
En 1990, las cámaras de Unitel entraron en el Festspielhaus de Bayreuth para filmar la producción de Lohengrin del famoso cineasta
Werner Herzog, estrenada tres años antes. Los 80 aún eran buenos tiempos para los amantes de los montajes clásicos, pues estaban en cartel el Anillo de Hall, el Tristán de Ponelle, el Holandés de Karry Kupfer o los Maestros de Wolfgang Wagner.
Tradicionalmente, Lohengrin ha sido interpretado o bien como una tragedia (la única de Wagner) o como un cuento de hadas. Y Herzog elige esta vía. La estética recuerda a cuadros románticos, como los del pintor Caspar David Friedrich. El primer acto tiene lugar en un paisaje gris, presidido por dos árboles sin hojas, ,nevado, aunque también podría parecer pantanoso. Lohengrin aparece en medio de un juego de luces de color celeste. El segundo acto transcurre de noche, con un cielo de luna y estrellas, en lo que parece ser las ruinas de una antigua iglesia, a la orilla del mar, el cual se recrea con agua real. En la segunda mitad del mismo, la comitiva, que se encontraba dormida, despierta al son de las trompetas que anuncian el amanecer, y al fondo se proyecta la imagen de una catedral gótica. El tercer acto transcurre en un paisaje idílico, un verde prado, el lecho conyugal es una cama con un cisne plateado, rodeada de rocas, en lo que parece un ritual pagano, sincretizado con el religioso mundo de Lohengrin y Elsa, presidido por un cielo azul marino. Al final de la ópera, Gottfried es un niño semidesnudo, con el cuerpo pintado de blanco y llevando la cabeza de un cisne. Cuando Lohengrin se va, empieza a nevar, todos se acongojan, y en un gesto inesperado, Elsa y Ortrud se dan la mano, posiblemente perdonándose o sellando una nueva alianza. El vestuario de
Henning von Gierke es sencillo, desprovee de armaduras y apuesta por sencillas túnicas de colores, salvo en la pareja antagonista, que llevan trajes más acartonados, él con un abrigo de lobo, un guiño al tribalismo. Sin embargo, todo lo que el montaje gana en belleza plástica, lo pierde en dirección de actores, ya que no hay mucho movimiento en escena, coro y solistas tienen una posición estática, moviéndose bastante poco. Hay momentos inspirados, como la mirada de rabia de Ortrud en el segundo acto cuando Telramund le recrimina su desgracia, o las expresiones angelicales de Elsa al ver a Lohengrin o al escuchar su célebre relato del último acto. Sorprende que un famoso director de cine apostase por un estatismo más propio de montajes del pasado, cuando los artistas se plantaban en el escenario y cantaban sin más. Como en los montajes de Schneider-Siemssen en el Met, son los artistas los que dejan sus expresiones fluir.
Sin embargo, en términos musicales, si esta grabación tiene una singularidad, es que es el legado discográfico de
Peter Schneider para todos los tiempos. Este director de orquesta alemán ha sido considerado como un "rutinier", alguien que conoce la obra, tiene experiencia, que hace interpretaciones más o menos solventes pero no llegan a ser míticas, a veces ni notables. Sin embargo, con la orquesta de Bayreuth, y con una excelente toma de sonido, Schneider consigue que se obre el milagro, logrando una de las versiones más bellas de los Preludios de cada acto, de toda la discografía. Con él la orquesta suena espectacular, más lírica, más de cuento de hadas que apasionada y dramática, lo que en vivo debió de ser ideal para los cantantes ya parece no suponerles obstáculo alguno. Aunque en el tercer acto sí se ralentizan un poco los tempi, pero no baja demasiado el nivel en lo que es una dirección orquestal sublime. Schneider estaba en esta época en la cima de su carrera, nada que ver con el irregular Anillo que le padecimos en Madrid una década después.
El Coro como siempre, excelente, brillante en su gran escena del acto segundo.
Cheryl Studer es, junto a Schneider y Herzog, el otro gran reclamo de esta grabación. Con su bella voz, de timbre tan dulce y lírico, es una de las más grandes Elsas de las últimas décadas. Su interpretación del
Einsam in Trüben Tagen es prístina, angelical, en la línea de las más grandes.
Paul Frey no cosechó buenas críticas con su Lohengrin, ni tampoco sigue contando con el favor del público. Su entrada en el primer acto es muy buena, pero en el resto de la obra, aunque mantiene el volumen y el tono heroico, la interpretación no destaca demasiado.
Ekkehard Wlaschiha, con su potente voz y su timbre oscuro, villanesco, es la principal voz masculina, con una interpretación excelente del rol de Telramund.
Gabriele Schnaut, con su timbre peculiar, es una Ortrud notable, que destaca en su breve pero intensa escena final.
Cumplidores
Manfred Schenk, un bajo ligero, como el Rey Enrique, y
Eike Wilm Schulte como el Heraldo.
Aún con sus altibajos, este es un Lohengrin notable y de una gran belleza. Totalmente recomendable, especialmente para los amantes de los montajes clásicos.