

Una versión que, por su época de grabación y al ser de estudio, se caracteriza por el extraordinario y envolvente sonido estereofónico. Pese a ello, y aunque
Seiji Ozawa se muestra muy atento a los detalles y busca desgranar y transmitir toda la riqueza orquestal de la partitura --sus matices tímbricos, las diversas texturas sonoras introducidas por Strauss para recrear el exacerbado orientalismo que tanto le interesaba--, lo cierto es que todo suena tan límpido, tan medido, tan aséptico que la experiencia acaba dejándole a uno bastante desilusionado: todos los elementos están en su sitio, claro que sí, pero falta fuerza y tensión teatral, los
tempi son, a veces, demasiado solemnes y lentos, por lo que no contribuyen, precisamente, a transmitir la fuerza de algunas situaciones. Escúchese, por ejemplo, para percatarse de ello, el impresionante interludio orquestal que sigue a la última maldición lanzada por Jochanaam contra Salomé, y que da paso a la entrada de Herodes y Herodías: la orquesta suena brillantísima, empastada, pero resulta demasiado rimbombante, lenta, pomposa y falta de perentoriedad, de modo que no nos sentimos golpeados por la pasión, el fuego y lo trágico del momento. Ni siquiera los ritmos sincopados con que entran en escena el tetrarca y su mujer alteran e intranquilizan al oyente como debieran. Tampoco me parecen acertadas las lecturas en otros pasajes, como el de la famosa "Danza de los siete velos" --muy sosa y carente de la sensualidad que requiere el momento--, o la escena del progresivo colapso de Herodes, en la que esa falta de nervio, dramatismo e intensidad vuelve a estar presente.
No descubro nada nuevo si empiezo destacando la inconfundible voz de
Jessye Norman, caracterizada por su belleza, calidez, suntuosidad, empaste, y riqueza de armónicos. Una serie de cualidades que están ahí, y que vienen sustentadas por una excelente técnica. Sin embargo, quedan algo empañadas ante las evidentes dificultades que la cantante norteamericana muestra ya en la zona más aguda de un personaje que resulta muy exigente en esa franja. Además, desde el punto de vista interpretativo --y quizá constreñida por la propia dirección de Ozawa--, su princesa idumea se me antoja demasiado señorial, elegante y escasa de tensión dramática. Falta fuego, incandescencia, fiereza y vigor, por lo que su Salomé suena más como una educada mujer -que frasea muy bien, eso sí--, antes que como la adolescente caprichosa, cruel, pervertida, juguetona y lasciva que, a mi entender, ha de prevalecer a la hora de interpretar a este indomable
Ungeheuer straussiano. Lo mejor de su lectura, en mi opinión, se encuentra en la primera parte de la obra, cuando dialoga con Narraboth y se lanza a la sensual conquista de Jochanaam.
Nunca fue santo de mi devoción el timbre del bajo-barítono estadounidense
James Morris, de sonoridades engoladas, emisión nasal y dicción algo enfática. Además, tampoco es que brille como fraseador en este registro y con este rol. Pero lo cierto es que muestra autoridad, y nos hace creer que estamos ante un hombre joven y vigoroso, de modo que, pese a todo, su Jochanaam resulta aceptable. Todo lo contrario, por cierto, de lo que ocurre con el tenor austríaco
Walter Raffeiner, un Herodes áfono y gritón, de ingrato timbre, emisión engolada, voz mate y corta de vuelo y
squillo. Un tetrarca muy soso, envejecido, carente de energía y sin el menor
punch para interpretar a un personaje tan complejo, difícil y lleno de aristas. Se trata, sin duda, del gran lunar de este registro. Correcta, sin más, la Herodías de
Kerstin Witt, y lejos de otras voces más oscuras y de mayor cuerpo y potencia que han interpretado la parte.
Magnífico el Narraboth de
Richard Leech: apasionado, elegante, juvenil, de dicción perfecta y acentos adecuadísimos. Una gran caracterización la que lleva a cabo el tenor estadounidense. Algo inerme el paje de Herodías de la mezzo
Annette Market, más aniñado que juvenil, aunque bastante aceptable.
Bien el resto de comprimarios.