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Función apoteósica la del día 1. Me gustaría reseñar antes que nada,la encomiable labor de la orquesta, braveada ya en los entreactos, y sobre todo en los saludos finales. Es cierto que Pons es un director eminentemente sinfónico, y por ello esta partitura se adapta mejor a su personalidad que las de otros repertorios, pero hay que reconocerle el mérito y el trabajo sobre una orquesta que hace nada era capaz de darnos noches muy, muy malas, y hoy es capaz de sonar tan bien. Anoche no faltaron precisión rítmica, vuelo lírico, ni transparencia de texturas, todo envuelto en un sonido brillante y bien empastado. Ojalá que continúen en esta línea. Grigorian y Beczala armaron un buen alboroto, y con razón. El caso del bueno de Piotr es paradigmático, pues con 58 años el timbre luce sanísimo, libre , fulgurante, la voz corre que se las pela de arriba a abajo. Incluso el agudo, que siempre ha tendido a estrecharse un tanto y a perder color, sonó restallante. El final del primer acto fue un momento de verdadero impacto dramático y vocal, y el fraseo aristocrático y unas bellísimas medias voces en su escena final completaron una actuación antológica. La Grigorian se mete al público en el bolsillo porque tiene esa capacidad de comunicar y de transmitir, además de sus dotes de excelente actriz, por todos conocidas. Como ejemplo, basta señalar que se pasa media ópera bailando en puntas, técnica que parece ser se consigue tras años de trabajo. Ella afirma que no tenía ninguna formación como bailarina clásica y que lo aprendió porque se lo pidió Loy, lo cual habla mucho de su compromiso artístico. Su asunción de la infeliz ninfa es inatacable desde cualquier punto de vista, porque el papel es largo y soporta una orquestación densa, que despacha sin ningún esfuerzo. Aquí no hubo nada de las tiranteces que aparecen cuando canta los Verdis pesados, o su reciente Norma. Desde un punto vocal estricto, tuvimos a una soprano lírica plena, bien musical, de voz no excepcional en cuanto a timbre o volumen, pero con una emisión ortodoxa y liberada, y una técnica muy trabajada que le permite imponerse a la orquesta, o regular y filar estupendamente cuando toca. Hay que disfrutarla mientras dure, porque no contenta con el repertorio demencial para una lírica que afronta últimamente (Lady Macbeth, Turandot, Norma...), ha anunciado su debut en breve como Isolda. Sin ir mas lejos, se cantó la Rusalka de ayer, hoy tenía un concierto Wagner y Strauss sustituyendo a la Davidsen, y mañana otra función de Rusalka. En fin. Braveado también el bajo Stavrakakis, que empezó con la voz en el esófago, pero enseguida el timbre encontró el camino de los resonadores, y completó todas sus intervenciones con voz brillante y buenas intenciones canoras, además de cantar muy emotivamente. A seguir, aunque de momento es muy joven y muy lírico para el gran repertorio. Tenía mucha curiosidad por comprobar el estado vocal de la Mattila, una grande a la que admirado y que me ha dado muchas grandes noches de ópera. Aunque el declive es evidente, conserva cierto cuerpo en el centro, y aún es capaz de soltar buenos pepinazos arriba. Unido a su empaque y desenvoltura escénicas, fue mas que suficiente para salvar su intervención con dignidad. Aplaudida con calor. Muy bien las tres ninfas, empastadas y con buena proyección, y me gustó David Oller como cazador, aunque todos los comprimarios rayaron a buena altura. Y la producción de Loy... pues muy Loy. A mí no me disgustó, muy bien trabajada actoralmente, alterna ideas y momentos de mucha poesía con otros de aburrimiento escénico, siempre que uno compre que lo que sucede en escena puede tener poco que ver con el texto. Mi mayor reproche es que obvia completamente a la gran protagonista musical y dramática de esta ópera, el agua.
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