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UN TROVATORE DE BUENAS VOCES, ALGÚN QUE OTRO GRITÓN Y ESCASA FANTASÍA (Función del 6 de julio de 2026)
Pues eso: una función bastante disfrutable en términos generales (mi media naranja se lo pasó pipa), con voces interesantes y adecuadas en los papeles, pero cantantes no demasiado imaginativos, ni especialmente cuidadosos con la línea de canto en sus respectivas partes. Pero empecemos por el principio.
Nicola Luisotti, gran conocedor de este repertorio, planteó una lectura de alto voltaje, caracterizada por la potencia y una flexibilidad considerable con los tempi, buscando siempre ayudar a los cantantes. Introdujo importantes cambios de dinámica en ciertos pasajes y una intensidad teatral que no decayó en ningún momento. Salvo casos muy concretos (el D'amor sull'ali rosee, por ejemplo), su dirección se caracterizó por la agilidad y el dinamismo. Excelente respuesta la de la Orquesta titular del Teatro y sensacional el Coro, en un repertorio que domina y conoce a la perfección. Muy bien, pese a tener que cantar dentro de los incómodos cajones en que el director de escena decidió meterlos durante la mayor parte de la función.
La mejor de la velada fue Eleonora Buratto, que a su bello y noble instrumento unió un mayor cuidado en el fraseo y las dinámicas. Aunque tampoco podemos decir que derrochara recursos canoros y expresivos en este ámbito. Estuvo muy correcta, pero mostró escaso legato al frasear, una excesiva contención dramática, trinos poco marcados en su aria final (D'amor sull'ali rosee), y fue bastante reservona con los ascensos al agudo. Quizá todo ello se debió al hecho de ser ésta su función de estreno, y al de tener que sustituir a la Netrebko en el último momento. A ver qué tal evoluciona en las próximas tres funciones que le restan, pues es una soprano muy interesante. Ya irán diciendo los foreros que la vean entonces.
El peculiar Manrico de Yusif Eyvazov no me decepcionó, pues sabía lo que podía esperar de él. Eso sí: encandiló al público asistente, que le braveó con fuerza, seguridad y alborozo tras su exhibición de agudos y canto estentóreo. La voz, de sonoridades metálicas, emisión abierta, blanca y directa se oye como si no estuviera impostada (aunque debe estarlo, pero de aquella manera). Además, no hay uniformidad de registros, porque el passaggio está mal resuelto, y ello se aprecia en la diferencia de colores (mi acompañante dijo sencillamente que tenía "una voz fea"). Corre con facilidad, tiene un volumen y squillo espectaculares (su aria di sortita, cantada fuori scena, resultó perfectamente audible, hasta el punto de que el cantante parecía estar al borde de las bambalinas), y no presenta el menor problema para hacerse escuchar, pues el sonido es penetrante, seguro y mantenido (cuando el cantante llega con suficiente resuello). Eyvazoz, además, es valiente, entregado y generoso, y se lanza con soltura y naturalidad a las notas más extremas de su tesitura. Pero todo en su canto suena demasiado franco, muscular, brusco, estruendoso y poco refinado: apenas hubo algunos intentos de apianar en los pasajes de mayor intimidad (con Leonora y Azucena) y, por supuesto, no pudimos escuchar por ningún lado los trinos de la palabra parrà (en la romanza Ah, si ben mio coll'essere) y las acciaccature previstas por Verdi para la cabaletta de la pira (donde también se nos hurtó el da capo, correspondiente). Algo que, de todas formas, reconozcamos suele ser bastante habitual, y que Eyvazoz palió, lanzándose al Do5 en el cierre de esta última pieza (aunque de modo poco ortodoxo, pues concluyó pronunciando "all'ar-", en lugar de "all'armi", aliviándose de una manera menos comprometida y que sólo buscaba épater le bourgeois con el sobreagudo). En fin, muy efectista, entregado, generoso, pero demasiado plebeyo y alejado de lo que debe ser el buen canto verdiano.
El conde de Luna del barítono rumano George Petean podría haber sido referencial si a su timbre (viril y aterciopelado) y a la voz (extensa, homogénea, de bello color, buena proyección y rica de armónicos) le hubiera añadido mayor carácter áulico y señorial a través de una línea de canto más elaborada, con mayor legato (también bastante reducido en su caso). Y me extraña bastante, pues si por algo se caracteriza Petean es, precisamente, porque su perfil estilístico y actoral encaja mejor con el temperamento lírico y musical, antes que con el puramente dramático. De todos modos, fue un conde de altos vuelos, con potencia y suficiencia sonora y tímbrica, que ocuparía el segundo lugar de mi preferencia, después de Burato.
Todo la fogosidad y temperamento que le faltó a la Leonora de Buratto le sobró, en mi opinión, a la Azucena de Clémentine Margaine, que abusó de los excesos veristoides, los golpes de glotis, los singhiozzi, y algún que otro sonido demasiado nasal. No obstante, la voz de la mezzo francesa es impresionante por densidad, oscuridad, volumen y potencia; no presenta problema alguno de proyección (ni para apianar), el registro de pecho tiene peso, es rotundo y tampoco suena forzado. En cuanto a la extensión del instrumento resulta considerable, pese a lo cual no hay problema en la homogeneidad de registros. Pero todas estas virtudes, en mi modesta opinión, se vieron algo enturbiadas por el exceso de pathos y de visceralidad, así como por un abuso en el cambio de dinámicas demasiado brusco y continuado. En todo caso, ofreció una notable y entregada actuación, y estuvo bastante bien en sus dos piezas de lucimiento (Stride la vampa y Condotta ell'era in ceppi), especialmente en la segunda.
Muy interesante, convincente y creíble (pese a la juventud del intérprete) el Ferrando del croata Marko Mimica, bajo cantante de atractivo instrumento, emisión noble, seguridad en el agudo y acertado estilo, que abrió su intervención con un sólido racconto, lleno de misterio, buen fraseo, acertados acentos y gran adecuación a la coloratura que exige la pieza al personaje en esa pieza.
Bien el resto de intérpretes en papeles comprimarios.
La propuesta escénica de Francisco Negrín, estrenada en 2019 y reutilizada ahora, funcionó bien porque, en términos generales, no fue un estorbo para el desarrollo de la acción (salvo cuando decide formar una enorme cruz en el frente del escenario --durante la escena de profesión de Leonora--, que impidió ver con claridad, al menos desde el paraíso, lo que ocurría al fondo). Se trata de una puesta en escena abstracta, sobria y de tintes psicológicos, que centra toda la fuerza conceptual en el fuego, la noche y los fantasmas del pasado (especialmente los de Azucena, la gran atormentada).
En resumen: velada muy disfrutable, con voces interesantes, buena dirección musical y propuesta escénica ayuna de ideas innovadoras (pero que yo prefiero, pues me interesa Verdi, no el genio de turno).
_________________ "Tornate all'antico e sarà un progresso" (Giuseppe Verdi, compositor y genio).
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