
Seguimos con la titánica tarea del Anillo bouleziano, con la jornada que reconozco es la que menos me gusta del Anillo: La Valquiria.
Siendo la jornada más popular del Anillo entre el público, es en la que suceden menos gestas heroicas y hay más conflictos personales.
Chéreau aprovecha todo esto para llevarlo al límite, haciendo una lectura dramática y teatral de la acción. El hecho de contar con una pareja de Welsungos joven y atractiva como Peter Hoffmann y Jeannine Altmeyer hace que, además de la evidente química entre los cantantes, la dirección de escena les haga desbordar pasión en escena, algo nunca visto antes en Bayreuth, y que ya anuncia la química entre Villazón y Netrebko en la Traviata dos décadas después. Spotts dice que la pasión con la que abordan el dúo del primer acto es casi de película X. Además de que Hoffmann se queda sin camiseta en el acto segundo, lo que sube la temperatura del público femenino. En el primer acto, la casa de Hunding es el patio de una mansión. Vemos a su séquito en escena, y Hunding es un terrateniente modernamente vestido. Pero en el centro de la casa hay un fresno del que saca Siegmund su espada. En el segundo acto asistimos al dúo entre Wotan y Fricka en un lugar indeterminado, con puertas y un reloj enmedio, posiblemente el Walhalla. Es curioso cómo Chéreau no determina el espacio físico del Walhalla, sino que da detalles, pistas de él, para reflejar su poder superficial, vacío por dentro. El todopoderoso Wotan aquí se envilece, no es noble, sino cobarde, atado a las convenciones, que traiciona a su esposa, a su hijo y a su hija valquiria. Solo le queda la agresión hacia Brunilda como muestra de fuerza y no de carácter. Y sin embargo, hay un atisbo de bondad, cuando se despide tiernamente de su hija en el dúo final, en el que por fin, ese corazón indolente se ablanda, mostrando amor y no limpiando su conciencia como en la muerte de Siegmund. El vestuario es clásico para las Valquirias, las vemos con casco y las vemos aguerridas y femeninas. El tercer acto es lo más espectacular de la obra, con esa roca de las valquirias, una monumental ruina de lo que fue un día una fábrica, pero totalmente creíble. Chéreau pinta a Brunilda como una joven aguerrida, pero con una ternura e inocencia que no tienen los demás personajes. Y eso, contrarrestado a la brutalidad de Wotan hacen del tercer acto muy intenso. Al final, Wotan no golpea su lanza más que una vez, y de las valquirias emerge fuego y humo, dejando una escena espectacular a la vista.
La dirección escénica de
Pierre Boulez empieza bien, con la orquesta en plenitud y logrando una lectura que contribuye a la visión cinematográfica de Chéreau, que no aburre sino que está viva, es más dinámica que profunda y monumental. Así las cuerdas en el preludio y el metal en las escenas de Hunding y el segundo acto llegan a un momento de esplendor. Sin embargo, pincha en el tercer acto, yendo demasiado rápido en el interludio antes del dúo de Wotan y Brunilda, incluso las cuerdas resultando anticlimáticas cuando Wotan duerme y prepara a su hija, aunque recuperándose durante la música del fuego mágico.
Peter Hofmann y
Jeannine Altmeyer son la sensación del montaje. Sin ser muy espléndidos vocalmente (aunque hoy en día se los rifarían en medio mundo), sus interpretaciones son notables. Hoffmann tiene esa voz peculiar, pero el registro medio es heroico, casi baritonal. Altmeyer cantaría Brunilda en los 80, pero su voz se ajusta más a Sieglinde, recreando a una mujer bella, y sensible, algo que traspasa su musicalidad.
Donald McIntyre vuelve a ser un Wotan con sus más y sus menos, su voz es firme, emisión segura, pero no siempre es agradable y tiene momentos guturales, pero en su mayoría se deja escuchar, y a nivel interpretativo impone su presencia.
Gwyneth Jones fue criticada por "chillar" demasiado. Y aunque ello pueda parecer cierto en sus agudos, en general su canto es aceptable, tiene personalidad y dejando atrás sus sobreagudos estamos ante una gran Brunilda.
Hanna Schwarz como una melancólica y más madura Fricka, junto al todopoderoso Hunding de
Matti Salminen complementan el reparto.
Las valquirias son excelentes, de las que destaca una joven
Gabriele Schnaut que será dos décadas después Brunilda en este mismo escenario, o
Gwendolyne Killebrew, en una excepcional continuidad escénica, ya que tanto en esta ópera como en el Ocaso sería Waltraute, algo rarísimo de ver en un escenario.
Seguiremos más adelante con Sigfrido.