
Cuando en 2007 se cumplieron los 400 años del nacimiento de la ópera (mejor dicho, del estreno del Orfeo de Monteverdi), muchos periódicos sacaron, a precio económico, colecciones de CDs y DVDs de ópera, quizá las últimas de tirada popular dedicadas al género. El Mundo lanzó una serie de DVDs de las óperas más populares. Entre ellas, se encontraba una versión de La Traviata procedente del pequeño Teatro Verdi de Busseto, en una lujosísima producción de
Franco Zeffirelli, con la dirección orquestal de
Plácido Domingo, y con un elenco de lujo.
En esta ocasión, se trata de una adaptación, al pequeño escenario de Busseto, de la producción que el regista italiano hizo en su famosísima película de 1982. Adaptar la barroca película en este teatrito, podría resultar una tarea titánica, pero lo cierto es que el resultado convence. A pesar de la estética recargada de Zeffirelli, que podría resultar exagerada para este drama principalmente intimista, lo cierto es que con salvedades, esta adaptación es exitosa.
El escenario gira entorno a una plataforma redonda y giratoria, una especie de cápsula del tiempo. Zeffirelli cuenta la historia desde los últimos momentos de vida de la protagonista, siendo la acción un flashback, un compendio de sus recuerdos. El vestuario y los decorados intentan ser lo más fieles a la película. En el dúo de amor del primer acto se puede ver a Violetta cantando mientras reposa del ataque de tisis, con Alfredo cantándole tiernamente. El primer cuadro del segundo acto tiene un delicioso color turquesa de fondo, en esta recreación idílica del jardín de la casa de campo. En el segundo acto prima el color rojo, y se ve una coreografía de ballet (en la película lo hizo el mismísimo Ballet del Bolshoi), con vestuario muy español, de flamencas y toreros. Al final del acto, se ve a Violetta al fondo del escenario, como una vision angélica, más allá de la vida, que le recuerda a Alfredo cuánto lo ama. En el tercer acto se ve al coro de carnaval en esa cápsula, con Violetta intentando alcanzarlos, como una alegoría de las ganas de vivir de la protagonista.
La
Orquesta Arturo Toscanini es dirigida por un Plácido Domingo que pese a su fama de director discreto, incluso mediocre, aquí consigue salir airoso. De hecho, el preludio del tercer acto convence por su lentitud y su belleza. En lo demás, resulta un acompañamiento para los cantantes. El Coro destaca por su buen canto y su aún mejor actuación, cada corista es expresivo, especialmente cuando reprochan a Alfredo el haber humillado a Violetta.
Stefania Bonfadelli era en esos tiempos (2002) una joven promesa. Y lo cierto es que era una cantante excelente, cuya carrera se truncó por una enfermedad. En esta Traviata se la ve en su mejor momento, donde muestra una voz bella, capaz de sorprender con sus agudos en pianissimo en el dúo de amor del primer acto, manejándose con la coloratura y dando el sobreagudo final en el mismo, para evolucionar a una potente voz dramática en el tercer acto, hasta el punto que parece otra. Como actriz, y dada su entonces ligera complexión física, es convincente. Lejos de la sensualidad de la Netrebko o de los divismos de una Gheorghiu, la Violetta de Bonfadelli es una joven frágil, casi de cristal, que inspira ternura, el ideal de una joven decimonónica, de hecho, cuando se derrumba por la enfermedad en el tercer acto y exclama "Gran dio, non posso", lo hace de forma suave, lejos del desgarro de otras sopranos, dando a entender cuán delicada es en realidad Violetta.
En esta versión, no hay tampoco suerte con el tenor.
Scott Piper como Alfredo tiene una voz tenue, no es fea, pero es limitada y parece de poco volumen. Hace lo que puede, e incluso la forma de cantar en piano el "Un di felice eterea" o su intervención fuera de escena en el Sempre Libera son lo más destacable, pero nada tiene que hacer con sus otros dos grandes colegas.
Y el gran reclamo, junto a Bonfadelli es el gran Germont padre del legendario
Renato Bruson. El italiano tiene 66 años en el momento de esta filmación, y se encontraba en un declive dorado, en una interpretación totalmente creíble del padre. La voz es potente, aunque a veces suene brusca, pero ahí está el estilo, el canto, ese bello y robusto timbre baritonal, que le hizo un grande. Cuando canta "Ma se al fin ti trovo ancor" se le ponen a uno los pelos de punta, ese ser soberbio y autoritario intentando ser un buen padre... de reclinatorio. Por eso recibe una larga y prolongada ovación, incluso pidiendo bis. Como actor es imponente. Es curioso como el Germont de Nucci es un padre conservador, quizá serio, pero no es tan imponente como el de Bruson, que además es más soberbio y más imponente, y sobre todo más inflexible cuando se dirige a Violetta y a su hijo, y también por ello se hace más odioso que la interpretación de Nucci, transmitiendo mejor la hipocresía del personaje, aunque en su tiempo hiciera lo que tenía que hacer. Sin duda, una interpretación histórica, que además a los que le hemos visto en vivo nos trae excelentes recuerdos.
Poco más que añadir, salvo que estamos ante una Traviata que no está de más tener debido a la excelente soprano y a la legendaria creación de Germont que hacía el inconmensurable Renato Bruson.