, Zenobia, fue, con razón, muy aplaudida, con gran seguridad en la coloratura y el sobreagudo en su aria del primer acto, expresiva y bien implicada con la escena, además de una bella voz. Aun sin poseer un timbre especial o singular, convincente Raffaella Lupinacci como Arsace, quien ha mostrado una evolución muy positiva desde intervenciones anteriores, segura en los agudos y ofreciendo una muy buena escena en el segundo acto. Siempre correctos el resto del reparto, con especial mención a Alessandro Abis como Gran sacerdote (quien desaparece de la escena tras su aria al comienzo de la ópera), Marta Pluda como Publia (correcta en su ariettina) y Sunnyboy Dladla como Oraspe. Apropiado el Coro del Teatro della Fortuna, mucho mejor que el día anterior en la cantata. La puesta en escena de Mario Martone es extremadamente simple, cartón piedra minimalista sin prácticamente ninguna escenografía, con la particularidad de incluir el fortepiano en escena.
El miércoles 16 tocó doble sesión operística, con el tradicional Viaggio de la Accademia Rossiniana por la mañana, y Adelaide de Borgogna por la tarde como broche final de esta escapada pesaresa. Bastante decepcionante este Viaggio a Reims. A destacar la Corinna de Tamar Otanadze, la Melibea de Seray Pinar y la Madama Cortese de la española Sabrina Gárdez. Muy justita e inexpresiva Miyoung Lee como Folleville, al borde del accidente. Blanquecino el timbre de Paolo Nevi como Belfiore, aunque muy implicado con la escena. En su línea el Libenskof de Pietro Adaíni, cuya presencia sorprende al tratarse ya de un tenor rodado. El hecho de que lo hayan llamado no es buen augurio del nivel de la cuerda tenoril este año en la Accademia. Nada más allá de la corrección el Lord Sidney de Alberto Comes, el Don Profondo de Eduardo Martínez y el Trombonok de Vallerio Morelli. Dirección absolutamente plana, rutinaria y de tempi lentos, por momentos hasta el hastío, la del joven maestro Andrea Foti, quien tampoco pudo hacer mucho más con los modestos medios con los que contaba. La puesta en escena de Emilio Sagi envejece cada vez peor, casi una versión de concierto. Comenzábamos la Adelaide di Borgogna (ópera que comparte en su acto 1 gran parte de la música con Eduardo e Cristina) con la noticia de que el maestro previsto, Francesco Lanzillotta, no podría hacerse cargo del resto de funciones por un accidente de moto. En su lugar, subió al podio su asistente Enrico Lombardi, gratísima sorpresa, quien dirigió a la Orquesta de la RAI con gran exactitud y obtuvo sin duda el mejor sonido de los tres días, suponemos previo trabajo de Lanzillotta. La claridad de las diferentes líneas melódicas y secciones de la orquesta, la articulación precisa y limpia, y los originales contrastes y aportaciones de expresividad de cosecha propia lograron que no me importaran los tempi lentos impuestos por Lanzillotta, que incluso llegaron a funcionar bien en algunos momentos como el finale primo o el aria final de Ottone. Buen Ottone el de Varduhi Abrahamyan, algo tremolante pero de voz imponente. Bien Olga Peretyatko, con bella franja aguda pero como de costumbre algo justa en el grave. Muy aplaudido René Barbera, de voz bien timbrada y fraseo agradable, probablemente el mejor de los tres tenores principales de la edición. Rotundo el Berengario de Riccardo Fassi, correcto en los concertantes y en su aria, al igual que la Eurice de Paola Leoci. Algo más flojo Valery Makarov como Iroldo, y suficiente el Ernesto de Antonio Mandrillo. De nuevo, correcto el Coro del Teatro Ventidio Basso. Entretenida, a caballo entre la realidad y la ficción, y pese a recurrir al trillado cliché del metateatro, la puesta en escena de Arnaud Bernard, quien sabe sortear las lagunas de un libreto muy deficiente, si bien se le puede achacar el haber desmitificado una ópera seria convirtiéndola casi en comedia. Acudimos al ensayo de la ópera, donde el tenor engaña con una bailarina a su pareja, la soprano, quien termina casándose contra todo pronóstico con la mezzo. Al igual que en Aureliano, el fortepiano (en realidad, en este caso, un piano moderno) también se sitúa sobre el escenario, si bien aquí sí tiene algo más de sentido, encarnando su intérprete al maestro repetidor de los ensayos de la ópera, quien también apoya con bajo continuo en ocasiones a la orquesta. A veces ocurren demasiadas cosas a la vez en escena, pero se ofrecen imágenes de gran impacto visual como los decorados de tela de la luminosa catedral con que finaliza la representación. Este es el primer año que asisto al festival y visito esta bonita ciudad, de la que destaco el Museo Nazionale Rossini, donde pasé un rato muy agradable, y la pizza Rossini, además de tener el placer de conocer y charlar brevemente con el ilustre miembro de éste nuestro foro Carl Tunner.
_________________ «El señor Wagner tiene momentos buenos, pero horribles cuartos de hora» (Gioachino Rossini)
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