Peter Quint escribió:
Sigo.
Todo el mundo "pierde", como intentaba decir, en el
Don Carlo de Giulini, al que le obsesiona mucho más retratar la soledad del poder que la magnificencia de su ejercicio y de sus conflictos. Pierde Don Carlo, derrotado en su causa, en su amor, en su amistad, todas llamadas a hacer historia y todas fallidas, hasta que es precisamente la trascendencia quien le rescata. Pierde Éboli la esperanza de dejar de ser la meretriz del rey para convertirse en su legítima nuera, y rechazada por Carlos, pierde a la reina y a sí misma. Pierde Rodrigo, que asume por entero el precio de la imposible lealtad al tiempo al rey y al infante. Pierde Isabel su amor y la credibilidad de su honra, pero, sobre todo, pierde a Francia. En algún sentido, también pierde el Inquisidor, consciente como pocas veces de que su poder se basa en el miedo (y en su capacidad de provocarlo) mucho más que en la fe de un pueblo. Pero desde luego, quien más claramente pierde, a su mujer, a su hijo, a su amigo, a su amante, a su pueblo y a su Iglesia, es Felipe II, y con él, las monarquías absolutistas.
Y Giulini retrata todas estas derrotas desde una adhesión muy marcada a la subjetividad de los personajes, tanto o más que a la objetividad de las acciones, sin por ello olvidar que retrata una gigantesca historia de poder, amor, política, religión y lealtad en el corazón mismo del absolutismo europeo. Giulini, sin duda, es "subjetivo" allí donde todos lo son (las reapariciones del tema de la lealtad entre Carlos y Posa, Isabel rememorando los motivos de amor del acto primero ante la tumba de Carlos V), pero también sabe serlo en lugares que pasan más desapercibidos a otras batutas, y encuentra una y otra vez los colores orquestales apropiados para hablarnos de personas más que de arquetipos, y así, de derrotados más que de epopeyas. Por eso, sin desmerecer las visiones más robustas y colosales que se han hecho sobre esta partitura (y, en concreto, al extraordinario disco de Georg Solti, al que ya me referí) considero que este planteamiento le da a la obra una modernidad muy llamativa para 1971.
Por ejemplo, las trompas que inician el acto II, tremendas pero líricas y flexibles, no evocan lo gótico, lo cósmico o lo misterioso sino el pesar, casi el dolor del alma en pena de Carlos I, que no es tanto un Rey que perdura más allá de su vida, sino casi un alma errante que puede mediar con la trascendencia y la ofrece al mundo (lamentablemente, aunque Simon Estes comprende la idea y la frasea bien, su emisión, afectada de un vibrato extraño que parece afectar más a la dinámica de la nota que a su entonación -en vez de arriba/abajo oscila como fuerte/suave- hace que la idea solo se alcance parcialmente). Una expresividad parecida se extrae de la frase del oboe a la entrada de Isabel en la escena del jardín, que mucho más que una descripción externa de una reina triste, parece la representación "interior" del pensamiento de la afligida monarca, en el irreal acompañamiento de la sección de
O prodigio en el dúo siguiente, donde Carlos tiene casi una primera anticipación de su mística experiencia final, en la denuncia de Rodrigo
Quest’è la pace che voi date al mondo, donde cada corchea y cada acento tienen su peso, como si fuesen, uno a uno, flamencos sufrientes evocados por Posa, en el tristísimo cuarteto (un número sobrecogedor), en el acompañamiento a la segunda confesión de Éboli, con cada acento marcando un latido aún más duro que el anterior, casi un golpe de pecho, o en el suavísimo tapiz musical sobre el que la reina y el infante se citan, en el dúo final, en un mundo mejor. Excepcional, en concreto, el acompañamiento del dúo de Felipe y Posa, lleno de felicísimas ideas que las voces de Ruggero Raimondi y Sherrill Milnes plasman no totalmente, pero sí en sus planteamientos fundamentales.
La caracterización musical del papel del infante Don Carlos me parece complejísima. En mi opinión, ningún tenor hasta la fecha ha dado plenamente con la descripción del contradictorio personaje (quien más cerca ha estado ha sido, probablemente, Carlo Bergonzi): hijo del rey, enamorado de la mujer del rey, opositor al absolutismo del rey, hermano político del gran protegido del rey, ansiado, traicionado y finalmente salvado por la amante del rey, y rescatado en última instancia por el difunto emperador y padre del rey, redención que simboliza que los del infante, a diferencia de los del rey, han sido los auténticos valores que han representado a Carlos I en la obra y pueden cimentar un mundo mejor. Pero la dificultad para representar dramático-vocalmente a un personaje dividido por pasiones tan diversas reside en que, salvo los envalentonamientos en el auto de fe y tras la muerte de Posa (y, en menor medida, el dúo del segundo acto con Isabel de Valois), el infante adquiere siempre una actitud pasiva (y hasta cierto punto, quejumbrosa) ante los acontecimientos que suceden en el drama.
Plácido Domingo, con todo, está muy bien. La voz tiene una cordialidad totalmente sugestiva y aunque el agudo nunca está libre ni pletórico, siempre "sale" y nunca perjudica la fluidez de la línea de canto. El fraseo es bastante imaginativo y está cuidadísmo (todo el acto primero es mucho más "francés" y menos español de lo que cabría pensar, en un fraseo cuidadísimo y seductor) y el esfuerzo del tenor madrileño por matizar, sea por autodisciplina o sea por exigencia de Giulini, es muy superior a lo que nos tenía acostumbrados (pocas veces logró una media voz como la que hace en
Vago sogno m'arrise!). No diré que sea un Don Carlo total, pero sin duda, es de los de tener muy en cuenta.
Sigo con los demás en otro rato.