
Mi historia personal con el Merlin de Albéniz tiene largo tiempo. Allá por el 2002, cuando yo era adolescente, un amigo (que no conservo) me dijo que la escuchara, que era muy wagneriana. Al hacerlo, tuve un flechazo con esta ópera de bellísima música. Por suerte para mí, un año más tarde pude verla escenificada en el Teatro Real. En ese entonces, cantaba Eva Marton el rol de Morgan le Fay. Sin embargo, no pude verla, porque tuve que coincidir con otra amistad (que tampoco conservo), el día que iba, por que tenía que asegurarme que me devolviera un disco que le presté, el Evangelimann de Wilhelm Kienzl, por lo que fui al segundo reparto, del que poco recuerdo salvo que la Nivian, Kathleen Broderick, tenía una voz poderosa. Dos repartos tuvo esta ópera en su presentación de lujo. Pese al éxito de la grabación en disco, ya un clásico, las funciones en vivo no despertaron el entusiasmo del público. De hecho, muchos testimonios que recuerdo de gente que fue, incluido ese amigo con el que coincidí, eran de tedio e indiferencia. Aquellas funciones fueron preservadas en un vídeo con el primer reparto, una transmisión por televisión y luego un DVD, pero esta ópera desapareció de la circulación, salvo por una exhumación en Alemania en 2011.
Como es sabido, esta ópera surgió de la colaboración fructífera de Albéniz con Francis Money-Coutts, un rico banquero inglés que quiso crear una ópera nacional inglesa, con un ciclo artúrico, así como el alemán Wagner hizo con su tetralogía, el último grito por entonces. Antes de este proyecto, el dúo creó una ópera sobre un personaje de la Inglaterra medieval, Henry Clifford, y Pepita Jiménez. Cuando llegó el turno de la prevista trilogía artúrica, Albéniz solo completó Merlín, y un poco de la segunda ópera, Launcelot. Reescuchándola de adulto, no sé qué pensar: es una ópera bellísima, y con un importante potencial musical: requiere una gran orquesta, la música tiene envergadura wagneriana, y resulta bastante moderna muchas veces, influido Albéniz por toda la vanguardia de su época. Sin embargo, la pretenciosidad es su perdición: pese a su belleza, la música no siempre va de la mano con la trama, por momentos es apoteósica, parece querer crear un estilo nuevo, pero también se pierde en el estereotipo: así el primer acto es bastante irregular en su fuerza dramática, aunque el final es espléndido. La primera mitad del segundo acto también adolece de este problema, pese a que mejora: la entrada de los nobles es un interludio precioso, quizá inspirada por la de Tannhäuser, que a veces me evoca que podría poner música a un desfile de modas. Posiblemente la "tibieza" de la música en esta primera mitad de la obra pudiera tener un motivo: la juventud, la bondad y la generosidad de Arturo. Sin embargo, todo cambia cuando todos se han retirado, Morgana se queda sola y entra Nivian, la esclava de Merlín, quien le pide ayuda para liberarla del yugo al que el mago la tiene sometida, así como a sus hermanas. Tiene su ironía que el mejor momento lírico de una obra de grandes pretensiones sea el intimista dúo de dos mujeres, una tierna melodía de cuerdas que suena como una caricia, cierra ese gran dúo, cuando Nivian acude al llamado del mago. El tercer acto es el más peculiar, empieza bucólico, continúa con la frenética danza de las hermanas de Nivian y los gnomos, y termina con la apoteosis de Morgana al ver a Merlín encerrado por su esclava. Además, la partitura suena muy española, especialmente en el lirismo del preludio y de las danzas.
En lo que a este DVD concierne, la puesta en escena de
John Dew es bastante notable. La producción es clásica, con un excelente vestuario, y una estética "artúrica", pero también evocadora de lo sobrenatural y mitológico. Parece como si hubiera una división entre el mundo de Merlín, representado en la parte delantera del escenario, con unas paredes rocosas y una enorme lanza (guiño wagneriano a Wotan) que es la varita mágica; y al fondo el mundo de Arturo. En el lado izquierdo del escenario, desde el punto de vista del público hay una enorme piedra con la espada Excalibur en ella. Durante el preludio, se ve a Merlin en solitario invocando sus conjuros. El primer acto revela un impresionante retablo de estatuillas humanas con una aureola. En el segundo acto, el retablo desaparece y revela un bosque de varas, en las que hay cadáveres de soldados caídos en batalla, para luego volver, ahora con las estatuillas en posición de ahorcado. Una curiosidad, no siempre exitosa, es que aquí ya hace aparecer a Ginebra, ya como pareja de Arturo, como una bella mujer desafiante con Merlín y muy coqueta con los nobles. Algo que choca porque el libreto hablan de ella como si aún no fuera la reina. Al final del acto, una vez desaparecido el retablo, aparece Merlín en un halo rosa, llamando a Nivian a acudir con él. En el tercer acto, en la primera escena se ven de nuevo esas varas, pero ahora ya no acogen cadáveres, sino representan el bosque y a su alrededor el cuerpo de baile representa a parejas de amantes, lideradas por Ginebra. En otro giro argumental del director, ahora se ve a Lanzarote, el futuro amante de Ginebra, presentado por Morgana, y quien se une a la danza. Pese a que la música lo indica, cuando no lo sugiere, el exceso de danza puede resultar cargante. El baile de los amantes del primer cuadro da paso al lúgubre y frenético de Nivian, sus hermanas y los gnomos, estos vestidos de modernos mineros, y el bosque da paso a una cueva representada por troncos de árboles, en la que Merlín queda atrapado al final. La obra se cierra con el monólogo final de Morgana mientras Ginebra y Lanzarote retozan.
Nadie mejor que
José de Eusebio, artífice de la recuperación de la obra, y director de la grabación discográfica que ganó un Grammy, para dirigirla. Y su espléndida dirección al frente de la
Orquesta del Real no es muy distinta de la del álbum, si acaso un poco más rápido. Lo mismo aplica al coro.
El principal reclamo es la Morgana de
Eva Marton, quien a sus entonces 60 años, ya estaba con la voz muy rota y gritada. Sin embargo, su presencia escénica es aplastante y su figura matronil y su mirada congelante la hacen idónea para el rol. Pese a que musicalmente es difícil oír su ya gritado canto, aún es capaz de momentos tiernos como en el dúo con Nivian en la frase "win it by womanly wile", bellamente cantado.
Carol Vaness, también con la voz ya madura y a veces también gritada, es Nivian, pero sin duda la suya es una interpretación igualmente magnética: la sensualidad con la que aborda el rol, dentro de lo que le permite su estado vocal, transmite lo erótico, así como lo vengativo y resentido de su personaje. Esta Nivian madura es una mujer frágil y maltratada que usa el sexo para sobrevivir y finalmente librarse del malvado mago.
Un aún desconocido
Stuart Skelton interpreta al Rey Arturo, con una voz fresca, heroica, en contraste con el lirismo de un maduro Plácido Domingo en el disco, si bien el aria del tercer acto "In maytime" le cuesta un poco en el agudo.
Notable y cumplidor
David Wilson-Johnson como Merlín, pero sin llegar a la nobleza y autoridad de Carlos Álvarez en el disco. Su Merlín es más bien intrigante y grotesco, especialmente en el tercer acto.
El resto del reparto está formado por artistas españoles, como el gran
Ángel Ódena como Mordred, hijo de Morgana, o
Stephen Morsheck como el Arzobispo de Canterbury y
Ángel Rodríguez como Gawain, que repiten sus mismos roles que en el disco.
Al final del vídeo se ven aplausos corteses y poco entusiastas, salvo para Carol Vaness que sí se lleva alguna ovación.
¿Merecía más esta ópera? Mi corazón dice que sí, mi experiencia no lo tiene claro. Sorprende que el Albéniz lírico, prácticamente olvidado, pudo llegar a estas cotas de creatividad y riqueza orquestal, aunque no pudieran competir con Bizet, Strauss o Puccini. Una pena que esta ópera no se asentara en el repertorio ni en Inglaterra, ya que es una obra original y allí entonces no había tradición operística consolidada, ni en España, donde el idioma es la principal barrera, junto a la complejidad de la partitura. Una pena, porque su bella y espectacular música merecían mejor trayectoria y presencia, sin ser tampoco Salomé o los Gurrelieder. Sin embargo, seguiremos celebrando al Albéniz de Iberia, y la zarzuela como la cima de la lírica en español. Así sea, pues.