
Seguimos con el Anillo de Barenboim y Kupfer con La Valquiria, segunda jornada de este Anillo de 1991-1992.
En esta jornada, la producción se supera. La dirección escénica de
Harry Kupfer sigue situando la acción en un mundo moderno y distópico a la vez, con la autopista de la vida, como escenario central. En una ópera con los sentimientos como centro, Kupfer a partir del acto segundo desprovee de escenografía al máximo posible, dejando la actuación y la iluminación como principal atrezzo escénico, logrando un profundo retrato de los personajes. Y al mismo tiempo no renuncia a la espectacularidad y al impacto visual. El primer acto está presidido por un enorme tronco, e irrumpen truenos, al son de la música. Siegmund aparece de las tinieblas huyendo, y el escenario se levanta para mostrar una moderna y minimalista casa. Sieglinde viste de negro y se cubre el pelo con un velo, muestra de la rigidez de su matrimonio. Hunding aparece en toda su brutal esencia, aunque impecablemente vestido. La casa desaparece cuando los amantes cantan su famoso dúo, quedándose solo con su pasión. El segundo acto está desprovisto de decorado alguno, con el escenario desnudo, solo presidido por la carretera de la vida. Wotan y Brunilda pelean jugando, como los dos guerreros que son, vestidos de riguroso cuero negro, muestra del clan al que pertenecen. Igualmente Fricka es una esposa vestida elegantemente de negro. A mitad del acto, se abre una grieta en el escenario del que emerge una luz blanca, de donde Brunilda emergerá para a anunciar a Siegmund que debe seguirla a la muerte, y por donde huirá Brunilda con Sieglunde tras la batalla. Kupfer muestra el dolor de Wotan por la muerte de Sigfrido, pero sin dejar la autoridad y la violencia. Si el Wotan de Chéreau es un cínico inteligente y elegante, el de Kupfer esconde un corazón atormentado y tierno bajo su temible y violenta apariencia, capaz de mostrar sus sentimientos a quienes más confía. El tercer acto es el más potente de todos, y cuya excelencia mantiene al espectador pegado al asiento, en una hora y cuarto de intensidad visual, dramática y musical, dejando una sensación de impacto y al mismo tiempo de empatía por la historia de los personajes. La cabalgata de las valquirias empieza con unas carretas llevando todos los cadáveres de los héroes que recogen las valquirias, mientras estas descienden por una pasarela. La escena de Wotan y Brunilda es la cima de este acto, ya que asistimos a la reconciliación de un padre y su hija antes de despedirse para siempre, en la que Wotan pasa de la furia a desnudar su alma y a perdonar a su hija. El cómo ambos personajes miran al escenario, se abrazan, y caen al suelo en el clímax orquestal antes de la despedida final de Wotan ablanda hasta el más duro corazón. El final es un despliegue de luces (por algo llaman a este Anillo el "Anillo láser" de neón, y unas luces rojas forman un cuadrado, el fuego mágico, entorno a la dormida Brunilda, aquí aún con casco y escudo.
Daniel Barenboim sigue con su excelente dirección orquestal, desde las cuerdas, dinámicas en el primer acto, tiernas en la gran escena final, hasta los metales imponentes, aunque a estos les afecta la perfección de la ingeniería de sonido, al hacer que parecen de estudio y no del foso del teatro. El tercer acto es realmente espectacular, con la orquesta dirigiendo de forma majestuosa y al mismo tiempo profunda, solemne.
El reparto, sin ser referencial, destaca por su absoluta entrega, tanto al drama, como a la música, logrando un excelente nivel musical.
Poul Elming como Siegmund y
Nadine Secunde como Sieglinde tienen en escena una química tan inigualable y enorme como la de Hofmann y Altmeyer en el Anillo de Boulez. Si la de estos últimos desbordaba erotismo y pasión, la de Elming y Secunde es una química más dramática, hay un trágico y apasionado amor, pero no tanta sensualidad. Y sobre todo, son mejores cantantes. Elming tiene una aceptable voz heróica y juvenil, firme y que no suena mal, lo que en esa época ya era bastante. Secunde es por el contrario una soprano dramática con todas las letras, con una oscura e imponente voz, lo que hace pensar que debería de haber sido la Brunilda. Quizá un poco matronil, pero en el tercer acto destaca por su intenso dramatismo.
Matthias Hölle es un excelente Hunding, tanto a nivel vocal como actoral, una voz de bajo profundo con un físico imponente, capaz de recrear al matón.
John Tomlinson se supera como Wotan. Aunque su voz es la que es, su experiencia como intérprete da un retrato convincente del lado más humano y también más temible del dios, cantando sus dos largos monólogos con belleza, sin la brusquedad habitual de su voz, y a nivel actoral mostrando un lado del personaje nunca antes visto, mostrándolo vulnerable y capaz de despertar empatía.
Anne Evans no será la mejor Brunilda. Y desde luego su voz no es la más rotunda, ni la más dramática. De hecho, suena bastante ligera para la enjundia que requiere el rol. Y sin embargo su interpretación demuestra que no todo es pirotecnia: ese timbre juvenil lo usa para mostrarnos a una valquiria que es una joven que parece frágil pero que pelea y tiene una determinación tan firme como la que más, pero al mismo tiempo una mujer sensible. Así, cuando se aparece a Siegmund no es imponente, sino solemne y comprensiva. Y en el tercer acto, valerosa en la primera mitad, y conmovedora en la segunda. El retrato más humano que se haya hecho de este personaje, desde que hay filmaciones, lo consigue esta soprano británica.
Linda Finnie como Fricka está mejor aquí que en el Oro, con la voz más firme y luciendo mejor sus medios. Las valquirias están cantadas por excelentes sopranos y mezzosopranos, en las que destacan la propia Finnie,
Eva Johannson o
Brigitta Svendén.
Una maravillosa versión, con el mejor tercer acto jamás filmado en la colina verde, en la que acción e iluminación son más que suficientes, para convertir en bello algo que puede parecer feo a primera vista.
Seguiremos con Sigfrido.