
Tenía pendiente ver la Elektra de
Birgit Nilsson en vídeo en el Met en 1981, una de las pocas oportunidades de ver en imagen a la diva sueca.
En 1981, la Nilsson ya contaba con 63 años, y estaba cerca del retiro de su gloriosa carrera. El todopoderoso y brillante agudo del que era poseedora ya tendía a abrirse, pero sorprendentemente, aún está muy bien de voz y tiene momentos que recuerdan a épocas de esplendor, como en la terrible escena "Was blutem muss", donde si bien no es la que era con Solti, sigue siendo la más grande Elektra. También en la escena de reconocimiento de Orestes, donde suelta un pianissimo maravilloso. Aún demuestra no solo que sigue siendo "La Nilsson", sino que además su imponentísima presencia escénica resulta apabullante. Si bien las poses y gestos, a veces podrían quedarse algo
demodé (para mí no), lo cierto es que vive el rol. Ella es la tragedia en escena: sus expresiones de dolor, sus miradas, demuestran cómo domina la escena. Pero esa presencia temible, altiva durante la primera mitad, se quiebra primero durante la noticia de la muerte de Orestes y luego en su reencuentro. Y luego cuando muere tras su danza, esa expresión henchida de gozo (aunque la traiciona su respiración)... magia pura. ¡Lo que debió de haber sido verla en vivo!
Junto a ella,
Leonie Rysanek (en el mismo año de su también mítica Elektra con Böhm) interpreta a su igualmente icónica Chrysothemis. A la Rysanek de los 80 se la recuerda por una potentísima voz, pero totalmente gritada, con una agudo nada grato, en roles que abordó con desigual fortuna, como Kundry u Ortrud o una Sieglinde, que si en otros tiempos fue referencia absoluta, para entonces ya no le respondía. Sin embargo, en un rol menos exigente, sorprende lo bien conservada que se muestra la voz. Aún suena lírica, aún mantiene su belleza de antaño, y el agudo no es tan ingrato, pese a que se nota ya el declive. Rysanek interpreta a una mujer frágil, que no quiere venganza, y transmite su dolor, la angustia por una situación que la sobrepasa. Tan trágica y sobresaliente como Nilsson, aunque si la primera da miedo y respeto, Rysanek se gana el corazón del espectador.
A mucha distancia de ambas, la Clitemnestra (mi rol favorito de la obra) de
Mignon Dunn compone un personaje atormentado, bien cantado, pero sin el carisma de sus hijas. Siempre he pensado que este rol está mejor en manos de una diva venida a menos que en una mezzo competente. ¿Por qué? Porque Clitemnestra pese a ser una reina, es una mujer que tiene la misma fiereza que Elektra, pero además porque una voz en declive puede convenirle bastante bien a un personaje que como bien dice en su monólogo, se pudre estando viva. Qué pena que el Met no llamara más o no pudiera contactar con Astrid Varnay, quien estaba ya preparando la grabación con Böhm, y que había cantado en el coliseo neoyorquino en el Mahagonny dos años atrás. Eso habría sido fuego puro. Aun así, Dunn no desmerece, es una buena cantante, con una bella voz y con el rol bien interiorizado, componiendo un personaje atormentado, y que a pesar de tenerla prisionera, no puede con su todopoderosa hija (¿Y quién puede con la Nilsson? ¡Nadie!).
Donald McIntyre, tanto por voz como por físico, es un adecuado Orestes.
Robert Nagy es también un buen Egisto como tenor de carácter. Del resto del reparto, todos están al competente nivel de los secundarios de la casa. A destacar a
Charles Anthony como el criado joven.
James Levine, quien para sí se reservó el repertorio fuerte de la casa, realiza un trabajo excelente con la Orquesta del Met. No es Solti, ni mucho menos Böhm, pero no les desmerece tampoco. Su batuta consigue de la orquesta neoyorquina una dirección espectacular, vigorosa, con una fuerte tensión dramática, y además que cuida a los cantantes. Tanto Nilsson como Rysanek (no tanto Dunn, a la que a veces sobrepasa) están mimadas por la orquesta de "Jimmy". Si ya tiene un excelente sonido (aunque no se sabe si debido a la toma o a la propia batuta, el metal, tan legendario en el Tannhaüser de dos años después, se ve algo chimpunero a veces) en vídeo, en el teatro debió de ser... electrizante.
La puesta en escena de
Herbert Graf, conservadora, en vídeo resulta totalmente oscura, como si fuera minimalista, con un patio de piedra, pero cuyas paredes parecen difuminarse en la oscuridad, y con un vestuario sencillo para las dos protagonistas, muy recargado para Clitemnestra, y arcaico para los hombres. Las sirvientas llevan unos sombreros que no puedo decir si realmente se llevaban en la era minoica.
En cualquier caso, dos horas muy bien invertidas. Elektra lo vale, y lo vale la Nilsson.